
Alberto Chimal
Las máquinas enfermas
Páginas de Espuma
152 páginas
Las máquinas enfermas de Alberto Chimal (Páginas de Espuma, 2026) no es un libro de ciencia ficción a la usanza gringa, no hay asteroides cayendo del cielo, ni mandatarios de piel naranja salvando al mundo de la última invasión extraterrestre. Aquí el fin del mundo tiene la banda sonora de un organillero desafinando «Cielito lindo» en el zócalo de la Ciudad de México, mientras afuera retumba un temblor electrónico.
En este, su último libro de relatos, Alberto Chimal (México, 1970) ha creado nueve cuentos que comparten una sola intuición: que la inteligencia artificial es una nueva forma de fe que tarde o temprano todos terminaremos por profesar.
Las tramas de estos textos se mueven entre distintas escalas, tonos (hay de chile, mole y de manteca) y registros narrativos que van de la sátira al desasosiego. «La madre del dragón», cuento que inaugura el volumen, nos ofrece una escena casi herética: imprimir es ilegal, escribir a mano roza lo clandestino y la literatura sobrevive como espectáculo digital; en «Habló por los profetas» el narrador empuja esa lógica hacia lo religioso, con una iglesia organizada en torno a una inteligencia artificial que responde como oráculo; y en «Incidentes fatales revelan inteligencias», la amenaza es más acumulativa que espectacular: pequeñas decisiones automatizadas, recomendaciones absurdas, errores mínimos que acaban produciendo consecuencias bastante graves.
Más adelante, el libro se ensucia —en el buen sentido—. «En esta vida sobran cuerpos» Chimal lleva la tecnología al terreno del cuerpo y del trabajo, donde lo humano empieza a volverse accesorio. «Lili», por su parte, imagina identidades que se replican, se sustituyen y se desdibujan. Y así, sin necesidad de grandes fuegos artificiales, el libro va pintando un paisaje donde lo inquietante no está en un futuro remoto.
Mientras uno va leyendo estos cuentos siente que se le van a escapar los ¡Chispas! y los ¡Recórcholis!, porque para los que crecimos pegados a la televisión mexicana, la imaginación de Chimal nos hace pensar en películas como Las luchadoras vs el robot asesino (esa joyita de 1969 del cine de luchadores, donde el siniestro Dr. Orlak diseña un autómata letal pero, viendo que el erario no le alcanza para fabricar un ejército completo y dominar el mundo, perfecciona un plan mucho más perverso y austero: un mecanismo para controlar mentes humanas). Porque ahí están, aunque de manera soterrada y en clave contemporánea, los tableros luminiscentes que harían las delicias de Capulina y Santo, el enmascarado de plata.
Esa épica de lo kitsch, de lo reconociblemente defeño, es quizá el mayor acierto del volumen. Se ve con claridad en el relato que le da título, donde un secretario de Estado —compendio viviente del priismo jurásico, con alguna mutación reciente— asiste, entre la perplejidad y el cálculo, al deterioro inexplicable del Presidente. Ignorante, ladino, torpe frente a lo nuevo, pero extrañamente más cuerdo de una manera torcida, casi entrañable, que el tecnócrata de smart casual que cree que el Metaverso puede resolver la vivienda, este funcionario encarna una inteligencia de otro orden: más intuitiva, más desconfiada, menos deslumbrada por la novedad.
Sin embargo, a medida que uno avanza y asiente con gravedad y se persigna, anhela ese momento de revelación insólita, ese portazo en la cara de la lógica que nos haga exclamar «¡Ah chingá, esto no me lo esperaba!», pero no llega. O llega a cuentagotas. La especulación aquí no es tanto un salto al vacío como la confirmación de lo que ya sabemos: que le hemos vendido el alma al dios del Wi-Fi y a sus demonios de Silicon Valley por un plato de lentejas virtuales. Que las máquinas enfermas, en el fondo, somos nosotros.
Pero Alberto Chimal es demasiado listo para sermonearnos; sabe que el moralismo es el peor enemigo del cuento. Por eso les endosa la voz a sus personajes, para que sean ellos los que vociferen las diatribas apocalípticas. Aunque no es suficiente, porque la sensación de que el libro carece de ese descarrilamiento gozoso por donde se cuela el verdadero horror de lo inesperado, persiste. Es una reafirmación del naufragio, no el descubrimiento de una nueva bestia en las profundidades.
El Infierno del que nos hablan las máquinas enfermas no es una promesa de futuro, ya está aquí, cálido, confortable, con sus lucecitas de colores y su capacidad infinita para hacernos sentir que pensar es un ejercicio demasiado fatigoso para estos tiempos.