POR ROMINA PAULA
Cerro Santa Lucia en Santiago de Chile. Fuente: wikicommons.
«Por Santa Lucía, mengua la noche y crece el día»
Oración a Santa Lucía, patrona de los ojos.

Vivo en Buenos Aires. La vecindad con los países limítrofes a la altura de mi ciudad es con Uruguay de un lado y Chile del otro, y más precisamente con sus capitales, Montevideo y Santiago. Montevideo está más cerca. En el horizonte. Se alcanza en barco o en bus rodeando todo el Río de la Plata. O claro en avión pero es un poco ridículo porque así como despega, vuelve a aterrizar. Santiago está del otro lado de la cordillera de los Andes. Se alcanza en avión o en bus cruzando toda la cordillera. Acaso ese accidente geográfico haga que en principio la sensación hacia Chile sea de más distancia, o inaccesibilidad. De aislamiento. De ellos hacia nosotros, de nosotros hacia ellos. Hacia Santiago se desciende, en avión o en bus. Se cruza una cordillera, por encima o por adentro. Y ahí, del otro lado de la ladera, una luz esclarecedora te recibe.

Siempre tuve muy buena vista. Veo bien de lejos y de cerca. De cerca, porque siempre leí mucho, nunca me dolió la cabeza, he leído con poca o mucha luz, letras de todo tamaño, nunca tuve problemas. De lejos, porque llegaba a distinguir cosas que otros no. Nada de esto para presumir, solo para justificar la afirmación de que veo muy bien. O veía. O vi. Hasta que hace algunos años, ¿tres, dos? Descubro leyendo en el celular en la plaza de enfrente de mi casa que cuando quiero cambiar de foco, es decir, llevar la vista desde la pantalla luminosa del celular a un sitio en la plaza desde el que me llama mi hijo, mi ojo o mis ojos hacen un movimiento de reacomodamiento. Por primera vez percibo el movimiento del lente, hacia adelante, hacia atrás, hasta que consigue hacer foco. Me mareo. Por el movimiento, por el cambio de luz, por la sorpresa. ¿Qué es esto que acaba de pasar? Al movimiento del cambio de foco lo acompaña la difuminación de letras pequeñas cuando hay poca luz o estoy cansada o bebí alcohol o más de uno de estos factores a la vez. Sé muy bien de qué se trata esto. Vi a mi padre y a mi madre comprar sus primeros pares de anteojos en supermercados a los cuarentaipico. Los de leer. Los anteojos de leer. Voy al Hospital Italiano, me hago ver los ojos, esto tiene un nombre y se llama presbicia. Internet dice que es inevitable pero no prevenible. No sé por qué dicen pero en lugar de y: inevitable y no prevenible. Cosas de envejecer.

Me compro entonces mis primeros anteojos de presbicia, no en un supermercado pero sí en un aeropuerto, que es casi lo mismo. La oftalmóloga del italiano me ha dicho que intente usarlos lo menos posible. Le hago caso. Realmente solo me los pongo cuando no alcanzo a leer algo. Que es siempre de noche. Y cuando hay poca luz. Me deja más tranquila tenerlos, temo quedar atrapada en una cierta indefinición.

Ahora bien, cuando salgo de Buenos Aires vuelvo a ver mejor. Y no hace falta que sea un sitio en la naturaleza, no señor. Hay otras ciudades en las que también veo mejor. Este febrero en Reims y Madrid no los necesité. Y me doy cuenta solo porque ahora los tengo, sino difícilmente me habría dado cuenta de que no los estaba necesitando.

En Santiago de Chile tampoco. En Santiago de Chile tampoco los necesité. ¿Qué es lo que hace que en otras ciudades vea mejor? ¿Es la luz? No sé por qué asumo que es la luz, aunque no tenga mucho sentido esa afirmación. En Santiago vi muy bien. ¿Es algo del horizonte? ¿De que lo haya? Mis ojos saben dónde termina el mundo y se organizan mejor. El horizonte infinito de la pampa no ayuda. Aunque, ¿qué pampa? Si mi horizonte en Buenos Aires casi siempre es de pared/hormigón.

En esta ocasión, mi cuarta visita a la ciudad de Santiago, llego de mañana y paso el primer día a pie por la ciudad con mi amiga Malena que vino por unos días y deja la ciudad ese mismo día por la noche. Es nuestro día robado al tiempo. Nos encontramos por Bellas Artes, almorzamos por Lastarria, caminamos, subimos al cerro Santa Lucía, donde pasamos gran parte de la tarde. Es mi cuarta vez en Santiago pero mi primera vez en el Santa Lucía. Entiendo ahora que siempre lo rodeé por abajo pero nunca lo subí. ¿Nunca tuve esa curiosidad? Me admito que cuando viajo a montar una obra de teatro no me queda mucho espacio libre, ni real ni mental: cuando estoy trabajando, en mi tiempo libre no puedo dedicarme a conocer, necesito descansar.

Subimos al Santa Lucía por el lado del palacio, hace calor todo el tiempo, el verano está a punto de proclamarse. El paseo sin embargo es bastante verde y con sombras, huelo eucalipto. Leo luego que esta vegetación se la debemos al intendente Benjamín Vicuña Mackenna, con predominancia de palmas chilenas. Pero sin duda lo que más huele acá son los eucaliptos y esos nativos no son. Cada tanto hay alguna construcción, palacio o palacito. También hay puestos de raspado y mote con huesillo, cuyas imágenes representativas parecen de todo menos algo que se pueda beber. Pasamos junto a unos cañones. Malena, que tiene familia chilena, me cuenta que ella recuerda que esos cañones se disparaban todos los mediodías cuando ella era niña, algo así como las campanadas de una iglesia. Leo luego que es cierto y que en algún momento dejó de hacerse por el ruido.

Es un poco un cocoliche el cerro Santa Lucía así: con su nombre cristiano, los eucaliptos, los cañones, los carros de panchos, los palacetes de ladrillo a la vista, el ornato de flores.

En la cima del Santa Lucía hay bancos para apreciar la vista de la ciudad y una estatua del cacique Caupolicán que debería representar a un mapuche pero, según leo, lleva rasgos de alguna otra tribu. La estatua fue hecha por el escultor chileno Nicanor Plaza, originalmente para un concurso en Estados Unidos y se llama El último de los mohicanos. Así que este aborigen mapuche no es. Pero en algún momento Plaza la obsequió al gobierno de Chile, rebautizada como Caupolicán, un cacique mapuche que luchó contra la conquista española en el siglo XVI. ¿Es, Plaza, irónico en ese gesto? ¿Pícaro? ¿Peligroso? ¿Es ideología cambiar el nombre de un pueblo originario por el de otro de otra parte del mundo, le cambio la chapa y ya está? ¿O solo imprecisión?

El cerro Santa Lucía, antes cerro Huelén (dolor, desdicha en mapuche), le debe su nombre a Santa Lucía de Siracusa, patrona de los ciegos y de los ojos, quien vivió en el año 300 después de Cristo y fue castigada con la extracción de sus ojos por no querer casarse. Se la representa con sus globos oculares en las manos o en un jarrito. El nombre Lucía, a su vez, deriva de la palabra latina para luz, lux.

Dudo que quienes dispararon a los ojos de la gente durante el estallido fueran conscientes de esta simbología, de este entramado.

Bajamos con Malena por el otro lado del cerro, el que da a Bellas Artes. Pero en lugar de bajar del todo nos sentamos un rato en las escaleras a beber agua y descansar. Nuestro último tema de conversación fue su familia chilena, sus tíos, la juventud de su madre de este lado de los Andes. Ahora, en esas escaleras a unos metros por encima de la calle, volvemos sobre un tema que tocamos con recurrencia cuando nos encontramos que es el de un relato que escribí sobre la historia de una amiga en común, que fue publicado en un libro entre otros, y de cómo me arrepentí y nunca pude decirle a mi amiga que eso estaba ahí, que aún lo está, porque me apropié de su historia y que quién soy yo para andar contando así y que quede en papel. Malena me dice que cree que es peor toda esta fantasía que desarrollo y que seguramente no le parecería tan grave a nuestra amiga o incluso lo contrario y yo le digo que ya me he preparado para perder esa amistad. ¿Pero no lo pensaste antes de publicarlo? Pues no, no lo pensé. Y ahora me carcome. Dedicamos un rato a esta conversación.

Caminamos para el lado de la Moneda por una calle peatonal que no exhibe otra cosa más que ópticas. Frente a los locales, empleados con carteles algunos, vestidos de médicos otros, nos ofrecen control ocular gratuito. ¿Qué pasa con los ojos/ la vista y este lugar?

Malena me conduce hasta una iglesia sobre la Alameda, la San Francisco, que va pintada de rojo. No vamos a entrar pero me cuenta que esta iglesia sobrevivió en pie incluso al último sismo terrible y que aparentemente se debió a que sus cimientos son incas. Al parecer, el imperio Inca se extendió hasta acá. Me pregunto cómo se organizaría eso. ¿Eran los incas los imperialistas para los mapuches? ¿Habrán sido oprimidos por ellos primero, por españoles después? Leo una pintada en el centro de la ciudad que parece querer responderme. «Chileno, ahora sabes lo que se siente ser mapuche». Asumo que es del momento del estallido. Estallido. Lo llaman el estallido. No lo sabía hasta este año, que se referían así a las protestas del 2019. El estallido, con sonido. Los ojos, que no pueden ver. Enceguecer al que protesta. Pero con el ruido no van a poder.

¿Es posible que se vea mejor de lejos que de cerca? ¿Es posible que uno tenga una cierta ceguera o incapacidad de ver, en su propia ciudad? ¿Un punto ciego, o varios? ¿Como respecto de uno mismo? ¿Es un espectador externo más sagaz que quien mira y siente de cerca? Probablemente no sea un cuestión de capacidad o de nitidez sino de puntos de vista y se trate de miradas complementarias: la del que ve a diario, la del que ve por única vez.