Paulina Flores
La próxima vez que te vea, te mato
Anagrama
200 páginas
POR JUAN MARQUÉS

Frívola y sentimental, osada pero en el fondo ingenua, de buen corazón pero con vocación sobrevenida de femme fatale, Javiera es una joven chilena que, tras una estancia en Barcelona para estudiar, permanece en la ciudad de forma irregular, no sólo fascinada por su abundancia y sus tentaciones (a las que ella, dada su precariedad extrema, apenas puede acceder si no es con trucos o con delitos menores), sino enamoradísima hasta las trancas del peruano Manuel, uno de sus muchos y sucesivos compañeros de piso.

Pero sucede que Barcelona no es sólo una ciudad de oropeles y de imposturas sino también, según se anuncia en algún momento, «la ciudad del poliamor», tendencia en la que Manuel anda decididamente apuntado desde tiempo atrás y que obliga a la camaleónica, orgullosa, tozuda y lista Javiera a adaptarse en busca de su oportunidad de atrapar al chico de forma exclusiva, algo complicado no sólo por la cantidad de «rivales» a las que tiene que vigilar y poner zancadillas, sino por el hecho de que varias de ellas se convierten en verdaderas amigas o incluso, un poco más a la fuerza, en compañeras de juegos sexuales.

El título de esta novela, tan arriesgado, (un par de personas me miraron muy mal en el metro mientras iba leyéndola, y tardé varios segundos en darme cuenta de por qué), da pistas de hacia dónde se desplaza el «amor romántico» de Javiera conforme su príncipe azul va resistiéndose a la monogamia, y también, por extensión, nos habla de una locura que, de forma divertida, crece y se oscurece ante los ojos del lector.

Es extraño, porque este libro (que es, por supuesto, una comedia negra, una especie de alianza entre Almodóvar y los hermanos Coen) se lee con gusto y con muchas sonrisas, pero también se me ha hecho un poco largo: a ratos cuesta avanzar aunque la prosa de Paulina Flores (Santiago, Chile, 1988) sea afiladísima, ocurrente y realmente graciosa, y a pesar de que venga rebosante de imágenes a veces geniales («caricias que también tenían algo de jardinería», «una fiesta siempre es un refugio», «mis neuronas salían disparadas como palomitas de maíz», «estar triste me parecía una recompensa», «la sala de espera de mis tribulaciones», «soy algo así como la sobrina adolescente del mundo», una «resaca moral»…), mucho más frecuentes que los topicazos («Vivir era una enfermedad incurable»).

Hay otros aforismos emboscados en verdad brillantes (sobre los tatuajes, sobre los pájaros, sobre el aparentar…) pero, como se dice también hacia el final, «entre una y otra se va asentando lo real», y lo real aquí, al cabo, es el modo indirecto y profundamente literario en el que analiza la confusión contemporánea general, una confusión que a veces conduce al carnaval y a veces hacia la tragedia.

Podría parecer que en esta novela se dan las dos, ya que desde el comienzo (que es también el anuncio o el adelanto del desenlace) se habla de muerte, de suicidio, de crueldad…, pero es obvio que lo que abiertamente predomina es lo cómico. Y no es que la violencia se trate con humor: es el humor el que estaba antes, como base o como escenario, y sobre él, a partir de él, se desarrolla un argumento con pistolas (un revólver en una tote bag: otra gran imagen) en el que no hay nada dañino, si no es el corrosivo autorretrato de una generación medio desquiciada, aturdida por sus propias trampas y un tanto superada por su modo de entender la libertad.

¿Qué sucede cuando en un mismo tiempo, en una misma ciudad, en un mismo piso o incluso en una misma pareja se dan modos incompatibles de entender el amor o, en general, la vida? Creo que en ese sentido puede entenderse la acertada ilustración de la cubierta: el cisne modernista, el de los sofocantes poemas de Rubén Darío, ha sido interceptado pero todavía aletea. Y creo también que esta inteligente novela utiliza a conciencia, quizá de forma irónica, unos recursos o conceptos (lo cool, lo fashion, lo post…) de los que ella misma empieza a estar cansada: «la luna sonreía mostrando los dientes».