Mariano Tomasovic
Lo que no vuelve
Plasson e Bartleboom
154 páginas
POR JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Esta meritoria novela de Mariano Tomasovic (escritor nacido en Argentina pero criado en Portugal, donde reside en la actualidad) comienza con una declaración de intenciones en la primera página: «Quizá la ficción aún pueda salvarnos del desamparo. Solo debemos respetar sus tiempos, su prosodia». Ya intuimos entonces que modelar una historia con los materiales de ficción será su herramienta para curarse del dolor de ciertas heridas.

El narrador del libro, Hernán, es un joven que, como iremos descubriendo a medida que avanza la historia, arrastra una herida relacionada con la enfermedad: su padre murió de cáncer de esófago. Así que ya conoce el paño: las sesiones de quimioterapia, el miedo, la incertidumbre, el cansancio del paciente… Sabe que las miradas, a partir de entonces, mutan: «Hay un brillo característico en los ojos del enfermo de cáncer», afirma en la página 59. Y, en el siguiente párrafo, revela: «Me costaba mirar a los ojos a papá porque notaba la enfermedad creciendo, su miedo a morir en esas circunferencias húmedas y opacas que llevaba en la cara, casi avergonzado».

Hernán vive en Buenos Aires y desempeña su labor de guía turístico de la ciudad cuando recibe una llamada desde Madrid: Milagros Baum, argentina que emigró con su familia a España en torno a 2011, ha muerto. La ha pulverizado el cáncer. A partir de entonces el narrador trata de desempolvar los recuerdos de aquella chica: fue su compañera de clase y su casi vecina. Luego fue la amiga que se marcha. Después, la amiga que regresa y contacta con él y comienzan una historia de amor. Tras su vuelta a Madrid, enferma, se deshacen los lazos: Hernán trata de olvidarla y suprime su imagen del móvil y sus fetiches y todo rastro de ella. La defunción de Milagros le devuelve una especie de fantasma que intenta recuperar mediante el recuerdo y el exorcismo de la literatura, igual que esos personajes obsesivos de Hitchcock que tratan de resucitar el reflejo intacto de quienes han fallecido. Recuperar «lo que no vuelve».

La novela alterna el pasado feliz, en el que Hernán y Milagros iban construyendo su relación, con el presente amargo en el que él se transforma en una especie de alma perdida que no acaba de encontrarse a sí misma: «Hasta la actividad más rutinaria se viste de nuevos significados cuando sabemos que alguien que queremos ya no está» (p. 115). Todo se transforma después de ese hueco, de la noticia sobre la desaparición de alguien: «La comida tiene otro sabor (o lo pierde, no sé, en todo caso cambia), el suelo otra consistencia, las miradas de los demás brillan con una luz rara, casi falsa» (p. 115 y 116). Se afronta el duelo mediante la reconstrucción literaria de la persona muerta, algo que no siempre es fácil; en la página 111: «Voy aceptando de a poco lo difícil que es dejar de ver a la gente que alguna vez pasó por nuestra vida. […] Esos fantasmas que inventamos con restos de realidad». A esos restos se añade la memoria, la idealización de quien ha dejado de habitar este mundo. Parafraseando al narrador, uno de los cometidos de la ficción consistiría en «demostrar lo compleja e imprecisa que es la realidad».

Es ésta, por otra parte, una novela en la que ocupa un papel esencial el caminar, el paseo por las calles. Primero por el oficio de Hernán, en su papel de guía de turistas por los rincones más célebres de la ciudad o los que más anhelan ver los visitantes; segundo, porque a veces pasea por sus avenidas junto a Milagros, a la que en cierto modo también guía porque han transcurrido varios años y ella ha olvidado o no conoce el total de sus entresijos urbanos, y en otras ocasiones camina solo.

Y es un libro que nos plantea varias cuestiones sobre las diferencias entre quienes emigran y quienes se quedan, sus diferencias en torno a la identidad, el idioma y las costumbres; y los cambios que sufren aquellos que regresan a la tierra donde pasaron la infancia. Por su condición de argentino que vive en Lisboa, imaginamos que en estas páginas hay huellas personales del propio Mariano Tomasovic. El título, Lo que no vuelve, aludiría entonces no sólo a quienes dejan la vida, sino a quienes se convierten en otros al vivir en un país de adopción: «El que se queda, cuando alguien muere, también viaja a un nuevo mundo, con la diferencia de que todavía puede intervenir en él».