
De regreso al hotel en mi primer día en Santiago de Chile, cuando llego a la altura del club Pasapoga, veo a una mujer en silla de ruedas. No puedo evitar detenerme para observarla, y lo hago con descaro porque, a pesar de que estoy enfrente, a no más de tres metros, ella no me mira. Tiene el rostro girado. También sus ojos, y su ser entero. Impulsa su silla de ruedas hacia atrás y no entiendo por qué, si lo que desea es avanzar en dirección contraria, no voltea sencillamente la silla y la conduce hacia adelante. ¿Quizá la silla no permite el giro? ¿Debo ayudarla?
No hago nada, salvo seguir observándola. En realidad, me da miedo acercarme, porque hay algo excesivo en ella, un dolor rabioso, una furia que también es un llanto y que exige soledad, no ser interrumpida. La mujer es delgada, con el rostro descarnado como el de los yonquis, los brazos y las manos huesudas. Lleva el pelo teñido de caoba y recogido en una coleta, unos vaqueros arremangados por los tobillos, bailarinas que una vez fueron rosas y ahora lucen medio grises de mugre. No está completamente impedida porque también usa las piernas para darse impulso.
Finalmente paso de largo y luego, durante horas, pienso en ella, en su dolor y en lo enigmático de su movimiento. Me asalta la idea de que la mujer no solo quería desplazarse hacia atrás por Providencia, sino ir a algún lugar de su pasado ocurrido precisamente ahí, frente al Pasapoga. Su padecimiento, me digo, tenía que ver con la fuerza con la que creía en ello y con la insistencia de la realidad en demostrarle cuán imposibles resultan los viajes en el tiempo. Por mi parte, la certeza de que lo que acabo de presenciar es un desesperado intento de volver a otra época se debe a una pregunta que me ronda desde que he llegado a la ciudad: ¿en qué momento se ha quedado detenida Santiago de Chile?
Hay ciudades del futuro (muy pocas, pero son ficticias porque el futuro pertenece a la ficción), ciudades del presente (las menos, pues no hay nada más huidizo que el presente para la imaginación: no admite ser congelado en imaginaciones o conceptualizaciones: las contradice todas por ser infinito, por tener todo que ver con los sentidos, con el movimiento constante y no con ninguna idea) y ciudades que se han quedado detenidas en algún momento de su pasado. Esas son la mayoría. Al mismo tiempo, también esto último es una fantasía si lo tomamos de manera literal, porque el pasado tiene mucho de invento. Sin embargo, se trata de un invento más verosímil, pues además de su relato en modo Historia, quedan sus reverberaciones, los fantasmas. Las urbes están llenas de ellos. Los edificios son capas de tiempo, de épocas pretéritas, y la mujer de la silla de ruedas empeñada en ir hacia atrás por Providencia no se estaba equivocando en lo esencial: sabía que era posible acceder de algún modo a su pasado porque este estaba delante de ella en forma de moles de hormigón de los años sesenta. Más tarde averiguaré que el Passapoga es un nightclub inspirado en el que se inauguró en Madrid en plena posguerra (el de Madrid no llevaba doble ese), pero ahora mismo, ante los neones decadentes y sucios, tan solo tengo una vaga sensación de anacronismo, de que Santiago permanece congelado en algún instante triste del siglo XX.
¿Cómo he de abordar la crónica de un lugar que no solo no conozco, sino que no voy a poder apenas asimilar, porque seis días de estancia no son nada para una gran metrópolis? ¿Y cómo elijo algo que merezca la pena ser preservado? ¿Quizás sea mi situación más ventajosa por enfrentarme con inocencia a lo que veo, pues estoy aquí libre de cualquier condicionamiento? ¿Es la inocencia más clarividente o más ingenua? En el fondo da igual, porque yo solo puedo fiarlo todo a la mirada inocente. Y en realidad la respuesta está frente a mí, pero es pronto para saber de qué manera. Aún pasaré mañanas y tardes enteras al acecho, tomando notas y actuando como si las cosas, en la escritura, se decidieran.
El aire es puro humo. Es verano, hay una contaminación salvaje a causa del tráfico y de un incendio. Voy hacia el Centro Cultural Gabriela Mistral desde Antonio Bellet con la impresión de que el cielo ardiente de esmog me aplasta. No huele a bosque quemado, sino a tubos de escape escupiendo almas negrísimas. En las siguientes jornadas en las que recorreré, incesantemente y casi siempre a pie, Providencia, Plaza Italia, Avenida Alameda del Libertador Bernardo O’Higgins, la sensación de tortura, de que los coches te pasan por encima, no aminorará a pesar de que lograrán apagar el incendio. Observar la ciudad a través de ese velo de ruido y gases tóxicos requerirá toneladas de optimismo y fe, y para no perder la mía, me aplicaré en rodear las arterias principales, lo que no siempre será fácil ni posible, porque el trazado no es una cuadrícula.
Echo fotos a los menús de los restaurantes. Hay muchos nombres de comida que desconozco, y cuanto más enigmáticos son, más me da la impresión de que araño algo verdadero sobre la ciudad.
Las farmacias proliferan como setas en un bosque otoñal. Cuando pregunto la causa, me cuentan que aquí mucha gente enferma debido a las largas jornadas laborales, a la vida invivible, y que abundan las depresiones y las fibromialgias.
Hay asimismo mucha galería comercial; mi favorita es la más cercana a mi hotel, llamada Veneto, porque se supone que es de libros y antigüedades, y sin embargo dentro florecen las peluquerías y los salones de uñas, como si por estos lares se proclamara que cultivar el espíritu también es lucir un bonito corte de pelo y hacerse la manicura.
Veo pájaros que parecen mirlos por su pico naranja y su forma de moverse, furtiva, o como si no quisieran ser mirados. Pero igual no son mirlos.
Me digo: una ciudad puede contarse desde el punto de vista de las aves. Y de las enfermedades de quienes las habitan. Y de sus tiendas. Y de lo que la gente cuelga en sus balcones.
En uno de los pisos del complejo de edificios donde se encuentra el Passapoga, por el que voy a pasar innumerables veces (no hay manera de esquivarlo ni de no mirarlo debido a su presencia rotunda, a su implacable brutalidad), hay unas letras grandes que rezan GAZA. También me topo con no pocos murales muy coloridos de carácter reivindicativo, y si no tuviera acceso a noticias e ignorara la reciente victoria del ultraderechista Kast, concluiría que esta es una ciudad de izquierdas. Porque de la ultraderecha no veo señales ni banderas (tal vez todo son señales y no sé interpretarlas), como si actuara siempre en la sombra.
La Plaza Italia es un lugar en guerra, o eso parece. En realidad solo está en obras, pero la sensación es la de ser un espacio sitiado que hay que atravesar, porque, al igual que el cabaré, encontrar un camino alternativo me exigiría dar una vuelta demasiado larga. La vista no puede reposar aquí en ningún lugar, salvo en las obras, en los camiones, en las vallas con lonas de plástico sucias. «Este fue el epicentro del Estallido», me cuentan un par de taxistas refiriéndose a las movilizaciones sociales ocurridas entre octubre de 2019 y marzo de 2020. No puedo evitar pensar que el motivo secreto de la renovación de este espacio es ocuparlo eternamente con grúas y hormigoneras para contener su energía de protesta. Para que la gente no pueda alzarse contra el poder nunca más.
Por Plaza de Italia siempre veo, en el cerro San Cristóbal, una construcción rara que evoca una cantera, o un bicho de cemento, incluso una estación espacial olvidada. Su aspecto de planeta abandonado, de soledad profunda, se explica porque casi no hay árboles por esa zona del cerro, que parece quemado por el sol y largamente desatendido. Tardo en enterarme de que se trata de una estación del teleférico.
En mi búsqueda de algo que merezca la pena preservarse, peregrino obedientemente a lugares emblemáticos, pues de lo contrario parecerá que no he estado en Santiago, o que no he visto nada «auténtico», que es la palabra que hoy empleamos para ese tipo de experiencia empaquetada en la que hemos convertido los viajes. Sé que no voy a escribir sobre nada emblemático porque los motivos por los que el patrimonio histórico y artístico debe ser conservado son obvios (o eso me parece como europea nacida en un país ultraturístico donde el patrimonio se monetiza de todas las maneras posibles). Sin embargo, salvo la Casa de la Moneda y alrededores, casi todos los lugares históricos lucen mal conservados, como si a nadie le importaran, no hubiera dinero o las dos cosas. Por ejemplo, al Museo de Bellas Artes, un edificio hermosísimo, le han colocado en la planta principal unas insultantes baldosas de terrazo, por no hablar de que, para que nadie se resbale, han cubierto los escalones con una suerte de tiras plasticosas. Parecen el suelo y las escaleras de una portería en vez de los de uno de los edificios más importantes de la ciudad. Indago por este asunto de la conservación patrimonial y alguien me responde que en Santiago lo que no botan los terremotos, lo botan los políticos.
En mi visita al museo me doy cuenta de que mis paseos por la ciudad están trazando una pregunta ligeramente distinta a la del punto de partida de esta crónica: ¿cuánto puede resistir un lugar? ¿Basta con no mirar el deterioro y seguir generando vida en su interior para apuntalar su forma?
Pienso de nuevo en la mujer en silla de ruedas que me salió al paso, en su rostro atravesado por el dolor, y le doy una interpretación distinta: la mujer avanzaba sin mirar hacia adelante porque esa es la única manera de proclamar la vida eterna de las cosas. Porque en el futuro solo nos aguarda la muerte. Ella sufría porque lo sabía, aunque al mismo tiempo estaba dispuesta a continuar.

Me digo que hay una profunda lección de vida aquí, en absoluto evidente: hay que pelearla, como hacía la mujer. El premio es ese tipo de hallazgo que surge cuando no das nada por sentado, y eso es lo que propicia esta ciudad y merece preservarse; lo que se abre paso entre el calor brutal, el intenso gris de los edificios, la marabunta de coches, la cordillera al fondo como una alucinación de todos sus habitantes.
Paso mi última hora en Santiago inspeccionando el complejo de edificios en cuyos bajos se encuentra el Passapoga. Tengo la esperanza de volver a toparme con la mujer de la silla, y mientras tanto doy vueltas y me entero de que el conjunto de bloques se llama Comunidad de Edificios Torres de Tajamar por una plaquita que hay en uno de los portales. Observo la extraña plaza interior que conforman las moles, con locales comerciales mayormente abandonados y una zona de juegos infantiles con suelo de caucho que el sol derrite y parece a punto de arder. Una mancha de humedad con la forma de la península ibérica adorna el techo de uno de los soportales del patio, y de los edificios brotan malformaciones de un intenso surrealismo: una suerte de tuberías de las que cuelgan cadenas (por más que lo intento, no consigo adivinar su función) y unas escaleras metálicas minúsculas que los rodean a modo de diademas (aunque quizás no sean escaleras). Hay un huerto tierno y absurdo al lado del horror de las dos grandes vías llenas de tráfico que circundan el complejo, y que parecen declarar su imposibilidad. Y sin embargo el sitio funciona a pesar de todo como una pequeña isla, y me digo que no ha habido un solo día que no me haya dado tranquilidad llegar hasta aquí.