POR SANTIAGO CRAIG

Sea alguien. Tenga una edad. Una entre la cierta y la supuesta. La que el cuerpo dice y la otra. Encarne esos años transcurridos. En fantasía y realidad, sea usted, haya vivido. Pueda decir: yo sé de aquello, yo ahí ya he estado. También aprópiese de un futuro incierto. Uno cualquiera. Haga suya esa incerteza. Podría ser que aún no haya sido del todo usted lo que aquí ha venido a ser; sería posible que transitara todavía el corredor amplio y en curso de su época. No el pasillo en el que al final hay una luz. No el túnel fatal. Ese cliché. Esa desgracia imperiosa. Digamos, el sendero de jardín, el tramo largo, plano, inabarcable, de una ruta en el campo. Suya, la época, y de su generación. Quiero decir: propia. Vea a un costado y al otro lo que siempre estuvo ahí para usted: el pasto y el árbol solo, las ovejas en grupo, las vacas sueltas, dos, tres, cuatro teros, un caballo. Configure un espacio. Con eso. Común. Posible. Aplique en él algunas analogías simples. Probables. Dígase que es similar su solipsismo y el de esos otros animales. Véalos pestañear y respirar, usar como usted la luz y el aire. Dígase, más o menos en este tono, que cada animal, al despertarse o simplemente al aparecer en el mundo, asume que para él y para su especie el mundo está hecho.

Se despierta la vaca y muge al mundo suyo, de pasto y sombra, de charcos y de nubes sólo abajo (no en el cielo, no hay para las vacas un arriba de ellas), planas y difusas en el agua enlodada. El tero despierta en un grito, en un arrebato, al mundo le entrega lo que no termina de saber (no es que le importe tampoco, usted sabe) si es queja o celebración; es, cada mañana, ese sonido que reverbera en el mundo suyo. Y de los otros teros. Hecho, sí, aquel, además de pasto y gusanos y animales para ellos repartidos, de un cielo gris y poroso, de corrientes de viento y climas diversos. Despierta el gusano, pobre, sometido al terror del mundo tortuoso que para ellos delineó un dios sin piedad. Tan basto en humus tierno y picos filosos. De lógica inexpugnable el mundo del gusano que, sin embargo, en un mundo suyo cada día, ciego, a oscuras, amanece. A su modo terco, agradecido.

Alcáncele con estos ejemplos. Séanle suficientes. En un afán de síntesis y, para llevar a algún lado estas especulaciones, dígase que cada día es nuevo y ya hecho, igual e inédito. Cada día es sorprenderse en la costumbre, piense, para esos animales, pero también, para usted. ¿Yo era así?, dígase, con la vaca, con el tero y el gusano. ¿Yo para ser debo hacer esto? Reconozca que no está lejos de creer, con cada café, con cada sonido idiota del despertador o viendo el sol apaisado y recto en los intersticios de la persiana, esas comprobaciones instantáneas de lo humano, que la vida es por algo, que en la rutina hay sentido. Que su existencia, en síntesis, no es un hecho casual, desacertado. Que usted, como la vaca aquella, como el tero aquel, como el gusano, es para el cosmos necesario. Tal vez, incluso, causa, fundamento. No puede quedarse solo para usted todo eso.

Y si ese ímpetu no dura, si se le cubre de bruma, no se venza. Haga un gesto con las manos. Ese que generaría en otros, si lo vieran, un murmullo de reprobación leve. Como si espantara moscas invisibles en el aire haga, como si fueran sus manos crines sacudidas, colas, chasqueantes látigos. Deshaga el desánimo, disípelo. Vuélvalo humo y ectoplasma, espectro. Cuando se infiltre en usted esa imagen tan en boga desde la combinación del pensamiento racional y los satélites: verse insignificante en la inmensidad del universo, una conjunción mínima de partículas entre partículas, grano de arena en el médano, larva en el ovillo larval galáctico; un gusano. Grite, como el bicho sin pudor que es, «¿Acaso no lo ven?», «¿Que este mundo es hecho para que lo vivamos nosotros? ¿Sin dios y sin moral, incluso, sin razones trascendentes, por un orden natural, dispuesto para que lo usemos, armado para encontrarnos? ¿No ven este mundo su vocación de compartirse?».

Intuya, como ya lo ha hecho con más claridad algún filósofo, más líricamente algún poeta, que el atajo que los animales encuentran para no disolverse en la vacuidad raquítica de su ego automático es ser a la vez uno y todos. Manada, piara, bandada y jauría. Encarnar en sí el destino de la raza. Siéntase, al pensar esto, algo ido, dude de la coherencia y el sentido de sus elucubraciones. Tantee el pulso en su muñeca, llévese la mano al pecho. Suspire. Desacelere el razonamiento y descarte haber llegado al punto de la locura egomaniaca. Tan en boga, tan a tontas y locas propagada. No. Lo que le sucede es, precisamente, lo opuesto.

Porque, en su escala, humana, neurótica, cruzada de pé a pá por el lenguaje, eso que lo iluminó como ideal es imposible, ajeno, inabarcable. Despierte en usted la sospecha, desprendida de aquel razonamiento como un níspero maduro, de que podría ser otra la manera de disolverse y no estar así de solo. Porque así está usted ahora, a cierta edad, vividas ya ciertas cosas, imaginado un futuro posible, sí, pero acotado. Vaya desgranando esa fruta madura que a sus pies se brinda. Habrá otras maneras. Si no una, al menos dos. De soslayar esta perspectiva abrumadora. La de ser usted y solo eso la entidad que cree ver y comprender y tener para dar algo. Ay, diga y sienta, Ay, antigua onomatopeya, precisa, diga, Ay ay ay. Duélase y dígase. En un arrebato conjugue queja y melodía. Añore, quiera. No sepa qué. Sea poeta. Ay ay ay, el amor, podría ser, por qué no, la poesía. Ahí, abriendo su voz a la conmiseración, yendo al encuentro de alguien para su pena, encuentre esas, por lo menos, dos maneras: el amor, ya dicho, por un lado, por el otro, la música, el poema, la épica del cuento y de la historia, el contarse, quiera decir: la escritura. Sepa en esas maneras un refugio y un amparo. Sepa una condena y una trampa. Sea alguien que quiere siempre esas cosas, porque son la misma y una: escribir, amar, ser amado. Poder irse de usted. Ay, qué alivio.

Como un buey, como un chancho salvaje, como, si quiere más discreción, menos barullo, un topo que escarba: embista ciego, choque, desármese. Entienda en la carrera, lanzado a su especulación vaga, pero punzante. El amor y la escritura son ir a estrellarse contra otro. Deshacer en pedazos la individualidad en el tumulto. Partirse es el amor. Partirse es la escritura. Sepa eso, aprenda: repartirse. Estar con los demás. Como un pájaro que ve en el cielo, en el tejado, salpicado de mar o del azúcar de estambres dorados y del que usted diría ¿es un pájaro o es todos? Piérdase. No es medirse el amor. No es sostener ni afirmar la escritura. Es deshacerse dándose. Deshágase, dese. No es pedir el amor, el verdadero, es ofrecerse. Acá tienen mi cuerno en punta, escriba, mi cuello enorme, mis aletas, mis ancas. Acá mis dientes afilados, el modo sagaz de trepar un sauce, los ojos que ven clara la noche. Acá y para los demás, ceda y entregue, rompa y distribuya.

Escriba y ame. Las dos cosas. No es un animal usted que pueda ser sin amar, sin contarse. Y en eso entérese: no es un animal que pueda ser sin los otros. Hable. ¿Será un aullido su voz, un maullido, un rebuzno? ¿Se armará de croar al sol que cae, de gruñir a la luna nueva, de sisear entre hierbas frescas y venenos? Abrace, como cualquiera, la almohada, duerma mal y poco, encarne los males todos de su edad y de su época. Preocúpese durante el día por lo otro y lo demás, pero en ese insomnio suyo, acurrucado en esa compañía que ahora es también usted, pregúntese: ¿Tendrá que ser el amor un rabo sacudiéndose, la lengua suelta colgando del labio inferior, el pico abierto regurgitando vísceras marinas? ¿Encontrará su forma enhebrando los pasos de las hormigas y el trazo de las nervaduras o en el reverbero de espuma con el que los atunes raspan la costra del océano? Sin pausa pregúntese. Tenga presente que se ha roto, se ha partido. Para no cargar con usted, para no sucumbir a la egomanía de la verdad corta, embalsamada, ahora lo que es ha mutado en lo que podría ser. En ese abismo usted flamea: el viento que tira y sopla, que agita y hace tambalear es en un punto todo. Déjese llevar. No recuerde un antes, no haya eso para usted. El amor y la escritura van solo hacia adelante en esto que ahora es la vida. Fatalidad inexorable. No hay nostalgia en el amor, en la escritura. No como antes. Hay, sí, un modo nuevo del tiempo. Pasado, presente y futuro sometidos a la parcialidad insondable de la química y al capricho que separa ruido de armonía. Sométase a los ritmos atávicos de eso que es usted ahora. Fluya. Segréguese. Ame y escriba, invéntese así un tiempo. Resignifique. Habrá una infancia y será para el amor, para contarse, en la escritura, habrá unas muertes, unas penas, un estar entre las cosas, un haber estado, un ir a estar, para el amor, para lo escrito. Un tiempo. Será para darse a otros ese tiempo. El que tiene ahora alcanzada cierta edad, al ir viviendo. Lea en un libro a un poeta decir «en la caridad está la clave» y asienta. Si algo existe, sepa, en el amor, en la escritura es para darse. Y así, hacia atrás y hacia adelante, dándose, mueva en usted este tiempo nuevo. Sea, no los olvida, los tiene presentes, esos animales que le sirven de anclaje y comparación, que le guían el divague. Porque ¿a qué otra cosa que a darse despierta cada día, cada animal en su mundo? A maullar, a mugir, a trinar y piar. A darse y ser, a la vez uno y todos. Esa reciprocidad de los animales aprenda. Está para ellos el universo armado y ellos a él se ofrecen enteros.

No sea clara del todo esta idea para usted. No lo es. No lo es, en el fondo, casi ninguna. Pero esta menos. Usted lo sabe. O más bien, lo intuye. Ya se ha dicho. Usted ama, usted escribe. Usted está sometido a la precariedad de esos dos bastones raquíticos para avanzar en el lodo y en la nieve, en los paisajes desolados que la realidad le ofrece. La intuición y la duda. La intuición y la duda. Vaya, pinchando donde pueda, apoyándose, armando un surco, la trama, al fin y al cabo, de su paso por la vida, que no será otra cosa, para usted que lo que hizo al amar, al escribir. Deje su firma imposible, ese mapa a ningún lado, tajeando con una navaja la corteza de un árbol caído. ¿De qué va la historia, cuál es la idea, de qué se trata, cómo se explica? No importa, ni en el amor, ni en la escritura. Sea huella, forma, sombra. Vaya cantando, desesperado y sin preocupaciones. Silbe. Grite, nadie escucha. Usted escribe. Usted ama. Usted, como cualquier otro animal, está siendo cada día algo distinto y lo mismo: tiene para usted al mundo entero. Dese a lo que importa. Desembale su intuición y dispérsela. Entréguese. Sea alguien otra vez. Tenga una edad. Una entre la cierta y la supuesta. La que el cuerpo dice y la otra. Encarne esos años transcurridos. En fantasía y realidad, sea usted, haya vivido. Pueda decir: yo sé de aquello, yo ahí ya he estado. También aprópiese de un futuro incierto. Uno cualquiera. Y hacia adelante quiera. Y escriba. Quiera. Y escriba. Dígale a su amor, a su perro o a su gato, a un ave cualquiera, escríbalo en un libro. Sépalo y compártalo, sea de usted y todos el secreto: cada vez que en el mundo suyo con los que ama se despierta, el mundo es la respuesta a una pregunta que todavía nadie hizo. Quiera y escriba. Hágala.