POR AURA GARCÍA-JUNCO

Ana Luisa arroja el libro de cuentos al suelo. Ni Juana, ni Miguel le ponen mucha atención. Están metidas de lleno en sus respectivas computadoras. Ella, la Ana, es así, fiera e iracunda, casi siempre en horario laboral, especialmente si es horario laboral ajeno. Ah, pero Ana Luisa quiere su atención, y la tendrá. Con la voz de una oradora experimentada, se pone en medio de la microsala:

Nadie habla de nosotras, la literatura de ficción no nos quiere. Aquí, en este libro, hay historias e historias de amor, pero no estamos ni de refilón en esas páginas. Ya, ok, que tu mamá, Juana, no lo logre digerir y me siga diciendo «la amiga de mi hija», lo entiendo, pero es que ella tiene setenta años, caray, ¿pero la gente joven dónde nos pone en sus libros?

Juana aprieta «Guardar» y saca la cara de su guion, no tiene sentido tratar de ignorar a su enrojecida novia. Por cierto, dice con la esperanza de poder desviar la atención, me dijo mi mamá que si vamos a ir a comer el domingo. Te dirá muy nada más «mi amiga» pero igual te va a cocinar un mole.

Oye, intercede Miguel, pero existe mucha gente que escribe de poliamor, de no monogamia como…

No digas. Ibas a decir la Wiener.

Miguel se queda con cara de tonto, porque en efecto eso iba a hacer.

Ya sé, y me encanta, pero ella escribe ensayos. Yo hablo de ficción. De grandes historias de amor de gente que no va por ahí jugándole a la parejita de dos.

Huaco retrato es una novela. Tiene ficción.

Si tú lo dices.

Caray, tan liberal en el amor y tan cerrada en los géneros literarios, dice Miguel, dejando a un lado su laptop.

Por dios, ¿otra vez vamos a discutir de literatura? Será que los libros sobre poliamor no venden, intercede Juana, la pragmática.

Eso pasa a veces, claro, cuando juntas a dos personas egresadas de Letras y una guionista comercial en una sola casa. La tercera en disputa siempre es Juana, que a veces les hace chirriar las uñas cuando no controla los términos en inglés que mete a media quesadilla. Entonces le reprochan su burdo pragmatismo y ella les recuerda que con eso pagan las cuentas. Y así, al infinito.

Vas a decir, dice Ana Luisa, que como en las series nunca te dejan meter una trieja porque eso «desconecta a las audiencias», dicen los ejecutivos, ¿la literatura debería someterse a los mismos criterios de mercado?

Miguel calienta agua, hará té para las tres. Después de mirar la temperatura del cuarto, elige «Sweet dreams», el más relajante de la desurtida alacena. Luego, se saca una cerveza.

Juana contesta. Para nada, corazón, voy a decir algo peor: si metes por ahí la no monogamia, de pronto el texto tiene quizás un tufo muy como de quererse hacer el interesante, de quien busca decir que su libro es una crítica del mundo moderno o qué sé yo. Irritante.

¿A poco nos consideras irritantes?, dice Miguel, o sea a nosotras, al equipo que somos. Yo más bien nos considero bastante aburridas, comunes incluso.

Ya sabes a qué me refiero.

Pues no. La verdad que no. Pero sí te voy a dar un punto. (Aquí Juana sonríe triunfal al escucharse aclamada.) El tema de la no monogamia tiene la capacidad de volver cualquier libro exclusivamente sobre eso. Roba mucho foco. Puedes tratar de escribir una crítica a la industria inmobiliaria y, pum, si quienes quieren comprar la cochina casa son una comunidad relacionada sexualmente entre sí, ya no se trata más que de eso.

Ana Luisa, que se ha mantenido en silencio dando vueltas alrededor del cuarto y viendo el piso, está perdiendo la paciencia. Sube la voz: ¡Claro que no! No tiene por qué ser así. El problema es que la mayor parte de la literatura que narra la no monogamia lo hace desde el dolor. Pura falta de imaginación. Pura literatura del damnificado de la relación que no quería meterse en eso pero se metió. La típica historia que le hace el caldo gordo a las fantasías fatalistas de una lectora monógama. Como en La próxima vez que te vea, te mato, de Paulina Flores.

Otra vez con ese libro, caray. Ya habíamos prometido no regresar a él, que te me pones muy mal de tus emociones. Pero sabes qué, ¡ahí, ahí está el punto! Acabas de nombrar un libro que yo te podría decir que sí tiene ese trasfondo pero que más bien trata de la precarización de la vida, de la necesidad de aceptación dentro del amor pero también dentro de la migración y de…

Ana Luisa pone los ojos en blanco ante la intervención de Miguel. Le roba la cerveza y le da un largo trago:

Ya, ya, ya, no me prediques cómo debo leer un libro.

¿Es que qué quisieras tú?, añade Juana, ¿Relaciones idílicas? ¿Inventarnos un poliamor en el que todo funciona bien? Vamos, ni nosotras, por más increíbles que somos, podemos llamarnos perfectas. Tiene que haber un conflicto para meter tensión.

El conflicto, carajo, esa maldita categoría tan poco literaria que se nos ha metido hasta el tuétano. No todo tiene que ser entretenimiento. Se trata de las posibilidades de la literatura. A veces pienso que es solo flojera y cerrazón mental. Tanto de escritoras como lectoras. De escritoras porque, mucha gente más sabia lo ha dicho, escribir sobre felicidad es más difícil. Se requieren muchos ovarios para sentarte a decir «este libro se va a centrar en toda esta gente que la lleva bien» y sobrevivir en el intento.

De pronto me suena que tú lo que quieres es el retrato irreal de una relación que vaya hermoso, de vibrar altísimo. Hay propaganda, pues.

Ana está a la vez indignada e inspirada. Quizás en el fondo para ella ambas cosas son lo mismo: No quiero ser representativa, ni educar a nadie. Y menos, dios me libre, ser un ejemplo de algo. Pero hay otras formas de causar tensión, qué sé yo, el capitalismo comiéndose el mundo que habitamos y que a la par depende de él. De hecho pienso que sería hermoso leer una novela en la que comunidades amplias de gente resisten dentro de relaciones que son redes no monógamas y forman un tejido indestructible. Mi tipo de ciencia ficción.

Me acuerdo de pronto que Brigitte Vasallo dice en algún lugar de Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, si no me equivoco hablando de Star Trek, que todo muy en naves y sin oxígeno, pero eso sí, la estructura de pareja como única opción, intacta, añade Miguel. Pero sabes qué, si esa novela existiera, alguien diría simplemente: no la voy a leer porque es propaganda para la infidelidad. O se trata de otras wokes que quieren imponerse como la evolución de las relaciones. Sólo de pensar en eso, me daría sopor escribirla.

Y hasta leerla. Dice Juana, desafiante. Es que, queridas, vamos a decir una horrible verdad, ingerimos tanto contenido sobre nuestra situación en el mundo, sobre cómo nuestra relación es política, cómo hacerlo mejor, etc, que cuando consumo ficción, lo que quiero es una cochinada con la cual evadirme y ya. Cero ideología. Hasta ahí.

Miguel y Ana la miran y se miran. Esa es la respuesta cotidiana a lo que entre ellas, en secreto, llaman: dale el avión a la infiltrada del capital. Pero hoy Ana no anda para dar aviones, así que se ajusta la coleta de caballo (su gesto de batalla) y allá va: Híjole, ya desde que dices consumir cuando hablas de libros, se pone mal el asunto. A lo mejor justo por ahí va el problema, ¿no? La banalización de la cultura y el hecho de que de pronto todo es un tema, no una obra. A ver, tú dime, ¿qué historias merecen complejidad y variedad sin tener que justificarse? Pues otras, no las nuestras. Nada dice que no podamos hacer también entretenimiento ligero de esto, excepto la manera del mundo de leernos. Nuestra forma de vivir está obligada a volverse «tema». Entonces mejor ignorarnos.

Juana está empezando a hartarse. En vez de contestar, se mete a la cocina a prepararse un segundo té, aunque el otro está íntegro en la mesa. Se lo sirve mientras contesta mensajes de César, el hombre con el que salió un par de días antes. Teclea: «¿Sientes que la gente poliamorosa está condenada a la autofagia? ¿A leer cosas que nadie más lee? ¿A consumir cosas solo para ellas? O sea, de alguna manera, a vivir fuera de la sociedad».

Mientras, en la sala, Miguel y Ana hablan varios decibeles por encima de lo que normalmente hacen. No hay filo en sus voces. Más bien, armonía emocionada.

Además, ¿sabes qué?, añade Miguel, parecería que solo las personas no monógamas quieren hacer literatura de esto. Es como si nadie que viva en monogamia encuentra apetecible, o tiene el valor, o qué sé yo, de plantear una historia no monógama. Especialmente si no es un cuento moral de cómo no funciona.

No vaya alguien a decir que no quieren monogamia, uff.

Uta, eso ya es un asumir cosas sobre todas las escritoras monógamas del mundo. Si no les gusta que hablen así de nosotras, mejor ahórrense también ustedes hacer lo mismo que de pronto empiezan a sonar de nuevo como eso que nos critican de que nos sentimos moralmente superiores, dice Juana desde la cocina, y su tono es como un chorrito de enojo en un expreso cortado de hartazgo. A lo mejor tiene más que ver con que el impulso autobiográfico en la literatura se ha comido el mundo, ¿no? La multiplicidad de puntos de vista ha venido para abajo desde hace rato. Le critican tanto a mis series tontas, pero ahí al menos eso jamás ha decaído.

Ana le contesta, igualmente enojada: A lo mejor porque se sigue contando la misma historia de amor tóxico una y otra vez.

Es obvio para Juana que esto es una estocada directa. Sale de la cocina y toma un suéter. Busca sus tenis entre todo el desmadre del área común.

Miguel se da cuenta de que está a punto de huir y busca una estrategia veloz para atemperar la aguas. Pone la sonrisa endemoniada de cuando quiere empezar a jugar pesado.

A ver, si esta fuera nuestra novela, cuál sería la contraportada.

Pinche Miguel, dice Ana.

Desde el teléfono, César le contesta a Juana. «Eso que preguntas… Yo no creo que sea un problema de la no monogamia. Las audiencias en general cada vez quieren más una moraleja acorde a sus ideas preconcebidas. La cosa es que además, como cualquier grupo que enfrenta resistencia social, nosotrxs tendemos a la engogamia para no sentirnos discriminadxs :). ¿Qué haces al rato?». Juana le echa un vistazo rápido. Miguel se da cuenta, le molesta que el teléfono interrumpa. Le insiste.

Venga, Juana, luego ligas, tú eres buenísima para esto: ¿cómo se vería nuestra historia de amor en media cuartilla?

Juana no puede evitar contestar, a pesar de sí misma, acostumbrada a tirar ideas tontas en cuartos de guion. Sigue buscando sus zapatos:

«Lo que Las partículas elementales de Michel Houellebecq no quisieron que vieras: una relación sexualmente diversa que no se basa en misoginia y no lleva a la amargura de los personajes».

Los tres sonríen.

Ana añade: «Lo que Ana Karenina hubiera buscado para sí: hablar con su ex y su novio, formar una trieja en la que criaran en paz a un hijo».

Juana encuentra sus tenis. Las otras dos la examinan, con la esperanza de que se quede.

Ana sube la apuesta: ¿Qué? ¿Armamos algo de cenar?

Juana, con los pies en los zapatos aún sin amarrar, piensa en el mensaje de César, en las miradas cómplices de sus amores, y se aprieta las agujetas.

Ya tuve suficiente discusión literaria por hoy. Cenen ustedes. Voy con César.

Ana Luisa se queda pensando que tal vez el problema no es que estas historias no existan, sino que no sabemos leerlas sin pedirles que se expliquen. No como literatura, sino como postura. No como vidas, sino como alegatos. Entre el mercado, la moral y la ansiedad por la representación, el amor no monógamo queda atrapado en una zona extraña: demasiado político para ser ficción ligera, demasiado cotidiano para volverse teoría. Y ahí, en ese limbo, se queda flotando, como la bolsita de su té helado.