COORDINADO POR VALERIE MILES

VALERIE MILES
Trazamos un arco entre dos orillas del Caribe, dos islas, Cuba y Puerto Rico, tendido con las cartas de dos escritores que se mueven entre La Habana y Cambridge. Unidos por afinidades, ambos reflexionan sobre la experiencia compartida del tiempo irregular, en un registro que va de Bad Bunny a Celan, de Beckett a Knausgaard. La luz tropical no es solo exceso y deslumbramiento, sino también una forma de opacidad: aquello que el mundo mira sin llegar a comprender. Entre apagones, radios anacrónicas de la época soviética y pregones que aún resuenan en la calle, el Caribe gira como un territorio ligeramente fuera de su eje. Como nos recuerda Carlos Fonseca, desde una isla del norte y sus luces y sombras, Cuba y Puerto Rico son como dos alas de un mismo pájaro.
CARLOS FONSECA
Cambridge
Hola James,
Debo admitir que te imagino, no sin un poco de celos, bajo el sol de los trópicos mientras aquí llueve sin entusiasmo bajo el techo gris del cielo inglés. Hay algo casi cómico en la inversión: un inglés en el Caribe y un caribeño en Inglaterra. Y lo más inquietante es que, poco a poco, descubro que empiezo a convertirme en inglés. Prueba de ello es que comienzo esta carta, como corresponde, hablando del clima.
Tanta meteorología me recuerda un ensayo, que leí hace unos años, de la gran Suzanne Cesaire: «Le grand camouflage.» Allí Césaire reflexiona sobre el camuflaje en los trópicos y sobre una paradoja que siempre me ha parecido muy interesante y real: la luz del Caribe es tan intensa que a veces termina por ocultar tanto como revela. Tanta luz sobre el Caribe, que a veces hasta enceguece. He pensado estos días en esa frase de Césaire, y en esa idea de que nuestro Caribe —el de Cuba, donde estás ahora, y el de mi Puerto Rico querido— participa un poco de esa lógica. Son lugares extraordinariamente luminosos, hipervisibles en el imaginario global: paisajes saturados de sol, de música, de imágenes que circulan con facilidad en la cultura popular. Y, sin embargo, quizás precisamente por esa visibilidad excesiva, terminan siendo también espacios curiosamente opacos, lugares que el mundo mira mucho, pero comprende poco.
He pensado en eso mientras leía la crónica que publicaste en The Economist sobre la crisis energética en Cuba, la escasez de petróleo y los apagones que interrumpen la vida cotidiana de los cubanos. Pensaba en eso porque en Puerto Rico vivimos también de apagón en apagón. En ambos casos la electricidad parece aparecer y desaparecer como si siguiera su propio ritmo secreto y antiguo. Tal vez esa sea otra forma de pensar el Caribe: un lugar que oscila constantemente entre la deslumbrante sobreexposición y la oscuridad repentina.
Me contaste, en la última carta, que ibas a la Sierra Maestra. Te imagino entre cafetales por la sierra, en ese lugar icónico dentro de la política latinoamericana y caribeña. Es un lugar de un simbolismo apabullante. Espero que los símbolos no te abrumen y todo vaya bien por allá. Cuéntame cómo andas y cómo te trata el sol, a menudo implacable, pero también placentero, de los trópicos.
Un abrazo,
Carlos
JS TENNANT
Centro Habana
Querido, perdona la demora:
solo puedo pedir que seas indulgente, como un yuma perdido en el trópico, alguien más familiarizado con el tiempo del Caribe, cuyo paso aquí es casi gelatinoso, a menudo fundido con las cualidades de la luz que mencionas: tan distintas de las claridades netas y despojadas que hemos visto juntos en el Mediterráneo. Los cubanos también hablan sin cesar del tiempo, lo que tal vez explique por qué me siento tan a gusto. La intensidad del calor nunca logra desprender del todo el agua, que pesa sobre los miembros; y su resplandor, además, irradia una peculiar pesadez líquida, hasta el punto de que, cada vez que vengo, siento cómo me impregna la cabeza y las articulaciones mientras me abandono, con gusto, sucumbiendo a un ritmo más disipado. Es generativo, aunque siempre me lleva tiempo adaptarme. ¿Sabías que cuando Humboldt regresó a Berlín y emprendió la obra de su vida, esos treinta volúmenes sobre América, mantenía su estudio a 23 grados para acordarse del trópico? Me hizo reír.
No intercambiaría lugares contigo, al menos no en esta época del año en Cambridge, y confío en que estas líneas te hallen contemplando algún jardín cuadrangular minuciosamente cuidado, uno que apenas vislumbras por las estrechas ventanas con parteluces, mientras la niebla dickensiana se frota contra los vidrios emplomados. En Cuba tengo encendida de fondo una radio soviética: una emisora surrealista del régimen que te encantaría, Radio Reloj, en la que dos locutores leen las noticias todo el día, pero se interrumpen cada sesenta segundos para anunciar la hora. A veces trabajo con esa emisora, pues su frenética superposición metronómica me sacude de la modorra.
Ya he vuelto de viajar por Oriente. Aunque me resisto a especular sobre lo que supone para mi currículo revolucionario, pues no estuve en la sierra sino en el Hotel Sierra Maestra, en Bayamo. (No tengo espacio ni energía para detallar las dificultades que ahora atraviesa el país; eso lo dejaré para mi periodismo.) Nuestro apartamento en el séptimo piso en Centro Habana, donde suelo alojarme, da al estrecho de la Florida y al batir salobre de la corriente del Golfo. Contrapunteando las transmisiones de radio irrumpen los trinos de un sinsonte enjaulado, como en «La maza» de Silvio Rodríguez. Desde abajo ascienden las voces de los pregoneros —a los que Jorge Mañach llamaba los carusos de la manigua habanera—, los cuales ofrecen cigarrillos sueltos, limón criollo, maní y ristras de ajo. ¿Hay pregoneros en PR? A solo dos calles, oculto bajo una suerte de zigurat de solares hacinados y quebradizos tanques de agua, está la casa de Lezama: un lugar modesto pero de convenientes detalles barrocos en la fachada y cornisas de pastel de boda. (Era tan gordo que, al morir, tuvieron que sacar su cuerpo por la ventana de la planta baja con una polea.) Es ya un museo, aunque lleva años cerrado.
Escribo en mi portátil, que ya tiene poca batería por otro apagón; más tarde tendré que encontrar algún lugar con internet para enviarte esto. No es fácil. A tu honrada disposición, James
CARLOS FONSECA
Cambridge
Querido James,
Me alegra saber que estás bien y que la sombra de Lezama Lima te ampara. Me conoces bien. Me encanta eso que mencionas de la radio soviética, con los presentadores de Radio Reloj narrando el mundo y el clima como si se tratase de un partido de béisbol. Te imagino arropado en esa atmósfera anacrónica, frente al aparato soviético, vestigio de otra época, escribiendo frente al calor de los trópicos. No sé por qué siempre me han gustado los anacronismos. Recuerdo que hace ya buen tiempo, al entrar a un bar subterráneo neoyorkino, me topé con una señora ya mayor, bien vestida y de cabello rojo, que a las tres de la mañana leía una docena de periódicos. Recuerdo que lo que me chocó fue esa idea de que leía periódicos del día anterior, justo cuando las nuevas noticias estaban a punto de llegar. Los escritores somos un poco como esa señora. Escribimos y leemos compulsivamente con la ilusión de brevemente llegar a ser contemporáneos al mundo, a sabiendas de que siempre llegaremos demasiado temprano o demasiado tarde, nunca a tiempo.
Hablando de pregoneros y de relojes, justo he recordado que todos los sábados de mi infancia, en Puerto Rico, me despertaba un vendedor deambulante que, desde su carro, a través de los altoparlantes anunciaba las frutas y las verduras que tenía a la venta: «Vendo papaya, yautía, mangó, batata…»
Más tarde llegaban los pregoneros políticos y los afiladores de cuchillo. Todo un mundo radiofónico en vivo y en directo. A veces extraño el rumor musical de los trópicos, en donde la calle siempre está llena de sonidos, de voces, de música. A veces extraño esos anacronismos, más ahora que todo parece estar disponible al instante y por privado: las noticias, los shows, los productos, hasta el pensamiento, con la llegada de la IA. Hemos asesinado al tiempo. Me gusta esa idea de que escribimos un poco como Humboldt: con el estudio a 23 grados, para recordarnos del calor de los trópicos y del peso del tiempo. Escribir como estrategia para aprender a llegar tarde.
Acá finalmente llega la primavera y finalmente el telón gris da paso a un cielo no del todo desprovisto de ilusión. Espero todo ande bien por el trópico y pronto las cosas mejoren por Cuba. Yours truly, Carlos
JS TENNANT
Centro Habana
Compadre:
gracias por la tuya, y por evocar escenas de tu infancia. ¿No hace esa lectora de periódicos una aparición desaliñada en Historia natural, o lo estoy imaginando? Ese personaje que, de algún modo, me recordaba a Berthe Trépat… Hablando del pasado, y del anacronismo contemporáneo de los pregoneros, sería hipócrita de mi parte no reconocer que —incluso en los apagones, gracias a las baterías EcoFlow— sus voces apenas alcanzan la eminencia de las de El Taiger, el reguetonero predilecto de la isla, que eclipsa incluso a Bad Bunny (y que era un verdadero bad boy). ¿Recuerdas cuando le dije a todo el mundo que Bad Bunny había trabajado de cajero en el supermercado de tu barrio? Un choteo que, tras tu corrección, creo que había recordado mal o me había inventado. En todo caso, espero que perdure. Es uno de esos detalles que deberían ser ciertos.
Volví a leer tu primer mensaje: la mención de otro Césaire me hizo pensar en Breton, concretamente en una cita que encontré por ahí y quise usar como epígrafe de mi libro, pero que luego, debidamente, nunca pude reencontrar ni dar con una fuente fiable: Cuba, c’est vraiment un pays trop surréaliste pour y habiter. Las cosas se vuelven cada día más extrañas y preocupantes, incluso para un visitante como yo. Deambular por las calles destrozadas y tristes de Centro Habana en este momento, llenas de mendigos y de personas hambrientas, es como atravesar un paisaje devastado por la guerra. Solo que la batalla continúa: los cubanos de hoy solo combaten mediante conscripción forzada; y no habrá vencedores. Un amigo escritor en El Cerro me contaba el otro día que procura no salir nunca: se hunde en la depresión cada vez que ve su ciudad tan abatida y rota, y prefiere quedarse en casa, en su burbuja, intentando reunir fuerzas para crear mundos ficticios donde hay comida refrigerada, decadencia y esperanza.
No se me escapa la ironía de mi dirección actual en la calle Concordia —uno de los nombres que tanto le gustaban a Lorca cuando estuvo aquí, alojado en un hotel en Amargura—. Creo que fue precisamente en las páginas de esta misma revista donde Cabrera Infante escribió una vez sobre la visita de Lorca. Específicamente sobre la gracia que le hizo muchas décadas la confusión crítica y la perplejidad académica ante una referencia enigmática del poeta en Son de negros en Cuba, a «la rubia cabeza de Fonseca». Solo que se trataba de una imagen muy conocida en la isla, emblema de una antigua marca de puros (que el padre de Lorca fumaba en su casa de Granada).
Y recuerdo ahora que olvidé comprarte una caja de puros la última vez, así que, cuando pueda antes de irme, bajaré al mercado detrás de la Plaza de Armas.
Te mando un gran abrazo, James
CARLOS FONSECA
Cambridge
Querido James,
Desde acá andamos todos siguiendo las noticias de Cuba, consciente de que las cosas andan realmente mal. Sé que andan de apagón en apagón y puedo imaginar las locuras que tuviste que hacer para que este último mensaje tuyo llegase a puerto.
Oye, había olvidado el rumor bienintencionado que habías empezado a fundir sobre Bad Bunny en mi supermercado de infancia. No lo vas a creer, pero algo parecido pasa en Cambridge, aunque en clave menor. Resulta que uno de los bibliotecarios de mi College, es absolutamente idéntico a Karl Ove Knausgaard: la misma melena blanca, la misma cara, la misma estatura, incluso la misma vestimenta. Todos los días lo veo llegar en su bicicleta, estacionarla, y adentrarse en la biblioteca. Cuando entro a buscar algún libro lo encuentro allí leyendo, tranquilo. Me encanta esa idea, un poco delirante, de que en su tiempo Knausgaard es bibliotecario, que pasa tiempo así en una biblioteca, fuera del bullicio del mundo literario y de las grandes ferias. Me recuerda la historia de Paul Celan, que recientemente descubrí fue lector de alemán en la École Normale Supérieure. Un puesto bastante junior que significa maestro de lengua. Me encanta la idea de que uno de los grandes poetas de la lengua alemana haya sido maestro de lengua, sobre todo con lo que eso significaba en su caso, tras el holocausto. Un maestro que reconstruye el idioma desde su ruina.
Así que de Bad Bunny, a Knausgaard, a Celan: el mundo anda un poco fuera de lugar y hay dobles por todas partes. Hablando de dobles: siempre he sentido que Cuba es el doble inverso de Puerto Rico. La misma bandera, pero con los colores invertidos, la misma historia colonial para luego acabar en lados opuestos del espectro, la misma música, pero ligeramente distinta. Me apena siempre pensar que los caminos hayan sido tan distintos. Como decía Lola Rodriguez de Tío: «Cuba y Puerto Rico son de un pájaro dos alas.» En ese sentido, no me extraña que hayas encontrado al Bad Bunny cubano. El surrealismo, como bien sabía Breton, anda por todas partes y sobre todo por el Caribe, como bien sabía Carpentier.
Asegúrate de traerme esa rubia cabeza de Fonseca. Me alegra saber que yo también tengo un doble por Cuba. Un doble rubio, elegante y que fuma habanos. Espero sigas bien y la cosa mejore.
Abrazos, Carlos
JS TENNANT
Centro Habana
Querido Carlos,
me encanta la idea de Knausgaard trabajando de incógnito en la biblioteca de tu college. Creo que ahora vive en el Reino Unido, así que bien podría ser él… ¿Recuerdas cuando me quedé unas semanas en Newnham, cerca del río, para hacer uso de la biblioteca, en aquella encantadora casa antigua donde mi excéntrica hospedera era una devota de Woolf y todas sus habitaciones llevaban nombres del grupo de Bloomsbury (¡solo en Cambridge!)? En uno de los pasillos superiores de la biblioteca universitaria hay una serie de retratos bajo los que solía investigar entonces para mi libro: todos los antiguos directores. En el centro hay uno de un tal «E. B. Ceadel», aunque estoy convencido de que en realidad se trata de Kim Philby —el parecido es asombroso—, uno de los cinco espías de Cambridge que había huido a la Unión Soviética antes de verse desenmascarado. La tapadera perfecta para el traidor perfecto… (Trabajó allí discretamente hasta su muerte en 1979.)
¿No tuvo Beckett el mismo puesto que ocupó Celan en la École Normale Supérieure? Vaya alineación —tendré que ver si quedan vacantes—. Imagina que te enseñara Beckett: una posibilidad absolutamente escalofriante. Supongo que, al menos, sería muy puntual.
Si algún día visitamos la isla juntos, tengo que llevarte a la librería de Eliezer, en la calle L. Es una de mis favoritas del mundo —creo que ya te mandé fotos—. Es una ruina de una sola planta que él habita con ocho perros que intentan morder a cualquiera que entra y mordisquean los libros, apilados del suelo al techo en montones tambaleantes. Faltan partes del tejado, de modo que muchas de las capas superiores de libros, las que no están cubiertas con plásticos, están arruinadas. Apenas puedes moverte allí dentro; y es inútil curiosear —tienes que llegar con una idea muy precisa de lo que buscas—. El dueño, que siempre lleva una gorra calada como si estuviera huyendo de alguien, aparece de pronto y luego desaparece entre esas montañas caóticas de literatura deshecha, gritándoles a los perros que se orinan en su cisterna abierta, o dándole un patadón a una pareja cuando empiezan a copular entre los trapos esparcidos sobre las baldosas españolas. Eliezer conoce todos los libros y a cada autor, y dónde encontrarlos. Es una fuente inagotable de chismes escabrosos e intrigas literarias. Incluso Rubén Gallo ha escrito sobre él. Cuando le pregunté a Eliezer, me dijo, con aire sentencioso: «Sí, muchos alumnos millonarios de Princeton han venido aquí; incluso celebraron una conferencia en mi cocina, mientras la lluvia les caía encima…»
Seguimos, James
CARLOS FONSECA
Cambridge
Qué ganas de estar en esa librería que mencionas. Me recuerda aquel maravilloso libro de Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa, con aquel librero perdido entre un mundo de libros y chatarra. Una suerte de universo Borgiano para un mundo en ruinas. Me recuerda también al personaje del Chivo de Amores Perros, con sus perros siempre cerca, alejado de la sociedad. Me encantaría conocer a Eliezer y pedirle que me contase qué escritores cubanos leer ahora mismo. Siento que es muy difícil saber de la literatura cubana desde afuera, un poco como la puertorriqueña, pero por razones distintas.
Me gusta también la gorra de Eliezer y esa predisposición al escape. Tal vez podría venir acá y ser bibliotecario junto a Knausgaard. Cambridge está lleno de dobles y de espías, no me extraña que uno de los Cambridge five se haya escondido en una biblioteca. ¿Sabes que el profesor que los reclutaba era fellow de Trinity College? Era el historiador de arte. Me encanta esa historia. Toda la historia de la guerra fría condesada inesperadamente en un historiador de arte que en su tiempo libre habla del barroco francés y de los cuadros de Nicolas Poussin, mientras por las tardes intenta pasar secretos de estado al enemigo.
Traidores y dobles. ¿No sé si te he contado del otro Carlos Fonseca? Es buen amigo, también escritor. Lo más divertido es que es una especie de copia inversa mía: yo soy mitad costarricense y él es nicaragüense, yo soy principalmente narrador y el comenzó como poeta, yo ando Cambridge y él dio clases en Oxford, yo soy moreno y el rubio. A veces me llegan emails para él, incluso una vez me aceptaron un manuscrito que le estaba destinado. Ningún mejor lugar para esconderse que el nombre propio. Nos hemos hecho muy amigos y más de una vez hemos utilizado la confusión para conspirar contra el mundo. Me pregunto si por Cuba hay otro Carlos Fonseca, capaz de juntarse a la conspiración centroamericana. Si lo encuentras mándales saludos y dile que nos contacte.
Bueno, espero que todo vaya bien por allá y que los pregoneros sigan su pregón. Te cuento que por acá finalmente llega la primavera, poco a poco. Siempre es gloriosa la primavera por acá, aunque no quite la nostalgia del Caribe.
Un gran abrazo, Carlos
Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés.
Carlos Fonseca. (San José, Costa Rica, 1987) es un escritor costarricense-puertorriqueño. Ha sido seleccionado por el Hay Festival como parte del grupo Bogotá 39, por la revista Granta como parte de su lista de los veinticinco mejores jóvenes narradores en habla hispana y por la Enciclopedia Británica como uno de los veinte autores jóvenes más prometedores a nivel global. Anagrama ha publicado sus novelas Coronel Lágrimas, Museo animal y Austral, Su obra está traducida al inglés, alemán, francés, italiano, griego, turco y croata. Es profesor en el Trinity College en la Universidad de Cambridge.
JS Tennant. (Reino Unido). Escritor y traductor británico. Su trabajo ha aparecido en medios como the Guardian, Financial Times magazine, Gatopardo, the Economist, Times Literary Supplement, New Statesman y Quimera. Es co-autor, con Richard Hollis, del libro Cuba ’62 (sobre la Crisis de Octubre). JS fue el primer ganador angloparlante de la Beca Michael Jacobs de crónica viajera y finalista – por el mismo proyecto – del Fitzcarraldo Essay Prize y del Eccles Centre & Hay Festival Writer’s Award. Este libro, La señora Gargantúa: crónicas de Cuba, será publicado este julio por Harper Collins.