POR JUAN DOMINGO AGUILAR

Escribir es un asunto de amor. Eso suena muy cursi. Empiezo de nuevo. Escribir es un acto de amor. No, otra vez. Voy a probar de otra forma. La escritura y el amor están relacionados de una manera muy íntima, inseparable, como los golpes coordinados que damos con nuestro pie siguiendo el ritmo de la batería o el bajo cuando suena de fondo una canción que nos gusta. Es algo cerebral y emocional, un road trip de la mente que nos lleva a otro sitio, aunque a menudo no sea el esperado, «un viaje del corazón al cerebro / cuyo sentido sea la muerte de las cosas / y duelan menos las palabras que duelen», escribe Juan José Rodinás en un poema que me sirve para demostrar de manera mucho más gráfica lo que quiero decir. Cuando amamos a alguien quedamos expuestos hasta límites en ocasiones peligrosos: somos vulnerables. No podemos evitarlo. Cuando escribimos también. Para escribir un buen libro hay que estar enamorado. Estar enamorado de un tema, una imagen, una idea, un personaje, un paisaje, un recuerdo, aunque sea inventado, un sonido, un olor. De lo que sea. Sentir esa turbulencia interior que nos recorre el cuerpo, desde la cabeza hasta los tobillos, que nos impide dormir y empuja a jugarnos la vida hasta rozar el ridículo.

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Podría hacer un decálogo casi infinito construido solo a base de citas sobre el amor y sus distintas formas, por ejemplo, «me pasaba horas leyendo estúpidas historias de amor», dice el protagonista de El mal de Montano, ese narrador vilamatiano obsesionado con los diarios de autor que relee y utiliza sin parar con el objetivo de armar su propio discurso, que nos narra las dolencias propias del enamorado pero también del escritor cuya misión es escribir algo honesto, es decir, algo dicho ya por muchos pero llevándolo a su propio territorio. Ese ser vampiresco enfermo de literatura, pero, sobre todo, del efecto drogodependiente y adictivo que esta provoca en cada uno de nosotros, en nuestros propios cuerpos, igual que esos autores que como animales lentos van construyendo una obra propia, personal y arriesgada, un refugio al margen de toda moda o palmadita en la espalda del crítico de turno.

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«No soporto pensar que el amor está ahí, en el centro. Como el hueso perfecto de una fruta podrida», podría decir también, citando a Maggie Smith en un libro en el que la protagonista se abre en canal como la carne con la hoja de un cuchillo bien afilado, porque sabe que la literatura, la de verdad, la que nos remueve algo por dentro, se parece a ese romance tóxico que se inocula en nuestras venas con la dulzura de una caricia, con la firmeza de un navajazo. Esa misma sensación que experimentamos al abrir por la primera página La única historia de Julian Barnes y encontrar esto: «¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión», un cruel recordatorio que el narrador lanza a modo de aviso en el arranque porque sabe que, hasta el amor más intenso, puede volverse algo aburrido, casi monstruoso y que refleja nuestra capacidad genuina para dedicar todas nuestras fuerzas a destruir aquello que una vez más quisimos, del daño que sufrimos, de manera lenta y silenciosa en el proceso, repitiendo los mismos errores, los únicos que existen, una y otra vez como un disco rayado.

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«Me gustan los escritores enfermos de amor. Me obsesionan. Escribían por impulso, evitando a toda costa la burocratización de la escritura, el rutinario profesionalismo, desentendidos de la fama y de los honores; escribían irremediablemente, a pesar de sí mismos, con goce (no con placer); escribían como un acto de amor», dice Fernanda Trías cuando habla sobre Levrero y Onetti. A mí me ocurre algo parecido. Me obsesiona la idea de trabajar, y de cómo trabajan los otros, los afectos desde un punto de vista literario. Por eso, siempre que me piden que escriba algo relacionado con el amor y la literatura, viene a mi mente este poema de María Auxiliadora Balladares:

Son tantas las formas del amor

Son tantas las formas del amor
Tendríamos que tomarlo en nuestras manos
Y entender cómo cambia
Y observar cómo
Ya en nuestras manos
Nos vuelve otros
Habría que mirar las madreselvas
Con mucho detenimiento para entender por qué florecen
Habría que mirar los dedos que dibujan chimeneas
Para entender por qué el humo sabe encaminarse hacia el cielo
Son tantas las formas del amor
Y solo a causa del amor nos quedamos en el mundo
Habría que pensar en los hijos por venir
Los que sabrán habitar nuestros cuerpos
Para ser los grandes amigos de los árboles, de los perros y los insectos
O pensar en el calor que reclaman los objetos
O en el abrazo que lame y se traga la tristeza que nos regala el alcohol
Hay tantas formas del amor
Solo en este espacio puedo contar 149 formas distintas
Estoy alegre porque mis amigos saben amarse
Y porque nos aman nuestros padres
Y porque nuestro amor no se gasta
Se desborda
Enloquece
Habría que imaginar el amor como un cuerpo
Para entender así por qué nos gusta tanto el amor
Habría que escribir el amor para borrarlo y reescribirlo
Y aprender a contar historias de amantes infinitos
De hermanas que nos salvan
De fugas, de polvos, de lirios
Habría que besarse y en el beso discurrir sobre la importancia del amor
Habría que recordar también que heredamos el amor
Para así amar intensamente
Y que no quepa, en el mundo, vacío

Que seamos todos
Amados y Amadas
La materia ardiente del sol

¿No somos todos algo así cuando amamos? Esa materia que brilla de manera intensa y constante, sin necesidad de combustible. Al menos al principio. Hasta que se rompe el encanto mágico y chocamos con la realidad, hasta que nos quemamos por estar demasiado tiempo expuestos a los efectos de esa radiación, como en Un gran amor, la película de Cameron Crowe, en la que el personaje de John Cusack, Lloyd Dobler, llora en una vieja cabina de teléfono y dice: «Yo le di mi corazón y ella me regaló un bolígrafo». Eso es. De esa manera exacta nos sentimos cuando lo damos todo, pero no recibimos lo mismo a cambio, sea con una pareja, un hermano, un padre o un amigo. «Tan pronto como te haces la pregunta quién me quiere / estás completamente arruinado porque / la siguiente pregunta es cuánto», escribe Tony Hoagland en un poema terrible por lo premonitorio de su sentencia. Somos así, siempre queremos más y más, la cuestión es si estamos dispuestos a pagar el precio. «Envejecer es más fácil que estar enamorado: implica nunca tener que pedir perdón», escribe Al Alvarez en En el estanque: diario de un nadador, uno de mis diarios personales favoritos por lo sutil y frágil de la voz del protagonista, siempre a punto de quebrarse igual que su propia rodilla, por esa ternura firme que busca, aunque el pronóstico del tiempo amenace con tormenta, momentos de luz escondidos en las pequeñas cosas para sentirse feliz. Vivo. Amado por todo lo que le rodea, desde los árboles, hasta los amigos perdidos que sobreviven en su recuerdo, su antigua compañera o el agua congelada de las piscinas de Hampsteaht Heath que roza su cuerpo como la caricia de una madre cuando, después de mucho tiempo, volvemos a casa.

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Mi escritura puede tener tintes nostálgicos, lo reconozco. Este mismo texto, por ejemplo, los tiene. Pero tampoco lo pienso mucho ni me importa demasiado. Me gusta una reflexión que hace Yiyun Li en uno de sus libros cuando dice que «escribir sobre los momentos compartidos con otros es revivir esos sentimientos, pero que ella escribe, justamente, para dejar esos sentimientos detrás». En mi caso creo que ocurre algo parecido. En lo referente al amor y a las relaciones afectivas, a menudo nos recreamos en el pasado, es fácil dejarse llevar por «lo melancólico» e inventar nuestros recuerdos, mejorándolos incluso, frente a lo que en realidad eran. Si me pongo metafísico, podría decir que pienso en que el nost- de «nostalgia» significa «regresar al hogar» y el morfema -algia, significa «dolor», podría contar que hace muchos años la nostalgia era una dolencia diagnosticable, igual que el dolor de estómago. Una enfermedad fantasma que nos impacta sin que podamos hacer nada para evitarlo, una vibración como la de esos miembros que todavía sienten las personas que han perdido en un accidente una pierna o un brazo. Johannes Hofer, un médico suizo del siglo XVII, puso nombre a una enfermedad que había identificado en algunos soldados: los síntomas entre los combatientes incluían melancolía, desnutrición, somnolencia, fiebre cerebral y alucinaciones. La llamó así: nostalgia. ¿No ocurre eso cuando escribimos de las cosas que más amamos? Revivimos una y otra vez esa historia, la misma historia. Estamos enfermos. Foster Wallace dijo que «toda historia de amor es una historia de fantasmas». Tiene razón: cuando escribimos corremos el peligro de enamorarnos del fantasma de lo que fuimos. Por eso es por lo que, precisamente, insistimos en hablar de mil formas distintas de todo lo que perdimos: para intentar recuperarlo.

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¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de amor? «Los antiguos griegos, a diferencia de nosotros, no tenían una única palabra para el amor, sino muchas. Como bien se sabe, tenían philia (amistad) y eros (deseo), storge (afecto) y ágape (amor incondicional). Quizá esa sea otra parte de nuestro problema. Nuestra lengua nos invita a pensar en el amor como una cosa individual y unificada, cuando no es nada de eso», escribe Francisco Segovia en La experiencia del amor, un libro coral de pequeños ensayos y pensamientos alrededor de esta temática publicado por Gris Tormenta, porque tiene muy presente que la idea, el propio concepto del término «amor», es algo plural y amplio. Siempre lo es. Del mismo modo que único y universal cuando nos referimos a la sensación que la mayoría experimentamos en momentos concretos de nuestra vida y para cuya descripción, rara vez, somos capaces de encontrar las palabras adecuadas.

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Con la escritura nos pasa lo mismo: esperamos encontrar la solución a nuestros problemas, a nuestras dudas más íntimas, pero lo único que nos proporciona —y debe proporcionarnos— son más preguntas y es justo en ese proceso cuando, con suerte alguna vez, damos con algo potente, que de verdad nos emociona: somos correspondidos. Pura pirotecnia que dura apenas unas horas, en las que nos consumimos con la misma intensidad y velocidad que esas viejas varillas de los cohetes que encendíamos por la noche en las verbenas de agosto. «Necesito algo que me haga concha el corazón. / Como cuando se te pega una canción espantosa / y necesitás otra pegadiza para reemplazar / esa pieza en tu cerebro automático», escribe Daiana Henderson en un poema que me gusta mucho porque habla de nieve, películas tristes, canciones en bucle, de sentimientos enormes encapsulados dentro de nuestros diminutos e insignificantes cuerpos que no sabemos bien cómo expresar y a los que nos referimos de manera inconsciente con esa palabra tan gastada: amor. La escritura también es eso, creo, una cuestión de amor. Entonces, si una técnica que sirva para escribir debe servir también para vivir, como dice Fabián Casas, ¿cuál sería la mía? Esa que comparto con tantos otros sin conocerlos. No sé si me explico, lo intentaré una última vez: para escribir necesito algo que me destruya, un poco, el corazón.