
De todas mis amigas fui la que más tardó en tener un novio. Terminaba la secundaria y yo nada. A mí no me inquietaba. A mi madre sí: le parecía que una persona sólo estaba completa si estaba en pareja. Le sigue pareciendo.
Sobre el final de quinto año me puse de novia con quien hasta ese momento había sido mi amigo. Un amigo que me gustaba, claro. Estuvimos juntos siete años. Convivimos los dos últimos. En algún sentido, nos inventamos. De la manera en que una se inventa con cada nueva pareja. Pero esa invención inicial, la de la adolescencia, parece sentar bases. O alguna base.
Cuando nos separamos supe, por primera vez, cómo era vivir sola. Que el cuarto, el living, el baño y la cocina fueran únicamente para mí. Me fascinó la idea de que así como los dejara al salir iban a estar cuando volviera, pero más que nada la sensación de que, de pronto, conformaran un todo; un conjunto homogéneo de luz y silencio, de aire y música, de mis propias palabras probándose en el vacío. En definitiva, un todo de lo que yo eligiera.
Supe cómo era tener veinticuatro años e ir y venir sin avisarle a nadie si iba o venía; levantarme un sábado y tomar mate en bombacha hasta las dos de la tarde, y después limpiar la casa entera, frenética, con la música al mango: I’m free de los Rolling Stones pero cantada por los Soup Dragons, o Right Here, Right Now de Jesus Jones. Don’t be afraid of your freedom, es el grito con el que empieza la versión de Hifi Sean, para después retomar la letra de Mick y Keith: I’m free to do what I want any old time. Right here, right now, there is no other place I wanna be, cantaba Mike Edwards, aunque tal vez se refiriera a otra cosa, pero yo escurría el trapo de piso y me decía sí, sí. Adelante estaba todo el futuro y las posibilidades parecían ser todas aunque el país estuviera disolviéndose. Había más futuro después del futuro y más país y más países después de esa disolución. Yo cantaba y hacía lo que se me cantaba.
El 16 de mayo de 1915, Katherine Mansfield está en París y tiene 27 años. Ese día, en su diario, escribe que se compró un libro de Henry James y se quedó leyéndolo hasta tarde, no porque le parezca especialmente bueno sino por «esa violenta pulsación de deleite que me ofrece a veces». Después habla del protagonista, Bernard Longueville, con lo cual podemos saber, aunque ella no lo consigne, que la novela que se compró es Confianza. Dice que le parece que Bernard es «más ingenioso y divertido cuando está solo, y guarda sus mejores cosas para sí». Eso le da pie para descubrir que también ella es así; que aunque sea ingeniosa y buena compañera, es mejor cuando está sola. Mejor para ella misma: cuando está sola, dice, disfruta más de todo; se divierte más. Porque observar a la gente y las cosas, que es lo que más le gusta, es algo que solamente puede hacer cuando no tiene alguien al lado que se fastidie por tener que detenerse a mirar lo mismo que ella o que se detenga solo para complacerla, «para mantener la paz». La entrada termina así: «La vida con otros se convierte en una bruma: así ocurre con J., pero cuando estoy sola es enormemente valiosa, y son maravillosos los detalles de la vida, la vida de la vida».
El diario de Katherine lo leí a principios de los 2000. Ya para entonces tenía mucha experiencia en la dificultad que implica a veces la observación compartida. Por supuesto también implica lo contrario: amplitud, profundidad, reinvención y sobre todo risa. Pero de algún modo, en mis relaciones amorosas, siempre he sido yo quien quiso mirar más, mirar más tiempo, conversar sobre lo mirado, volver atrás para volver a mirarlo. Mirar el mundo, la vida de la vida.
El tema de «pararse a mirar» me lo apropié de inmediato y escribí un poema en coautoría con Katherine. Lo escribí enamorada y estando en pareja; disfrutar del mundo de a dos nunca me impidió recordar las bondades del mundo de a una. Así como Katherine, el 20 de febrero de 1918, otra vez desde Francia pero ahora en una carta a ese mismo J. (su marido), dice que su amor por la naturaleza –«el mundo externo»– aumentó mucho, de golpe. Y que cuando mira las nubes, las flores, los arroyos, anhela verlos con él. «Sin ti», le dice, «la suma da 0».
Tengo el párrafo marcado en lápiz con un dibujito de ≠ y el número de página donde aparece la declaración opuesta. Y sí, ¿qué me creía? ¿Que las cosas eran solamente así o asá? No, a esa altura ya sabía que no, y seguramente el dibujito quiso decir eso mismo: qué difícil encontrar el equilibrio.
Otra que se la pasó luchando amargamente por ese equilibrio, como bien sabemos, fue Sylvia Plath. En 1959 está en Saratoga Springs, embarazada por primera vez; tiene también 27 años. Ella y su marido Ted Hughes pasan unos meses en la residencia artística de Yaddo. La bibliografía indica que durante ese tiempo Sylvia escribe bastante: un par de relatos y varios de los poemas de The Colossus and Other Poems, que se publica al año siguiente. Ella no está conforme. El 7 de noviembre, en su diario, anota lo que suele anotar: que sabe que no está bien vivir pegoteada a su marido. Que ella debería tener una vida aparte, pensar aparte, trabajar, tomar clases de alemán. «Tengo que tener una vida que me sostenga internamente», dice. De un momento para otro deja la primera persona para pasar a la segunda y hablarse a sí misma. «Piensa, por ejemplo, en todas las cosas que podrías hacer sin él: estudiar alemán», insiste, «escribir, leer, pasear sola por el bosque o por la ciudad, ¿Cuántas parejas soportan tanta proximidad?».
Cuando leí ese párrafo también me puse en guardia. Casi toda mi vida estuve en pareja, en relaciones muy largas, de esas de máxima proximidad. Me parecía que se me daba bien, y que la mayor parte del tiempo las cosas eran gráciles, divertidas. Me jacto, de algún modo, de ser buena arquitecta de la complicidad. Los intervalos de soledad entre parejas fueron casi siempre breves, y sin embargo conservo de ellos un recuerdo feliz. En todos los casos. Cada vez volvió ese right here, righ now. Y ese «piensa todas las cosas que podrías hacer». Las pensé y, casi siempre, las hice.
Una linda prueba de equilibrio son las relaciones a distancia, o las relaciones en las que hay distancia geográfica por unos días, unas semanas, unos meses. Tener al otro cerca pero lejos. Lucecita que titila a kilómetros, tal vez hasta en otro huso horario. Pararse a mirar en paz y después contarlo por carta. Por teléfono. Por mail. Por WhatsApp. Según pasan los años.
El 9 de agosto de 1967 Bioy Casares está en París. Se fue de viaje por Europa de agosto a diciembre. Les escribe a su esposa y a su hija cartas que funcionan como un diario, y que muchos años después van a ser publicadas como «diario epistolar» (En viaje). Ese día, en su carta a Silvina Ocampo, dice que le gustó mucho recibir carta de ella, que «con su persuasivo encanto me envuelve y me da la paz de estar a tu lado». Después cuenta que se levantó a las diez y media y que durmió muy bien, a quiénes vio, quiénes volaron con él en el avión, cómo lucían y qué cosas dijeron. Después: «Estoy casi contento y no me faltan motivos… Estoy fuera del alcance de muchos tedios, que me tenían un poco sofocado. A ustedes dos las extraño con desolado amor». Muy desolado no suena. Extraña y mira, extraña y hace. Va de país en país, de ciudad en ciudad; se reúne con gente, come, duerme en distintas camas; se le pasan las aflicciones físicas, está bien del hígado, tiene energía. Todo esto se lo cuenta por carta a Silvina y a Marta, que no sabemos qué le responden, aunque sí sabemos que sus respuestas bastan para que Adolfo se sienta querido y acompañado y pueda seguir dando vueltas por el mundo con el corazón contento.
No es siempre el caso para todos, claro; y más aún si quien registra es el que se queda. Cuando, en 1985, Tom Carey se va por unos días a California, James Schuyler llena su diario de lamentaciones. Por más que la relación entre ellos haya sido siempre desigual hasta el nivel del platonismo, Jimmy anota: «Ayer Tom se tomó un avión a California; pero yo acabo de escribir un poema sobre él. La vida parece extrañamente vacía. ¿Por qué extrañamente? ¿De qué otro modo podría ser cuando todo lo que más querés y más te importa se va?». Y dos días después: «No ando pensando en casi nada salvo en Tom, que está tan lejos». Y otros dos días más tarde: «Sin Tom, sin diario, sin diversión. Pero dentro de una semana ya va a estar acá». Schuyler tenía 62 años en 1985; Tom Carey cumplió 34 durante su estadía en California.
¡Sesenta y dos años y sólo añoraba que volviera su amor! ¡Su amor que ni siquiera lo correspondía cabalmente!, pienso con su diario en las manos, tirada en mi cama el día que empieza el verano y acabo de cumplir 58. Estoy sola en mi cuarto, sola en casa, y es domingo. Puedo escribir esto que estoy escribiendo pero también puedo no hacer nada, limpiar la casa o no limpiarla, leer, cantar, chatear con una amiga, decirle si caminamos unas cuadras cada una en la dirección de la otra y nos juntamos en el punto medio a tomar café. Para volver después a mi caparazón, ese que empezó a ser, de golpe, una necesidad.
Es así, como una necesidad súbita, que la describe Gabriela Bejerman en su Diario de familia, y después cuenta: «Por algo me alquilé una oficina que es una pieza en un edificio gigante. En mi cubículo rosa solo estoy yo. Abro con la llave, entro, me saco los zapatos y voy a mi encuentro, una cita con los fantasmas de la deseada soledad». Un poco como esa habitación de motel que se alquila Miranda July en All Fours para después decorar, remodelar, hasta lograr el refugio, la cueva secreta.
En definitiva: todas las señoras corriendo a sus madrigueras. Escribe May Sarton en su diario At Seventy, el 11 de octubre de 1982: «Estoy empezando a revivir. Hace dos días sentí que me habían arrebatado algo esencial en este verano sin soledad», y después explica que cuando está demasiado consciente de los demás no puede ser consciente de sí misma, y después de un rato ya ni sabe que existe. Algo así dice.
Y pide Roberta Iannamico:
Déjenme sola
la casa sola
las puertas abiertas
déjenme sola entre las retamas
sola frente al viento
que se me vuele el pelo.
Para algunas mujeres, parece haber otra invención importante después de los 50. Casi tan importante como aquella de la adolescencia. Empiezan a competir más mano a mano la necesidad de amor y la necesidad de soledad. ¿Quién va ganando? ¿Dónde está el equilibrio? Acá, en esta cuerda floja. Cada cual irá tanteando, pie en puntita, hasta dónde.
***Las traducciones que cito: Mirta Rosenberg para Katherine Mansfield, Elisenda Julibert para Sylvia Plath, mi propia improvisación para James Schuyler y May Sarton.