POR BEGOÑA MÉNDEZ
Imagen de Santa Teresa de Jesús e imagen de la portada del reciente disco de Rosalía Lux.

Parental advisory: Este artículo contiene luz explícita de Dios, amor #fem enardecido, pornografía del alma. «El amor no es consuelo, es luz» significa que a veces Dios eleva a las mujeres en confusión primordial, en orgásmica unión con el Uno elemental y que en otras ocasiones es cruento y las deja a la intemperie en inmensa soledad. En el temblor de la nada, las mujeres arrobadas se hacen diosas terrestres, arrojadas contra el suelo tras la entrega amorosa, despojadas de sus egos, de su hambre y su deseo en completa desnudez, cubiertas de luz divina. «Ego sum nihil, ego sum lux mundo» es la palabra sagrada hecha hombre y hecha carne y es el verbo de Cristo en boca de Rosalía, la cruz y su aceptación, «el beso de la balanza» o la puerta que se abre hacia el destello divino: «Break on through the other side / It’s just like going through one door / one door isn’t enough / a milion doors aren’t enough». Palabra de Patti Smith.

Rosalía no es mística ni santa, pero bebe de la herencia de una legión de sabias que narraron sus caminos interiores de acceso a lo sagrado, de unión con el misterio. Al dogma teológico, blanco, hetero y masculino, opusieron un lenguaje poético y exaltado, encarnado y terrenal, para narrar sus vivencias con un Dios que no es padre sino amado o esposo. Como una trobairitz experta en la fin’amors y hastiada de ser usada por hombres que solo buscan mejorar su posición económica y social a través de un amor falso y exhibicionista, Rosalía se dedica a componerle canciones a un amigo inalcanzable y secreto y a la vez dentro de ella: una emoción dulceamarga, según Safo, la teóloga del Eros, un estado lejoscerca que Margarita Porete, la beguina medieval, inventó para expresar el triángulo amoroso de su vínculo con Dios: entre ella y el amado, la distancia insalvable que constituye un espacio autárquico y seguro para exhibir su deseo y su potencia de vida traducidos a un lenguaje escandaloso y procaz.

El misticismo se inicia con una crisis vital que mueve los fundamentos de la vida cotidiana; en Rosalía la grieta es la boda que no fue: «Ya me solté la coleta / Quería ir de blanco / y fui de violeta», «Ya nadie tirará arroz al cielo / ya no habrá borrachera ni flores». En esa herida de amor se descubre vulnerable: «Yo sé muy bien lo que soy / ternura pa’l café / solo soy un terrón de azúcar / Sé que me funde el calor». Dios es solo todavía una leve intuición nutrida por su deseo de hacerse invisible. «Sé desaparecer», afirma, pero le cuesta horrores despojarse de su yo, de su historia de vida: «me pesan las cadenas de tanto mirar atrás», dice en De madrugá. Y también está La Perla, un tema donde, habitada por Santa Olga de Kiev que ajustició a los culpables de la muerte de su amor, despliega toda su rabia y sus ansias de venganza contra el exnovio infame o acaso Rosalía se convierte en Jesucristo expulsando mercaderes de la casa de Dios.

Rosalía no es mística ni santa pero el destino la pone contra las cuerdas divinas: «I’ll fuck you till you love me, till you love me, till you love me» es la llama de amor viva que busca a Rosalía, oculta en la multitud, tragada en la noche oscura del templo tecno-pagano que es Berghain. Porque «su miedo es mi miedo / su rabia es mi rabia / su amor es mi amor / su sangre es mi sangre», ella acude al llamado, perdida entre las gentes como la esposa de fuego del Cantar de los Cantares cuando llega a la ciudad y no sabe cómo hacer para encontrar a su esposo entre el ruido y el bullicio. Consentimiento sagrado, amor fati, aceptación: «Tarde o temprano el destino te golpea / aunque ignores sus señales». Dios inflama de amor la carne de Rosalía: «eres el huracán más bello / que yo he visto jamás / el mayor de los dólmenes / se alzaría por ti / la tierra tiembla / y se eleva a tu lado».

Pero el Dios de Rosalía es el Dios de Simone Weil: un soberano celoso que da de probar las mieles de un placer sobrehumano y se retira después y stalkea a sus mujeres, oculto en todas partes y no se deja atrapar, porque entonces cesaría el anhelo pertinaz que mueve a Rosalía a su búsqueda incesante: «Yo que siempre he estao tan mal acostumbrá / ya la omnipresencia ya me tiene agotada / pero este corazón lo voy a secuestrar / y perseguirlo sin piedad». Rosalía se dedica a rastrear por la Tierra a su amado y descubre en su viaje la belleza y el dolor de este mundo terreno; no teme a la humillación y tampoco al abandono porque el juego al que juega es solo literatura o una misa pagana con que invita a desquitarnos del peso de nuestras almas, que es el peso de su alma.

LUX es el relato de un viacrucis-pop que señala las miserias del sujeto femenino contemporáneo: el trabajo extenuante de acumular perlas, caviar y belleza y, si no, no somos nadie; la obligación de hacerse con una identidad Motomami-poder#fem y sostenerla a diario; la experiencia del amor convertida en una lonja de cuerpos precongelados, los afectos transmutados en transacción comercial, en intercambio indeleble, en herida y frustración. Rosalía no está exenta del grito individualista egocéntrico y voraz que vilipendia y señala: se declara imperfecta, manchada de humanidad, de caos y de maldad; lo que ella hace en LUX es decir que está cansada de sí misma y de los hombres y que busca redención más allá del propio yo en un mundo terminal que se consume a sí mismo.

En Novia Robot escribe su panfleto feminista, su renuncia a servir a los machos cis hetero: «Quema el manual pa lo mismo!» exclama en la canción y su grito es la paz que deriva de la huida de un universo afectivo marcado por Apps de citas y por redes sociales, expositores de amor dentro de un supermercado. «Me pongo guapa pa’ dios» y se arrodilla después ante un Cristo desolado que llora diamantes puros. Rosalía transmutada en Teresa de Jesús comprende que su pureza no está perdida del todo. Y descubre a Simone Weil, que a su vez descubrió Margarita Porete: la mística medieval expresó con vehemencia la enorme necesidad de deshacerse del ego para dejar un espacio que permitiera alojar la luz dorada de Dios. Simone Weil lo llamó decreación y lo enunció de este modo: «Nada poseemos en el mundo salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea, destruir». Anular la voluntad, renunciar a decir yo y soportar el vacío.

Dios no sutura las fisuras ni cura ningún dolor, pero investida de oro, luz sagrada que el Señor ha derramado en su carne, Rosalía se convierte en una pieza kintsugi y aprende a aceptar las marcas de su pasado: « Mi piel es fina / de porcelana / rota en la equina / mi piel es fina / de porcelana /y de ella emana / luz que ilumina / o ruina divina». Sin embargo, en su aventura interior, a veces mira hacia atrás y se pregunta obstinada «¿Cuántas peleas recuerdan / las líneas de mis manos? / ¿Cuántas historias caben /metidas en 21 gramos?». Pero su yo ya ha soltado su voluntad justiciera y va muriendo de a poco su deseo de dañar y brinda con vino blanco por sus heridas colmadas por el misterio de Dios.

Simone Weil. Fuente: wikicommons.

La mística femenina procede en bucle eterno: por cada estado arrobado en juntura primordial, el peso de nuestros cuerpos, la gravedad y la gracia o en versos de Rosalía «Quien pudiera venir de esta tierra/ entrar en el cielo / volver a la tierra / que entre la tierra / la tierra y el cielo / nunca hubiera suelo». Las nupcias definitivas de las místicas con Dios solo ocurren con la muerte. Por eso, Margarita Porete y Juana de Arco se dejaron quemar vivas por la furia masculina sin decir una palabra, sin retractarse de sus actos ni sus obras. Entregaron sus armas, es decir, el cuerpo entero como instancia de visión y entendimiento de Dios, como potencia de vida, pero no así sus almas. Así morían las santas, las brujas, las perturbadas: sin decir una palabra, en obstinado silencio, entregadas a un amor que aún resuena en LUX. Simone Weil se abismó en la anorexia mirabilis para matar a su yo, esa bestia deseante, de un modo definitivo y unirse en compasión con todo el dolor del mundo. En Divinize, la manzana adquiere un doble sentido; es la fruta prohibida del paraíso primero, el pecado femenino del hambre de conocer lo que está más allá de la razón y del lenguaje humano, y es también el emblema del hambre de Simone Weil, que soñaba con un mundo donde comer es mirar, donde el vacío de Dios no debe nunca colmarse porque el amor cesaría en un eterno Big Bang. El hambre es importante: es el hueco que permite la experiencia de Dios: «En el vértigo del cuerpo / una ausencia que sacia / persiguiendo la gracia / el dolor una delicia / el vacío divino / y los rayos de la luna / nutren de frialdad / y privarse es la indulgencia / que practica por amor».

Rosalía no pretende decrearse de un modo literal. No es santa ni kamikaze; el subterfugio que usa para expulsar a su yo de su centro creador es habitar otros cuerpos y acaso comprender, como lo hace Anne Carson, que la instancia más sagrada no es Dios sino el Verbo, y que es a esa obsesión a la que hay que entregarse. En total abnegación, consagrada a su arte, se libera de sí misma y se lanza a imaginar su alma en reunión con toda la creación, en nudo de puro amor. Abandona el propio cuerpo y entra en la inmensidad de las cosas más pequeñas y los límites precisos entre adentros y afueras, entre el yo y los demás se confunden en un todo: « Yo quepo en el mundo / y el mundo cabe en mí / Yo ocupo el mundo / y el mundo me ocupa a mí / Yo quepo en un haiku / y un haiku ocupa un país / un país cabe en una astilla / una astilla ocupa la galaxia entera / la galaxia entera cabe en una gota de saliva / una gota de saliva ocupa la 5ª avenida / la 5ª avenida cabe un piercing» y así siguen estos versos hasta que llegan al pecho de Rosalía, donde está alojado Dios.

LUX es un viaje a la vez luminoso y oscuro hacia un amor que es sagrado, eterno e irrompible porque se hunde en la herida de lo humano imperfecto. Esa es la forma de amar que defendió Simone Weil: un amor a cielo abierto que nos baja a ras del suelo, un amor que es compasivo con el dolor de este mundo y dignifica la vida, incluso la más infame, porque todo en la Tierra es reflejo y testimonio de la belleza de Dios. Es la práctica del Bien sin correlato del Mal. Por eso en La Yugular, Rosalía se declara esclava de Undibel, el Señor de los gitanos, y reniega del Diablo. Por eso, en la Rumba del perdón desgrana uno a uno los pecados capitales y solo siente amor. «Toíto te lo perdono» repite el estribillo: ya sabemos por quién va. LUX termina con la muerte simbólica de Rosalía: «Yo que vengo de las estrellas / hoy me convierto en polvo / pa’ volver con ellas». Al final del tiempo humano solo queda la memoria: «Cuando muera solo pido / no olvidar lo que he vivido». Navajazos, chocolate, vino tinto y enemigos; amor, bailes, gasolina, algún que otro cigarro: poco más es una vida.