
Gonzalo Baz
Animales que vuelven
Pez en el hielo ediciones
144 páginas
Gonzalo Baz es un autor y editor uruguayo que fue incluido en el año 2021 dentro de la lista Granta de jóvenes narradores en castellano y que cuenta con dos obras: la novela Los pasajes comunes y esta colección de relatos de la que ahora nos ocupamos, Animales que vuelven.
El libro está dividido en dos partes, división que no obedece a criterios estilísticos o temáticos sino geográficos: la primera consta de cuatro relatos ambientados en Montevideo y la segunda de otros tres ambientados en Sao Paulo. A pesar de esta división hay una evidente unidad en todo el libro, una propuesta literaria y estética que podríamos denominar como «poética de la ausencia» o «estética del margen».
La técnica esencial que domina Gonzalo Baz es la de la elipsis. Pero no es el tipo de elipsis que oculta un hecho al lector para generar sorpresa o intriga narrativa. La suya es una elipsis esencial: los relatos carecen de una trama propiamente dicha (signifique eso lo que signifique), y se organizan como una serie de anécdotas, escenas y personajes secundarios que giran en torno a una ausencia central (de un personaje, de un acontecimiento, de una ciudad). Es decir, el margen o la periferia se hace centro, pero un centro difuso, ambiguo, fantasmal. El relato es un paseo sin destino, un «flaneurismo narrativo».
Esta decisión estética se acompasa perfectamente (y este es el mérito de este libro y de este autor) a una visión del mundo. Los personajes son jóvenes que podríamos calificar como bohemios, que habitan en los márgenes de unas ciudades y de unas sociedades organizadas para la productividad, el trabajo, el beneficio económico y la trama familiar. Todas estas cosas están ausentes en Animales que vuelven. Pero su ausencia es central, pues los personajes huyen de ellas. Esta huida bohemia de lo convencional de la sociedad (y de lo convencional del relato) recuerda al existencialismo de la segunda mitad del siglo XX, y deja marcas explícitas como esta en la que se compara a un personaje con el protagonista de una película del director de cine que mejor representó ese existencialismo que aquí resucita, décadas después: «Vos huyendo del amor que todo abraza y paraliza, como en aquella película de Antonioni donde Jack Nicholson quiere desaparecer».
Así que podríamos etiquetar este estilo, sin miedo al ridículo, con orgullo incluso, como neoexistencialismo o postexistencialismo; porque no hay parodia ni homenaje, sino la auténtica actualización de una visión del mundo que nunca se ha terminado de superar. Los protagonistas y narradores de Animales que vuelven tienen algo de El extranjero de Camus. Observan sus propias vidas con distancia y con frialdad, algo que se traduce también técnicamente dos aspectos: la preferencia por los narradores-testigo, y el uso del presente narrativo.
Así, por ejemplo, en el relato «Animales que vuelven», narrado en primera persona, el personaje se obsesiona con su vecino, y su propia vida queda en un lugar secundario, eclipsada por las voces y ruidos que llegan fantasmalmente (otra ausencia que genera la búsqueda del significado a través de la narración elíptica) a través de la pared. El uso del presente narrativo hace que los acontecimientos avancen sin destino, de forma azarosa, al igual que la vida absurda y distante del narrador, un personaje es solitario y huraño incapaz de crear lazos afectivos. La obsesión por escuchar lo que dice el vecino es un síntoma de esa elipsis sentimental o existencial.
Ese (neo o post)existencialismo que impregna todo el libro se manifiesta también en la doble geografía, y en esa idea de ser extranjero continuamente, en una ciudad o en otra, como se es extranjero de uno mismo o de aquello que la sociedad considera «hogar» o «normal» y que no se puede aceptar, pero que tampoco se puede negar sin que haya consecuencias. Así sucede con el bartlebiano personaje de «Tieté» que es recluido en una misteriosa y kafkiana «Área 16» cuando decide dejar de cumplir sus obligaciones laborales.
La marginalidad geográfica y sentimental se extiende igualmente a lo social, como ocurre en «Los pendejos», que ofrece un retrato de la marginalidad infantil montevideana, y en «Sobre nosotros», por el cual discurren todo tipo de pintores bohemios, prostitutas, travestis y otros personajes de la periferia Sao Paulo.
Animales que vuelven es, en definitiva, un libro original, sólido y coherente, muy recomendable, con una forma de mirar y de contar que transmite esa sensación de verdad que algunos buscamos en la literatura.