COORDINADO POR VALERIE MILES

VALERIE MILES
Como en el poema del tío Walt, «O me, O life», hay preguntas que regresan de generación en generación y una respuesta infinita que nunca clausura la inquietud: estás aquí, la vida existe, la identidad existe, y the powerful play goes on. Escribir desde el desajuste supone una fuga de los espacios cómodos y de las categorías fijas: escribir en inglés y en español hoy en día en Estados Unidos, estar dentro y fuera de la academia, narrar personajes siempre en tránsito. Los desubicados leen mal las dinámicas sociales, pero en esa falla aparece otra forma de arraigo. Vivir sintetizando el castellano con el deseo de otros idiomas implica aceptar el contagio de las lenguas. Ningún destierro lingüístico es total.
JEFFREY LAWRENCE
San Juan, Puerto Rico
Querida Julia,
Te escribo desde San Juan, Puerto Rico. Llegué de Nueva York ayer a la mañana, tuve una presentación de libro al mediodía, fui a un evento en la Universidad de Puerto Rico por la tarde, y a la noche me sumé a un jangueo en el mítico bar El Boricua en el barrio de Río Piedras. En poco más de veinticuatro horas de charlas intensas aquí, noto que mi forma de hablar ya está cambiando. Empiezo a comerme las eses, digo jangueo, chavos, chévere, palabras que casi no uso en ningún otro lugar del mundo y que solo se me activan cuando estoy con mis amigos en Puerto Rico. En un contexto académico, yo hablaría de code-switching, pero ahora mismo me viene a la mente una frase que se ajusta más a lo que siento cada vez que salgo de un entorno hispanohablante para otro: se me descontrola el español.
Antes de mandarte esta carta, sentí el impulso de realizar una pequeña pesquisa bibliográfica sobre ti. Es un hábito que tengo desde hace mucho tiempo: siempre me gusta conocer todo lo que ha escrito mi interlocutor o interlocutora, aunque no tenga tiempo de leer ese todo con detenimiento. Luego pensé que ese impulso también estaba relacionado con los hábitos que adquirí en uno de los mundos que compartimos: el mundo de la academia. Si bien escribo narrativa y colaboro con distintas revistas y medios, siempre tengo presente mi formación como investigador universitario. A veces me gustaría purgarme de algunos de esos reflejos, por ejemplo, quisiera poder disfrutar de la literatura contemporánea sin sentir la compulsión de encasillarla en tal o cual temática o tendencia, pero son reflejos muy arraigados. ¿A ti te pasa lo mismo?
En todo caso, en esa pequeña pesquisa que hice, en la que leí un par de textos tuyos que no había leído antes, me llamó la atención el carácter anfibio, nómada, quizás incluso esquivo, de tu literatura. Digo esto como algo positivo, evidentemente; simpatizo mucho con ese lugar de enunciación. En alguna ocasión, me han llamado un escritor desubicado, seguramente en parte por el hecho de que, siendo gringo angloparlante, decidí lanzarme a un proyecto narrativo en castellano. Noto también en tu producción literaria una tendencia a la fuga de los espacios cómodos y de las categorías fijas: escribes en inglés y en español, estás dentro y fuera de la academia, y tus personajes siempre parecen estar yéndose de un lugar a otro. ¿También te describirías como una escritora desubicada? ¿O me estoy proyectando?
Me imagino que todos estos pensamientos me rondan la cabeza por un tema que salió en la presentación de mi libro hoy en San Juan: ¿debe el español ser considerado hoy en día una lengua de resistencia frente al inglés? En este momento hay muchos académicos en Estados Unidos que están reivindicando la idea de que escribir en español es una forma de resistir la hegemonía del inglés, sobre todo en un contexto en el que la administración de Trump está impulsando una política lingüística claramente xenófoba (como seguro sabes, por primera vez en la historia del país, el inglés se ha declarado como lengua oficial). Entiendo ese punto de vista, pero al mismo tiempo me cuesta ver un idioma global con más de seiscientos millones de hablantes en términos tan reductivos, por no hablar del legado colonial y el papel hegemónico que ha tenido el español en tantos lugares del mundo.
Supongo que, en general, me gusta pensar los idiomas no como marcas de identidad, sino como instrumentos comunicativos que pueden ser utilizados por distintas personas, con distintos fines, en distintos contextos. Tú pasas del español al inglés incluso con más facilidad que yo. ¿Ves en esa práctica una política? ¿O piensas, como me sugirió la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina ayer, parafraseando a Bad Bunny, que escribimos como escribimos porque se nos da la gana?
Perdona por arrancar con preguntas tan conceptuales, pero, como dice mi psicóloga, mi tendencia es empezar por lo intelectual y luego bajarlo a lo corporal y a lo cotidiano. En la próxima carta prometo hablarte más de mis experiencias de San Juan y de la flora y fauna de acá.
Un abrazo, Jeff
JULIA KORNBERG
Upstate, Nueva York
Querido Jeff,
Me gusta recibir noticias tuyas e imaginar un clima templado. Nueva York estaba gélido, inhóspito, y yo me di a la fuga hace poco más de una semana: ahora me encuentro upstate, en una casita donde no tengo ceremonias sociales a las que atender, no me tengo que tomar el metro y no puedo hacer nada más que escribir. Todas las mañanas me pongo a mi bebé en una mochilita y salimos de paseo; les digo hello, hello, hello a los vecinos de este barrio más bien fresa y les sonrío con cara de nada. A la vuelta, él duerme la siesta y yo tipeo de manera furiosa en una computadora, a contrarreloj, antes de que se despierte. Creo que esas son las condiciones ideales para escribir: una mezcla de silencio y de extranjería, la sensación de estar dislocado y sin tiempo, donde la lengua de uno se vuelve un objeto precioso, raro, secreto.
La palabra desubicado me divierte porque, como sabrás, en Argentina la usamos para referirnos a alguien ordinario, vulgar en sus modales o en su lectura de la dinámica social. Y aunque, ante todo, me criaron para ser una chica educada, me atrae pensar la figura de un escritor desubicado. Creo que la escritura debe tener el valor de decir algo sobre el mundo, si es posible, y que para eso es necesario estar un poco separado de la corriente. No se puede escribir desde adentro de la academia, del mundo editorial o de los circuitos de escritores: de lo contrario, terminaríamos produciendo justamente aquello que nuestros profesores, editores, o amigos desean. En cambio, un escritor desubicado debería poder sacar a esos espacios de quicio, entrar en los lugares más complicados y oscuros, revolverlo todo y, sin dar soluciones, desaparecer.
Como verás, mi español de a poco comenzó a contagiarse de otros españoles, y entonces termino hablando y escribiendo en una suerte de pastiche; mi destino es la lengua castellana hecha trizas, el argentinismo armado de memoria, de lo que recuerdo de mi adolescencia y de lo que repiten mis amigos a distancia, contaminado de los vocablos que también mamo de los mexicanos, españoles y ecuatorianos que me rodean. Algo de eso vi en un landsman neoyorquino, Álvaro Enrigue, que en Tus sueños imperios han sido mezcla el chilango de la conquista with all of the above. No veo en esto una forma de resistencia: me parece muy difícil tildar a mi español, de hija de psicoanalistas argentinos, de heroico, y me da un poco de pavor cuando los escritores ricos se la dan de guerrilleros setentistas.
Ahora huyo, porque en cualquier momento mi hijo se despierta y se me termina el chiste literario. Te dejo dos puntos para seguir pensando: cuando el bebé empiece a hablar, ¿deberé enseñarle un español mío, rarificado y pensado desde la distancia, en pose de patriotismo? ¿O me entrego a que hable como todos los otros hispanoparlantes de la ciudad, es decir, un mix de caribeño, mexicano y aquello a lo que alguna vez llamaste español de Univisión?
Y una última pregunta, también atada al linaje: ¿cuánto de ser un escritor desubicado tiene que ver con ser vulgar y cuánto (y perdón por sacarte de este clóset) tiene simplemente que ver con ser judío?
xx, Julia
JEFFREY LAWRENCE
Sobre el atlántico
Leo tu última carta en el vuelo de regreso de Puerto Rico a Nueva York. Abajo veo el azul inmenso del mar Caribe; en la pantalla del asiento de enfrente, el ícono de nuestro avión alejándose de muchos países que aún no conozco en persona: Cuba, la República Dominicana, Haití, Jamaica.
Hablas del modo en que tu español se ha contagiado de otros españoles, y eso me hace pensar que lo que más me atrae de Nueva York no es tanto lo que comúnmente se asocia con la ciudad (oferta cultural, los monumentos famosos, energía inacabable), sino la extraordinaria mezcla de lenguajes que se encuentra en ella, de lugares a los que uno no ha ido. Para dar un solo ejemplo, estoy cada vez más empapado del español cubano por el simple hecho de que tengo muchos amigos cubanos en la ciudad. A lo mejor este es el complemento a la extranjería lingüística que tan bien describes en tu carta. Para mí, no hay ningún lugar más conectado con los diversos mundos hispanos que Nueva York y, al mismo tiempo, todo lo que proviene de esos mundos está sujeto a un continuo proceso de recombinación.
La verdad es que no recordaba la acepción rioplatense de la palabra desubicado, pero me gusta el giro que le has dado al concepto. En mi familia siempre se ha dicho de mí que tiendo a llevar la contraria, y estoy seguro que mi decisión de escribir narrativa en español tiene algo que ver con eso que dices de la incapacidad de los desubicados para leer bien las dinámicas sociales. Admito que, en un primer momento, cuando me surgió la idea de publicar la novela en español, la vi como algo natural, en parte porque casi todos mis amigos escritores eran hispanohablantes y la tradición literaria que me resultaba más afin era la latinoamericana. Fue solo en el momento en que empecé a buscar dónde colocar la novela cuando me di cuenta de que algunas personas veían lo que yo hacía como algo vulgar o de mal gusto, como si al pasar del inglés al español estuviera incurriendo en una suerte de apropiación cultural. Por otra parte, creo que también son los tiempos que corren: cualquiera que se salga un poquito de las reglas identitarias se vuelve sospechoso.
Gracias por sacarme de ese clóset, mi madre es la que me encerró allí. Mi abuela se llamaba Rosalie Roth Rosenblum y, dos generaciones más tarde, se llegó a Jeffrey Taylor Lawrence. Pero, hablando en serio, creo que nunca me he sentido tan judío como en los últimos años, aunque sea para protestar las acciones del gobierno de Netanyahu y para contrariar los esfuerzos de la derecha rancia de acá (en ambos partidos) por fijar exactamente quiénes son los verdaderos judíos y quiénes no. Hace tiempo que Trump viene diciendo que todo judío que no haya aceptado los postulados de la administración sobre el antisemitismo se ha «convertido» en palestino; así está el debate hoy en día.
En todo caso, a mí me parece que la instrumentalización de las políticas de la identidad en Estados Unidos por parte de los conservadores ha servido para demostrar lo perdidos que estamos cuando pensamos que las identidades nos condicionan por completo. Lo que yo reivindicaría de la tradición judía es justamente la capacidad de decidir qué hago con ella. Para no dar tantas vueltas más, diría que si hay una identidad judía que me calza como persona y como escritor es, definitivamente, la diaspórica: suelo marcar mis afinidades a través de la desafiliación. Tú, ¿cómo entiendes esa relación tan compleja (o quizá tan simple) entre escritura, (des)ubicación y judaísmo?
El tema de los niños bilingües me obsesiona; les tengo mucha envidia. ¿Crees que vas a poder tomar una decisión sobre el español que aprenda tu hijo? Si sigue tus pasos, será un niño curioso, y quizás hasta decida adentrarse en otros terrenos lingüísticos. ¿Cómo imaginas que será su inglés? ¿Hablará con acento neoyorquino?
Te prometí más detalles de Puerto Rico, pero estamos a punto de aterrizar y me dicen que guarde la computadora. Tal vez sea mejor así. Ayer mis amigos me llevaron a una playa hermosa en el oeste de la isla y me hicieron jurar que no daría la ubicación exacta a nadie, porque apenas se revelara una multitud de turistas caerían allí. No se daban cuenta de que soy una persona desubicada y nunca recuerdo cómo he llegado a donde estoy.
Abrazos, Jeff
JULIA KORNBERG
Boston
En este intercambio, Nueva York parece un núcleo elusivo. Esta mañana, en lugar de volver, viajé a Boston, a una cena de Thanksgiving, y ahora te escribo en un suburbio plácido cerca de Harvard, donde todo es tan hermoso y victoriano que a mi mente latinoamericana le parece armado para The Truman Show.
Boston me hace pensar en Robert Lowell, en Elizabeth Bishop, en Anne Sexton, pero en esta quietud orgullosa me es más difícil escribir: yo solo conozco el caos urbano, prospero en ese desorden que me recuerda a Buenos Aires. De todas formas, comparada con mi ciudad natal—donde el proyecto de asimilación es tan fuerte que los senegaleses y los rusos están diciendo che, boludo al mes—, Nueva York preserva la diferencia de los inmigrantes que la hacen. Entonces uno aún escucha ídish en las calles de Williamsburg; el ruso en Brighton Beach convive con el uzbeco, el georgiano y el azerí; podés percibir lenguas mayas en el subte y el creole haitiano que se habla en Flatbush. A veces fantaseo con que mi hijo no crezca bilingüe sino trilingüe: me pongo glotona e imagino enviarlo a un colegio en mandarín, ruso, francés o turco, para que sepa un poco más que sus padres. En la casa en la que estoy ahora, en cambio, no imagino cómo hablar ni escribir: solo hay silencio y, si no, hay inglés.
Pero volviendo a tu proyecto, pienso ahora que hay algo no solo desubicado sino también desafiante en escribir una novela en castellano siendo estadounidense (a diferencia de escribir una novela en español en Estados Unidos siendo latinoamericano). Es un poco similar a lo que hizo Jhumpa Lahiri con el italiano o Samuel Beckett con el francés, pero va más allá: porque, si bien ambos parecen rechazar el inglés con cierta rebeldía, no por necesidad, lo que toman en su lugar son lenguas de prestigio y tradiciones europeas. Vos, en cambio, te estás metiendo con el español, una lengua que ocupa un lugar ambivalente, cuyos hablantes inmigrantes no son respetados sino todo lo contrario; una lengua que no es deseada en el país en el que vivimos. También sería una picardía no preguntarte por tu tiempo en Princeton, en el departamento que nos formó a los dos, pero donde vos estudiaste con Piglia, mi héroe de la adolescencia. ¿Qué claves te dio él para ese traslado entre dos (o más) tradiciones?
El inglés es mi tercera lengua: mi infancia y mi adolescencia las pasé hablando alemán. Y quizás por eso siento que he pasado toda mi vida intentando sintetizar el arraigo al castellano con el deseo de mundo, de otros idiomas. En nuestro medio ya son muchos los escritores que se pasaron del español al inglés y que, en consecuencia, no solo le agregaron un par de ceros a sus adelantos, sino que también fueron fagocitados por completo por el status quo norteamericano. Yo, en cambio, a pesar de entender que es una casualidad que haya hablado castellano toda mi vida (que no es la lengua de mis ancestros y probablemente no sea la lengua principal de mi hijo), no me animo a soltarla y no puedo dar el salto al inglés. Es una forma de patriotismo raro, arraigado, poco judío, que no sé de dónde sale.
Si bien escribo ensayos en inglés, la ficción para mí es más importante y, por ende, exclusivamente castellana; y entonces termino en la posición incómoda de tener que auto-traducirme o colaborar con traductores para mis novelas. A veces pienso que debería dejar de ser tan purista, ponerme a escribir en inglés, dejarme de tanto drama. Pero ese es un salto al que no me animo, que se siente impío, treif, haram.
Si en el castellano encuentro una patria arraigada, el judaísmo me ofrece todo lo contrario. Siempre lo pensé como una religión ligada a la diáspora, al viaje, al cosmopolitismo. Me atrae la idea de que el regreso a Sion sea como el mesías: no tanto algo que deba concretarse en el futuro, sino algo que jamás llega, y cuyo deseo vuelve nuestra vida terrenal más interesante, aspiracional y tortuosa. Un poco como los jasídicos de Brooklyn, me niego a dejar que Israel dictamine mi judaísmo: tengo más vínculos con el ídish que con el hebreo, y para mí, Nueva York es suficiente como tierra prometida. En la lengua, en la escritura, es donde más vivo la religión. Para mí, lo central es la tradición interpretativa, la exégesis, donde el imperativo de leer, de preguntarse y de estudiar metiendo el dedo en la llaga es casi más importante que el de apagar las luces el viernes a la noche. Una religión de ñoños, de vulgares, de desubicados.
Mientras me llaman a abrir un pavo y participar de esta fiesta local, me quedo preguntando: ¿las otras lenguas que contagian a una lengua principal, como el inglés al español o viceversa, el alemán y sus etcéteras, la enriquecen? ¿Qué perdemos y qué ganamos en ese tránsito?
Abrazos, abrazos, Julia
JEFFREY LAWRENCE
Nueva York
Te escribo desde Brooklyn. Por fin uno de los dos ha regresado a Nueva York: el mundo vuelve a estar en su eje. Ayer, mientras tú festejabas Thanksgiving en Boston, yo estaba en una cena de «Friendsgiving» al lado de Prospect Park con Silvia Federici y su marido George Caffentzis. Entre otras cosas, hablamos de los amigos en común que tenemos en Puerto Rico, y Silvia me comentó que en su última visita notó hasta qué punto el feminismo de la isla se estaba articulando con las luchas contra la industria agroquímica y los magnates del sector inmobiliario. Ella está tratando de deshacerse de su enorme biblioteca y cada vez que voy a su casa me regala un libro. De Silvia he recibido casi un estante entero de literatura radical de principios del siglo XX: El tesoro de la sierra madre de B. Traven, The Rise of David Levinsky de Abraham Cahan, Christ in Concrete de Pierre Donato. Me hace gracia que una de las feministas más claves de nuestro tiempo me proporcione libros de hombres, pero el pensamiento de Silvia dista mucho del girlbossing tiktokero que se ha puesto de moda últimamente. Es una de las lectoras más omnívoras que conozco, y dudo que alguna vez se le haya cruzado por la cabeza que la liberación de las mujeres pase por dejar de leer a los varones. Como los otros invitados eran de distintas partes de Latinoamérica y Europa (George y yo eramos los únicos estadounidenses), en la cena también se valió del pastiche de idiomas que tanto nos interesa a ti y a mí.
¡Sabes alemán además de español e inglés! Mi pesquisa inicial no ha sido tan eficaz como pensaba. Pude deducir de tu primera novela que Alemania tenía un rol importante en tu vida (ya que Berlín aparece en el título y es uno de los escenarios del libro), pero no me imaginaba que tuvieras un lazo tan fuerte con el idioma. La vara está muy alta para tu hijo, entonces: tendrá que ser cuatrilingüe para superarte. De todos modos, me parece linda esa frase tuya sobre vivir sintentizando el arraigo al español con el deseo de otros idiomas, porque me obliga a reconocer que los destierros lingüísticos nunca son totales, ni en la literatura ni en la vida real. Quienes pretendemos desubicarnos también tenemos que enmarcarnos en algún momento.
Hablando de deseos linguisticos, me gustaría poder atribuir mi decisión de escribir en español a un único motivo, pero la verdad es que sigue siendo difícil de definir. En entrevistas y presentaciones he hecho referencia a varios impulsos: mi apego a lo difícil, mi interés en separar la lengua de mi producción académica (la mayoría de ella en inglés) de mi escritura más «creativa», y mi temor a que, de haber publicado el libro en inglés para un público gringo liberal y bienpensante, hubiera sentido la tentación de autocensurar mi relación con América Latina. Pero, en retrospectiva, creo que la respuesta más honesta es que, por lo menos desde mi estancia en el Río de la Plata a los veintidós años, el español simplemente se me impuso como mi lengua literaria. Escribí El americano completamente en castellano, y si bien utilizaba diccionarios español-inglés para buscar algunas palabras y frases, no se me ocurrió redactar ni un solo pasaje de la novela en inglés. A lo mejor te resulta inverosimíl, pero hasta el día de hoy no me siento cómodo escribiendo narrativa en inglés.
Hace un par de años inicié una novela en mi lengua materna y desistí casi de inmediato, simplemente porque no me salía. Lo que dices con respecto a Beckett y de Jhumpa Lahiri es muy acertado. Escribo en español principalmente porque me gusta el español, tanto por su capacidad como lengua como por la literatura que se ha producido en ella. Por lo menos hasta donde puedo comprenderlo, mi arraigo al español tiene más que ver con mis ganas de participar en otra tradición que con un afán por extrañarme de mi propio idioma.
Con lo de Princeton, me sacaste de otro clóset. Es impresionante la cantidad de escritores jóvenes (aún me permito esa etiqueta) que han pasado por los pasillos de nuestra querida Universidad de New Jersey. A lo mejor habrá que hablar pronto de una corriente princetoniana de la literatura hispanófona. Yo también soy fan de la literatura de Piglia—Respiración artificial y El último lector son dos obras que me marcaron mucho—, pero sin duda lo que más recuerdo y aprecio de él eran sus cursos de doctorado. Muchos docentes universitarios tienen métodos propios para acercarse a los textos literarios, pero pocos tienen una verdadera filosofía de la literatura. Asistir a una clase con Ricardo era, de algún modo, meterte en su cabeza, entender las cosas desde su perspectiva.
Si bien él me enseñó mucho sobre la literatura argentina, me parece que su aporte más decisivo radicaba en su profundo conocimiento de las letras norteamericanas. A veces, en nuestras reuniones en su despacho, yo fingía haber leído a algún autor estadounidense que él citaba, sólo para que no me considerara un ignorante de mi propio país. Hubo en la erudición de Piglia una lección y también un desafío. Si él dominaba de tal modo mi tradición, ¿no podría yo también dominar la suya? Pero ya estoy entrando en un terreno políticamente pedregoso, porque, según el reduccionismo moralista hoy en boga, a los gringos nos toca elevar las voces latinoamericanas, no tratar de alcanzar su nivel.
Así que mejor te hago unas últimas preguntas: ¿Será que te aferras al español como lengua literaria, en parte, porque también te resulta más desafiante? ¿Que, en lugar de ser absorbida por ese status quo norteamericano (palabras tuyas), compitiendo por ser la autora latina más anti-Trumpista de todas (palabras mías), lo que más te apetece es seguir haciendo literatura? Si es así, creo que nos toca fundar oficialmente nuestro club de desubicados.
Abrazos,
Jeff
JULIA KORNBERG
Nueva York
Querido Jeff,
Finalmente orbitamos la misma tierra. Te escribo desde mi tercer piso por escalera en BedStuy, adonde me mudé recientemente. Mi vida en Nueva York es un movimiento constante: tuve tres departamentos de largo aliento: uno en Chinatown, uno en el Upper East Side y otro en Prospect Heights, además de un montón de lugares transicionales. Viví un tiempo en el Sunset Park chino y en el latinoamericano; en una casa a mitad de camino entre Little Haiti y otra en el Ridgewood polaco; cuidando gatos en un departamento enorme de Gramercy Park; en el Upper West Side; en Clinton Hill; en el barrio esterlino de Boreum Hill. En general eran casas prestadas, gratis, de amigos que viajaban y se ausentaban de la ciudad por un rato. Hace más o menos un año intenté alquilar un departamento en Brighton Beach, en un edificio lleno de rusos que daba al mar. Como el edificio era una cooperativa, un resabio de la época en que Nueva York era realmente socialista, los vecinos nos entrevistaron a mi marido y a mí. En un sótano, alumbrados por una luz LED y junto a un nido de ratas, no preguntaron qué hacíamos en Estados Unidos, cuál era nuestro trabajo y por qué queríamos vivir allí. Se sintió como un interrogatorio de la KGB, y fallamos: en el momento que dijimos que éramos escritores, nos expulsaron para siempre. Sigo en la búsqueda de un lugar donde arraigarme.
Silvia Federici también fue otra de mis heroínas de juventud: la leí cuando estudiaba en la Universidad de Buenos Aires, en la calle Puan, donde los estudiantes aún fuman en los pasillos y arengan la revolución comunista en medio de las clases. En esos años, mi entonces novio compartía médico de cabecera con Piglia; él y yo conseguimos su dirección en el barrio de Recoleta y nos dedicamos a orbitar su departamento durante varios días, instigándonos mutuamente a tocar el timbre. Nunca nos animamos a dar el salto, y en lugar de increparlo, leímos sus clases, sus libros, sus artículos. Al mes o mes y medio nosotros rompimos y, casi inmediatamente, se anunció la enfermedad de Ricardo. Años después, cuando mi directora de tesis me contaba historias sobre Piglia en Princeton, aún me arrepentía de no haber tocado nunca esa puerta.
Creo que diste en la tecla con algo—no solo en que el arraigo o desarraigo con una lengua tiene que ver con la dificultad, sino también con un vínculo emocional. En tu caso fue la experiencia rioplatense, en la mía un imperativo de cosmopolitismo familiar. Desde chica, me adoctrinaron para salir de Argentina, mi país: mi padre me nombró Julia Kornberg y no, digamos, un nombre criollo como Delfina o Juana o Josefina, porque quería nomenclarme de una manera que fuera asimilable en Europa. También por eso me mandó a clases de alemán, de francés y de inglés a una edad muy temprana. Su objetivo, creo, era que me mudara a Alemania y me volviera biofísica o ingeniera nuclear.
Pero yo tenía problemas con la autoridad, y quizá por una actitud axiomáticamente rebelde, decidí mudarme en su lugar a Estados Unidos y, más importante aún, quedarme con el castellano frente al marasmo anglo al que me sometían las universidades. El castellano como forma de matar al padre, de salir de lo esperado, de desubicarme en el linaje familiar. (Ahora pienso que, si mi hijo sale también irreverente, va a rechazar todas las lenguas por el inglés o, quizá, pasará su vida hablando en esperanto).
Releyendo tus cartas, encuentro un tópico común en ese traspaso entre lenguas: una postura que busca, ante todo, no caer en los lugares comunes que hacen del cosmopolitismo un ejercicio de la burguesía y del tránsito entre lenguas un espacio apadrinado por los grandes imperios. Un idishista europeo dijo una vez que las lenguas son un dialecto con arma y flota. Ahora bien: ¿Cómo hacemos para tomar una lengua en contra de esas armas y esas flotas? ¿Cómo mamar de varias tradiciones sin caer en los clichés occidentales? ¿Cómo ser una escritora latinoamericana, de izquierda, en Nueva York y en estas grandes universidades? ¿cómo sostenerme, entonces, en este entre-lugar, sin someterme a las reglas de ningún juego?
La dificultad, ahí, es siempre descolocarse, esquivar las reglas del juego, no caer ni en el inglés que le gusta al establishment ni en el castellano bienpensante, sino desubicar a ambos lugares al mismo tiempo. Quiero creer en la habilidad de Piglia de hablarle a muchas tradiciones, en la posibilidad de la errancia como un procedimiento y en el cuestionamiento—infantil a veces, siempre judío—de todo, todo el tiempo.
Quiero hacer más preguntas, pero ya no nos queda más espacio. Y quizás de eso se trate nuestra correspondencia: de la pregunta infinita, más allá de las aserciones y las respuestas.
Abrazos, Julia
Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés.
Jeffrey Lawrence. Es escritor, traductor, y docente universitario. Obtuvo su doctorado en literatura comparada en Princeton University y actualmente es profesor asociado en Rutgers University-New Brunswick. Es autor del libro Anxieties of Experience: The Literatures of the Americas from Whitman to Bolaño y traductor al inglés de las obras Últimas noticias de la escritura de Sergio Chejfec y Cómo viajar sin ver (Latinoamérica en tránsito) de Andrés Neuman. Su primera novela, El americano, salió con la editorial neoyorquina Chatos Inhumanos en 2024.
Julia Kornberg. Nació en Buenos Aires en 1996 y vive en Nueva York. Estudió literatura comparada en la Universidad de Buenos Aires y Sarah Lawrence College y está finalizando su doctorado en literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton. Publicó la novela Atomizado Berlín en el 2021, que fue traducida al inglés por Astra House Press en 2024 y será reeditada en el 2026 por Editorial Anagrama. Su segunda novela, Las Fiestas, será publicada en el 2027.