Miriam Reyes
La edad infinita
Tránsito
184 páginas
POR MEY ZAMORA

¡Qué lástima, pero adiós!

Las palabras del título de este artículo proceden de una canción de la mexicana Julieta Venegas. La melodía continúa: «me despido de ti y me voy». Lo que expresan encaja mucho con el sentir que palpita en la delicada La edad infinita, primera novela de Miriam Reyes (Ourense, 1974). Poeta –Bella durmiente, Desalojos-, editora y traductora, la escritora gallega ha sido galardonada recientemente con el Premio Nacional de Poesía 2025 por su poemario Con (La Bella Varsovia).

El libro funciona como una carta de despedida, postergada en el tiempo, a un país, Venezuela, que formó parte de ella, que la transformó y cambió. Tenía ocho años cuando sus padres, que se fueron a vivir a Caracas en busca de mejores oportunidades, regresaron a España y la llevaron con ellos. Su mundo entonces se metamorfoseó. Era 1983, fecha en la que se quebró la idea de continuidad, tanto para ella como para el país, se apunta en estas páginas.

La pequeña localidad gallega, la vivienda reducida de los abuelos donde la niña comparte sofá-cama con una prima, se irán difuminando en la memoria, también los afectos. Partirá con una muñeca agarrada entre los brazos. Empieza entonces una nueva vida en una tierra de diferentes sonoridades, sabores y paisajes. El llanto inicial dará paso con los años a un sentido compromiso con un país que cambió de rumbo y entró en barrena.

La voz infantil, la memoria de la niña resulta conmovedora, y reafirma cuán importantes son en la construcción de la identidad los primeros años de existencia. La realidad de un país que se transforma de forma radical condiciona también la visión del mundo. En este sentido esta novela se asemeja a otras que reflejan esa mirada inocente en medio de un cataclismo como Libre de Lea Ypi, en Albania o La casa limón, de Corina Oproae, en Rumanía.

Aquí la confidencia resalta por ese trato de tú a tú. La narradora habla a esa Venezuela, que pasó de ser un terreno desconocido a uno rastrillado. La interroga y se cuestiona una y otra vez sobre las azarosas causas de los acontecimientos.

El ejercicio de memoria lleva a eliminar las costras y así ve la luz lo oculto y callado, el secreto («la niña no quiso registrar la fecha, quiso borrarla»). El texto ya ha ido retratando a un padre –«rrei»- con dureza y distancia, y ha recorrido el tiempo, los tiempos, hasta conseguir destapar la trampilla para que salga el episodio que aún le hace sentir una «presión tan fuerte en la boca del estómago, como la pata de una bestia que con todo su peso impide la llegada de aire a los pulmones». Breve e intenso es el secreto revelado y cumple una función tan personal como social.

En esta novela de crecimiento vemos evolucionar al personaje y lo acompañamos en esos primeros momentos de terrible soledad, incomunicación y tristeza -la pequeña espera sola en una cafetería a que su madre salga del trabajo-. La vemos también prosperar, estudiar, apasionarse por la lectura y por las ideas de una justicia social que tiene como referente la revolución cubana y la música de Silvio Rodríguez. Y presenciamos la contradicción de ese desarrollo con el de sus progenitores anclados –«barro cocido»-. Políticas son las páginas cuando está en la universidad y surgen los cuestionamientos ante la celebración del V Centenario del descubrimiento de América.

Las metáforas y la poesía envuelven este texto y lo refuerzan. El estilo de Reyes está al servicio de una historia, la de la adaptación a un nuevo país que corre de la mano de su devenir. Esa Venezuela de grandes oportunidades que estalla en 1989 y desata una situación donde los derechos quedan suspendidos e impera el toque de queda, los saqueos y el ejército en las calles. A ese querido país se dirige la narradora cuando ella ya está lejos y ha vuelto de nuevo al origen. También en Volver a cuándo de María Elena Morán o en El sueño del jaguar de Miguel Bonnefoy la historia más reciente o remota de Venezuela forman parte del relato.

Miriam Reyes ha sabido condensar mucho en menos de doscientas páginas. La forma y el fondo están perfectamente equilibrados. Estas páginas son una declaración de amor a un país donde ya no podía seguir viviendo. Explican también las rémoras que acompañan a aquellos que se construyen entre dos mundos y cuya pertenencia a ellos nunca es plena.