
Ayer lo vi en mi bandeja de entrada, pero no lo abrí. «Propuesta escritura Santiago», refería telegráficamente el asunto del mensaje. Fuera de no conocer a la persona que lo enviaba, me pareció redundante abrirlo justo en ese momento. Venía saliendo de una exposición de Javier Godoy, un amigo fotógrafo, compulsivo por registrar su entorno, sus calles, su contexto desde los años 80 hasta hoy. Un citadino profesional, diría, que captura peatones, choferes de micro, estudiantes, bailarines de k-pop en las explanadas del Metro, perros callejeros, lustrabotas, meseras, oficinistas, barricadas, carteles que dicen «NO +», policías premunidos de escopetas, chalecos antibala, tobilleras y cascos con vidrios antigolpes, callejones cubiertos de humo o bruma —gases lacrimógenos o amaneceres invernales—, pasajes céntricos con su estela de laberintos, banderitas chilenas como suvenires, escaleras mecánicas, fuentes de soda, locales de baratijas en centros comerciales con forma de espiral. Un citadino que recorre los barrios de Santiago sin apuro, atento a los detalles de un presente que de golpe resulta atemporal.
No abrí el mensaje ayer, digo, porque venía saturada de ciudad luego de zambullirme en las imágenes de Godoy. Pero ahora que no es ayer y he despejado la mente, lo abro: me invitan a escribir sobre las transformaciones de la capital en las últimas décadas. «Acaso por su condición sísmica y social, Santiago tiende a sostenerse en una continua transición», leo en las primeras líneas, una suerte de diagnóstico del paciente en estudio. ¿Seré la verdadera invitada o se tratará de un error?¿Qué autoridad tendría yo para examinar las transformaciones de la ciudad? El remate de la frase, sin embargo, me queda resonando: «una continua transición». Y llega a mi cabeza un libro: Crónica de la transición, del periodista español Rafael Otano, avecindado en Chile desde hace más de cuatro décadas. Lo busco en mi biblioteca, abro una página al azar y aparece la descripción de una tarde de 1992 en el centro de Santiago —que bien podría corresponder a la descripción de una fotografía de Javier Godoy— narrada como un recuerdo en tercera persona, que a su vez contiene un recuerdo de la misma locación en los años de Salvador Allende. Dice Otano:
«Recordó que veinte años antes —en 1972 exactamente— le había tocado hacer otro reportaje sobre la situación de Chile y aquel centro era entonces un rompecabezas bullicioso de la marea revolucionaria que sacudía a todo el país. Conforme fue acercándose a la Plaza de Armas, el panorama de este verano de 1992 aparecía más irreal. Vendedores, predicadores, prostitutas-os, curiosos, músicos ambulantes, el centro estaba ocupado en aquella apacible noche de verano por miles de santiaguinos en búsqueda de mercancías, sobre todo espirituales. El Paseo Ahumada bullía en un new age de bajo presupuesto. Se había terminado aquel impulso colectivo de la era de acuario. Dos decenios después [en este 1992] aquel mercado callejero de utopías operaba totalmente en paralelo a las noticias de los días de la semana: cifras de inflación, resultados de encuestas, declaraciones de ministros, noticias de los éxitos económicos. Era la otra cara del jaguar, el lado oculto de la publicitada modernidad».
Cierro el libro y pienso que, en caso de ser yo efectivamente la destinataria del mensaje, ocuparía el lugar de Otano para armar un tercer relato —ni 1972 ni 1992, sino 2026— y tomaría nota de los múltiples acentos latinoamericanos que se escuchan hoy en el mismo perímetro; de las peluquerías que son barberías o las arepas que compiten con las marraquetas. O de lo atemorizados que parecen andar algunos transeúntes, asediados por tanto matinal alarmista y titulares en rojo sangre. Aunque también podría adoptar la última imagen de Otano como norte. Santiago como una ciudad que a ratos parece irreal, habitada por dos universos paralelos: el de la publicitada modernidad y el del mercado callejero. El del crecimiento y el de la desigualdad. El de la prestancia del jaguar y el de la impureza del quiltro.
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El jaguar es el felino más grande de América y el tercero del mundo, después del tigre y el león. En los años 90 se acuñó la metáfora de Chile como el jaguar de América Latina para referirse al crecimiento macroeconómico que experimentaba el país y asemejarlo con lo que ocurría en los llamados «cuatro tigres asiáticos»: Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán.
El quiltro es, en Chile, el perro sin raza. El plebeyo.
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Vuelve el remate de la frase que quedó resonando en mi cabeza al abrir el mensaje: «una continua transición». El filósofo Humberto Giannini hablaba del transeúnte como aquel que transita la calle y que, en ese tránsito, «yendo por lo suyo, en cualquier momento puede detenerse, distraerse, atrasarse, desviarse, extraviarse, seguir, dejarse seguir, ofrecer, ofrecerse». Pienso en una sociedad que transitó desde la monstruosidad de la dictadura hacia una democracia que fue alivio y respiro, en la que disminuyó la pobreza y hubo libertades políticas y recuperación del espacio público, pero que pronto mostró su atadura de manos, sus enclaves autoritarios, su impunidad y su excesiva confianza en que el mercado produciría igualdad e integración social. Desde los tempranos años 90 fue instalada una retórica del éxito y del consenso. Al despedirse, era común escuchar: «¡Chao! ¡Éxito!», como si todo se jugara en ganar una competencia. Un país habitado por la «gente», ya no por el «pueblo». Ciertas palabras de pronto hacían ruido, sonaban opacas o incluso subversivas. «Gana la gente» había sido el lema de campaña de Patricio Aylwin —el primer presidente luego de la dictadura— para este Chile que ahora se mostraba frente al mundo con 85 toneladas de hielo antártico transportadas para la Expo Sevilla de 1992. La proyección del relato que se quería: un país eficiente, económico, sin desvíos. Sin pueblo. Un lenguaje eficiente, económico, sin desvíos. Sin pueblo. Una prosa higienizada para un país higienizado. Sin ir más lejos, uno de los organizadores del pabellón chileno en Sevilla declaró entonces lo siguiente:
«La idea es que Chile se vea como un país moderno. Aquí no hay problemas étnicos, no tenemos una gran tradición precolombina. Chile básicamente es un país nuevo […] En el pabellón tendremos personas de excelente presencia, bilingües, bien vestidas y esto no es por esnobismo. Es simplemente la necesidad de que nos vean iguales a ellos».
Contra ese relato de exportación, contra la lógica del hielo y del jaguar, aparecen en los mismos años 90 escrituras rotas, descuajeringadas, patas para arriba. Otra forma de concebir la experiencia urbana que, lentamente, como el andar de los caracoles, fue dejando su estela en el papel. Las huellas de una época hechas literatura. Busco en mi biblioteca un libro del poeta José Ángel Cuevas, que a partir del golpe de Estado se define como ex-poeta. Y esto encuentro:
«La identidad se ha resquebrajado La Virgen sigue allí,
la posmodernidad se dio a fabricar edificios idiotas.
Okey. Nadie me saluda en la Alameda.
No conozco a ninguno
en las casas de Préstamo.
Ni en los Centros de Compra».
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Me cuentan que los caracoles, centros comerciales con forma de espiral, definidos por algunos urbanistas como los proto-malls, fueron construidos entre fines de los 70 y principios de los 80. Edificios circulares ahuecados, pasarelas con forma de tubos, curvas ascendentes, vitrinas encandiladoras. «¿Qué sentido tiene revisar los caracoles para entender la genealogía del libre mercado en Chile?», se pregunta la doctora en estudios urbanos Liliana de Simone. Y dice que estas edificaciones, que comenzaron recién instalada la dictadura, fueron «una respuesta local a los cambios en el sistema económico global». Un tipo de construcción que tomó elementos externos, pero los volvió propios. Según de Simone, entre 1976 y 1981 fueron levantadas más de quince de estas galerías. Sin embargo, el frenesí inmobiliario y la efervescencia comercial que dejaron asomar los caracoles fueron suspendidos luego de que la crisis de 1982 impactara las inversiones y los bolsillos de la gente. El malestar por la situación económica llevó a que en 1983 se generalizaran las protestas nacionales. La calle volvía tímidamente a ser espacio de disputa para movilizarse ante el modelo económico, pero también frente a las atrocidades de la dictadura.
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En la misma época en que afloraban los caracoles, la artista visual Lotty Rosenfeld fundó junto a Diamela Eltit, Juan Castillo, Fernando Balcells y Raúl Zurita el Colectivo de Acciones de Arte (CADA). En paralelo a las acciones y performances con el colectivo y aunando disciplinas, Rosenfeld desplegó un trabajo individual de gran impacto en el espacio público. Uno de ellos fue «Una milla de cruces sobre el pavimento», acción de arte con la que en 1979 intervino las líneas blancas horizontales que señalaban las pistas del tránsito de calles y avenidas, cruzándolas con líneas verticales, superpuestas en forma de bandas igualmente blancas. El resultado fue una seguidilla de signos «+», que era también y sobre todo una seguidilla de cruces en un país asediado por la dictadura. A comienzos de los 80, el grupo CADA intervino los muros de Santiago con el lema «NO +». Una frase abierta para ser completada y apropiada por los transeúntes. La ciudad empezó a ser tatuada con lo que ya NO se toleraba más: «NO + hambre», «NO + tortura», «NO + violencia», «NO + censura».
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El caracol fue progresiva pero irrevocablemente desplazado por el mall. Liliana de Simone lo explica así: «La conformación de un laboratorio estilístico comercial en el Santiago de los ’70 y ’80, su expansión como tipología edilicia a regiones, y su rápida obsolescencia programática producto de los cambios en la economía nacional, significaron sin duda un ambiente propicio al arribo del mall, jerarquizado y prototípico. Simple y replicable». Pero antes de que se llamara mall, se le llamó shopping center. El 24 de marzo de 1982 apareció un aviso publicitario en las páginas del diario El Mercurio, que mostraba una construcción horizontal, extensa, sobre un terreno despejado. Y decía: «Por fin un verdadero shopping center. Parque Arauco, el primer shopping center de Chile».
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«Las modernizaciones urbanas recientes, trazadas de acuerdo con el relato económico de la dictadura, dejaron grietas donde aún se ven (y padecen) las huellas del pasado». Así leo en las últimas líneas del correo que debo responder de una vez, asumiendo que no hay error; que soy la destinataria elegida para escribir sobre un Santiago que conozco y desconozco. Me quedo con el remate de la frase: «[…] grietas donde aún se ven (y padecen) las huellas del pasado». Pienso en los caracoles comerciales y su carácter residual; en el velo del presente que los encubre. Si en su momento anticiparon una efervescencia del consumo donde la novedad y la última moda encandilaban, muchos de los servicios que hoy ofrecen sus vitrinas obedecen a la lógica opuesta: el reparador de calzado, la zurcidora, la depiladora, el relojero, la fotocopiadora, el bazar que vende aspirinas, gotitas para el dolor de estómago, agendas de papel, calculadoras, lápices bic, globos de cumpleaños, pañuelitos desechables, relojes despertadores, gatos de la fortuna y un sinfín de objetos que escapan a una lógica de la obsolescencia. Pero algunos caracoles han mutado y hoy son también lugar de encuentro privilegiado para otakus, usuarios de videojuegos y expertos en nuevas tecnologías. Un tiempo hecho de esquirlas.
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Quizás Santiago a estas alturas del siglo veintiuno, a más de cincuenta años del golpe de Estado, sea un puñado de restos y huellas, y detrás del noventero jaguar esté siempre el quiltro atemporal, listo para batir su cola porfiada. Y puede que esa divergencia entre quiltraje y jaguarismo que emergió durante los primeros años de la transición democrática hoy retrate la deriva de una modernidad trunca, fallida, que no termina de asentarse. El verbo «retratar» me devuelve automáticamente a las fotografías de Javier Godoy. A las que ahora mismo reviso del catálogo de la exposición. A esta, por ejemplo: sobre una repisa de madera vemos un televisor prendido y alcanzamos a captar en la pantalla, medio difuminada por la iluminación tenue, una explosión de fuegos artificiales. Y si afinamos bien la mirada podemos ver unas letras blancas que anuncian «¡Chile, campeón de América!». En los otros compartimentos de la repisa, sin ningún orden rastreable, vemos un pequeño termo, unas ollas, un zapato, un desodorante ambiental en aerosol, tazas, platos, una cafetera, botellitas de jarabe, rumas de papeles, bolsas de esto y lo otro, dos corcheteras, una crema de manos, una juguera, un botellín de cerveza, un frasco de agua oxigenada: decenas de objetos que parecen decir «somos el velo fugaz del presente».
Me parece obvio: el artículo sobre Santiago que me invitan a escribir no puede ser sino una fotografía de Javier Godoy. Imágenes, no palabras. Lo llamo para ver qué opina, pero me sale el buzón de voz. Mientras espero para insistir en unos minutos más, gugleo sobre los caracoles. Quiero estar segura de lo que albergan hoy estos centros comerciales. Pero en vez de información sobre los proto-malls, lo que aparece es una reseña del libro Una ballena es un país, de la mexicana Isabel Zapata. Y me entero de que los caracoles son hermafroditas, se deslizan con lentitud y alternan contracciones y elongaciones de su cuerpo. Avances y repliegues. Y un dato fundamental: caminan con el estómago.
