POR SANTIAGO WILLS
«Quiero escribir, pero me siento puma».
César Vallejo
«Time is a mountain lion».
Raymond Carver

(*Desde hace cientos de miles de años, el puma observa el valle donde hoy yace la capital chilena. El cronista y escritor Santiago Wills cuenta la ciudad a partir de lo que han visto felinos monitoreados por collares GPS, la historia de una mascota y estudios fósiles).

Esto vio el puma en la cima del Manquehue durante al menos tres semanas de la pandemia:

Laderas secas recubiertas de litre, trevo y guayacán, caminos desiertos de tonos ceniza en los que se marcan huellas siguiendo quiques, zorros culpeos, zorros chilla, conejos, roedores cola de pincel, liebres, ovejas y cabras extraviadas, formas de comida o carne delatada por estiércol, perfumes de almizcle, movimientos repentinos y el crujir de hojas marchitas y flores crema de manzanillón, trochas abandonadas en ocasos de suerte en los que raspa el pelaje de sus presas con su lengua espinada, devora hígados, riñones y corazón, y bebe la sangre para aplacar la sed de una cacería silenciosa, libre de personas y su hedor escóndete anda con cuidado, ese vaho refundido entre las nubes de humo y niebla que cubren las casas cota mil, las piscinas agua clorada en tiempos de sequía, los campos polo laguna glaciar, los hoyos de golf colmados de alimento, y el gris sobre gris de los edificios monte y las autopistas ríos secos que sin querer observa desde las alturas del Cerro Manquehue, nido de cóndores, cada vez más escasos, seis años después prohibido una vez más por los olores perro y los olores persona pasa cuando duerman, el sudor acre y los gritos canciones risas quédate inmóvil que en la cumbre impregnan una ondulante bandera de Chile.

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Esto vio el puma en el valle del Mapocho hace cuatrocientos ochenta y cinco años:

Más tonos verdes, azules y grises entre el ramaje, parte de un bosque apretado por peumos, quillay y bollén, que baja por las faldas hacia un laberinto de acequias dibujado desde el Mapocho y habitado por grupos de personas de sonidos cambiantes, vestidos de piel y vestidos de sol corra apenas los veas, edificaciones alcanzables en medio de la llanura, chacras y cuadrículas olor tubérculo, olor maíz, olor hierba, alimentos similares a los de las manadas de guanacos pelaje arena y gargantas carnosas, asidero de incisivos, molares y caninos, objetivo del silencio, el acecho y el salto, manjar de días para tiempos de cachorros abundantes, aún lejos las temporadas de caza, ganado y leoneros —«Puma es león», escribió el Inca Garcilaso—, todavía en medio de bosques húmedos con madrigueras para crías camufladas entre entramados de espinares que avanzan hacia el valle del Maipo, territorio felino —fuxapeñi o fütrapeñi, gran hermano, dicen los mapuches—, territorio puma, como todo el resto del continente.

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Esto vio el puma en una casa de Ñuñoa a mediados de los años cincuenta:

Un cajón al lado de una cama de madera a la que sube con el despertar de los humanos para hacerse ovillo en las sábanas de algodón nieve junto a Mamá, Clotilde Irarrázabal, Señora, o cualquiera de los otros nombres que usan para llamarla, Pirulo, Puma, los sonidos que a él lo jalan hacia caricias, calor y alimento, al principio, recién llegado, solo papa y arroz —la leche de su madre muerta en Osorno un recuerdo quizás presente—, luego carbonada con trozos de carne cortados chiquito, y al crecer su apetito y su cuerpo felino —tal vez cuarenta kilos, un tercio del peso de los machos más grandes de Alaska o la Patagonia—, medio caballo de matadero a la semana, acompañado por paltas, melones y caquis, frutas imposibles para su dieta carnívora, seguramente el único de su especie en saborearlas, exigirlas o reclamarlas a la mujer que teje a su lado, que introduce su mano en sus fauces frente a extraños, que lo acaricia y le da calor y lo escucha ronronear con una sonrisa, al igual que los demás humanos, niños a quienes despierta con su lengua áspera o que lo sacan a jugar con troncos a un patio de poco más de treinta metros cuadrados, la puerta de salida hacia las gallinas, los alaridos de los vecinos y el ardor sangre fuego vivo no vuelvas más de los perdigones en su cuerpo, que llevaron al hombre a considerar su sacrificio y a Clotilde Irarrázabal, Señora, Mamá, a negarse, Por ningún motivo, y a quitarle uno a uno los trozos de plomo incrustado, mientras se traga el dolor y la rabia y en cambio la lame, porque cómo va a hacerle daño Clotilde Irarrázabal, Señora, Mamá, sin prever que tan solo tres años después le tendría miedo no te me acerques Puma, Pirulo, y se lo llevarían de Ñuñoa a un nuevo encierro —las caricias y la cama como nieve cálida quizás un recuerdo presente—, donde se dejó morir por hambre o desidia, una vida corta en La Reina y una agonía de apenas una semana en el zoológico de Santiago.

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Esto vio el puma en los alrededores del Trebal durante el Pleistoceno tardío:

Lagunas glaciar entre marañas de roble, huala y lleuque, pantanos cercados por coníferas y espacios abiertos transformados por gonfoterios, enormes bolas con trompa y colmillos peligro no es para ti al menos los adultos, que se atosigan con hojas y frutos de un bosque húmedo bañado por la lluvia incesante, vida del valle, donde se oculta, eslabón medio, de los tigres colmillos de sable, muerte o escape no hay posibilidad de lucha de hasta 400 kilogramos, osos de rostro corto, cánidos hipercarnívoros y jaguares piel noche estrellada, depredadores que cazan perezosos gigantes, camellos americanos y mamíferos proboscídeos, comedores de pasto y hojas como sus presas, camélidos ancestros de guanacos, caballos, roedores y crías y juveniles de cérvidos o la carroña de los monstruos que los demás depredadores no aprovechan, manjar sin esfuerzo en las faldas de la cordillera y el medio del valle, cuna fértil, fuente inagotable de alimento, y con el tiempo hábitat tener cuidado de los primeros grupos de personas, las armas y el fuego.

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Esto vio el puma dos meses antes de la pandemia en la copa de un árbol del barrio Lo Barnechea:

Agujas de pino que tiñen de verde el sol de la mañana y un creciente grupo de personas acercándose al tronco, cuchicheando, gritando, consultando qué hacer bajo cascos cabezas gigantes color noche, bosque y tierra, que deliberan desde torsos musgo y buscan sus ojos en una clara señal de peligro vigilancia durante el acecho, inspeccionando cada uno de sus movimientos en la copa del pino, a siete metros de altura, donde se resguarda balanceándose en una rama, la corteza rugosa contra su pelaje rufo, lo más lejos posible de la masa de humanos que no deja de crecer y se acerca con sus ruidos máquina y su olor miedo, personas que lo filman y ojean y lo analizan durante horas a través de mirillas, moviéndose bruscas con gestos impropios de la montaña, desde donde bajan un número cada vez mayor y serpentean estrepitosas con torres móviles y colchones que ubican debajo del pino, más allá de una cerca tapizada de hiedra y gritos cada vez más cercanos, a los que sigue un silencio y el aire robado de tres disparos se trastorna el mundo y tiembla su cuerpo y su rama, como el lodo desigual del inicio de la primavera, las agujas bailando sin cesar y sus garras retráctiles, cinco en las patas delanteras y cuatro en las de atrás, aferrándose mientras sus músculos ceden y su cuerpo se derrite, dominado por un sueño que no es sueño, y una realidad de sentidos desordenados que se desliza, como su cuerpo, ahora volando, rompiendo ramas, cayendo y golpeando el suelo, en las cámaras lento, los colchones a los lados suavizando algo el dolor futuro, y arriba, desde el suelo, pintadas por el sol, las agujas de pino que tiñen de verde su percepción alterada, que recuperará su firmeza horas más tarde tras los barrotes de un zoológico y, dos semanas después, de manera definitiva, en las laderas frías de la cordillera que envuelve la Región Metropolitana.

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Esto vio un hombre en las laderas del Manquehue una mañana de diciembre de 2025:

Ningún rastro de felino.

En su lugar, una bióloga con un PhD en Ecología que sube una trocha flanqueada por litre, trevo y guayacán. Mirando a lado y lado, recuerda los puntos por donde pasó un puma capturado en marzo de 2020 en Santiago y luego liberado con un collar GPS fuera de la ciudad. «Hubo tres pumas en esa época —dice—, todos juveniles». A dos les pusieron collar, un macho y una hembra. Una hipótesis es que se trataba de una familia y que la madre les estaba enseñando a acostumbrarse a los barrios en las laderas de Santiago. Cuando las personas se encerraron, bajaron y ahí los empezaron a ver.

Continúa el ascenso y habla sobre pumas. Durante la pandemia, en Lo Curro, hubo uno que cruzó un jardín marcado por banderas de rezo tibetanas y rasgó un bulto de concentrado de perro. Otro bajó por Vitacura y atravesó Providencia salvando las calles desiertas mientras un auto de Carabineros lo escoltaba como podía. Hubo uno que cazó conejos en un campo de golf y varios más que llegaron a la ciudad debido al silencio humano y a una sequía extrema que empeoraba desde 2016. El Servicio Agrícola Ganadero (SAG) capturó y liberó a los que pudo, luego de una breve rehabilitación.

En el camino, la bióloga se detiene a inspeccionar unas heces. Tienen pelos de conejo y un olor ligeramente almizclado que delata a un zorro. A veces se ven, dice. Los pumas ya no, o por lo menos no en el Manquehue. Hubo algunos avistamientos después de la pandemia. En 2022, un puma fue capturado en Las Condes. Tres años más tarde, otro más apareció en Lo Barnechea y fue acusado de atacar mascotas.

Al llegar a la cima, hay un grupo de personas tomándose una foto frente a la bandera de Chile. «Igual esto es como dangerous, po», dice una mujer con una sonrisa. Las personas pasan siguiendo el mismo camino que el puma usaba durante la pandemia. «Van por la cordillera. Pasan y conectan por Chacabuco o Angostura de Paine», dice la bióloga. Unos siguen hacia Valparaíso. En invierno todo está nevado, por lo que bajan en busca de comida y se van hacia la Cordillera de la Costa. En verano, suben desde la costa hacia los Andes.

La bióloga señala la ciudad. Se ve el cerro Santa Lucía, Ñuñoa, Providencia, Vitacura, Las Condes, Lo Barnechea, los restos del Mapocho, Peñalolén, Macul, El Bosque, Puente Alto, San Bernardo, las autopistas, el Club Golf Sport Francés, el entramado de calles y cuadrículas, la Gran Torre Costanera, un avión que sobrevuela el oriente, autos, personas: la ciudad entera.

«Este es el paisaje que ve el felino», dice y se queda callada.

Fotografías cedidas por el autor.