Tomás Downey
López López
Fiordo
184 páginas
POR CRISTIAN VÁZQUEZ

La distopía (no por casualidad, uno de los géneros preponderantes en los últimos tiempos) puede adquirir muchas formas. La guerra civil es una de ellas. En López López, de Tomás Downey, un país innominado se halla dividido en dos partes: una dominada por el Ejército Naranja, la otra por el Ejército Negro. Cada sector se considera el auténtico representante del pueblo: el traidor siempre es el otro. Y ahí está López, soldado del bando negro, que empieza la novela frente a un pelotón de fusilamiento. Primero gana un tiempo imprevisto, como el protagonista de «El milagro secreto», de Borges (la primera de las tres partes de López López se titula «El milagro»); luego, como un Aureliano Buendía de nuestro tiempo, sobrevive.

Encuentra un traje naranja y se lo pone para mimetizarse con el enemigo. Al principio de la guerra, él y sus compañeros «solían reírse de la candidez del enemigo», ya que «el color del uniforme los hacía visibles a grandes distancias, incluso de noche […] Pero con el tiempo, los naranjas terminaron demostrando que no eran ingenuos sino más bien temerarios. El color del uniforme era un desafío» (pp. 20-21). El naranja como símbolo de la temeridad, del desafío, de la muerte: el agente naranja cayendo sobre Vietnam, La naranja mecánica, el naranja de las cajas negras, de las calabazas de Halloween, de las ropas de los monjes budistas y de los reclusos. Orange is the new black.

Tras ponerse el traje, López descubre que el parche cosido en el pecho dice López. Es decir, ha encontrado el traje de un soldado enemigo que se llama igual que él. Tiene la mitad del camino recorrido: debe inventarse una nueva identidad, pero sigue siendo López. Ha pasado al otro lado del espejo. El mundo del lado naranja es un reflejo apenas desfigurado del lado negro. Los personajes, los nombres, las peripecias, todo ingresa en un juego de duplicaciones que sumerge la historia, cada vez más, en el terreno de lo extraño. «Quizás esté muriendo», dice el narrador que siente el protagonista. «Otra vez. Quizás nunca dejó de morirse» (p. 63). Para completar su particular viaje del héroe, López tendrá que volver a la acción, salir del espejo, y descubrirá que recordar quién era –quién había sido– es más difícil que inventarse, casi desde cero, una nueva identidad.

Cada parte empieza con una carta de López a María, su amada. En las tres se reitera (con ligeras variantes) un dato: en un pelotón de fusilamiento siempre hay un fusil que se carga con balas de fogueo; nadie sabe cuál es, para que todos crean que es la propia, disparen sin dudar y en esa posibilidad se diluya la culpa. «Me ha tocado estar de ese lado, y un poco ayuda», anota López. «Lo curioso es que el fogueo también patea, entonces al final uno ni sabe. Bueno, así con todo: no entendemos ni sabemos nada. Por qué, para qué, hasta cuándo» (p. 70). Ese es el sinsentido de la guerra, que lo lleva y lo trae como el viento, y que le permite descubrir, «sorprendido, que la resignación que siente es tan profunda que se parece bastante a la tranquilidad. No se puede ganar, no se puede perder» (p. 163).

Pero, además, ese «no entendemos ni sabemos nada» de algún modo describe al narrador, no sólo al de la novela sino, en general, al de los relatos de Downey (quien nació en Buenos Aires en 1984, también es guionista y traductor y, antes de López López, había publicado ya tres libros de cuentos): una voz que parece no entender del todo la historia que cuenta, que a menudo resulta poco fiable no porque oculte datos adrede sino porque el sentido de la historia que está contando se le escapa, siempre está un poco más adelante. Por eso, al leerlo, uno suele tener la sensación de navegar en aguas extrañas, opacas, tan atractivas como inquietantes, misteriosas.

¿Deja la distopía margen para el optimismo? «Puede que haya disfrutado algunas de esas cosas, pero eso no significa que las haya elegido», anota López en otra de sus cartas. «Uno acá no elige nada. Te morís o te morís» (p. 128). En eso consiste la guerra y, en última instancia, también la vida: aunque podamos elegir algunas cosas –o al menos eso elijamos creer–, al final del camino la Parca nos espera todos. De lo que se trata, en todo caso, es hacer como López: disfrutar de algunas de esas cosas. De la buena literatura, como esta novela, por ejemplo.