
Daniel Díez Carpintero
El riguroso paraguas
Sloper
133 páginas
¿Qué nos ocurre la primera vez que quedamos a comer o cenar con una persona mano a mano? Que no sabemos por dónde irá la conversación o qué impresión nos dejará el haber compartido ese tiempo con esa persona. Pero seguro que será distinta de la proyectada o imaginada o sospechada. Algo de eso tiene este libro de siete cuentos. Como siete días de la semana, nos entrega siete pecados capitales, si existen, mentales.
Porque son las antípodas de esas impresiones de cuando se queda a compartir mesa por primera vez. Desasosiego, quiebra involuntaria de nuestros preceptos morales o de hábitos. Sudores fríos, desarreglo dérmico. Ya hay bastante con esto para afirmar que Daniel Díez Carpintero (1979) escribe llano para dejar un plomo en nuestra conciencia que sabe a hierro. Finalista del premio Setenil con El mosquito de Nueva York (premio Café 1916), autor de la novela Estatura y otro libro de cuentos, Nunca se sacia el ojo de ver; uno no puede dejar de leerlo una vez entrado en su Iris y yo. O de como un primer relato en un libro de cuentos dictamina estilo, rasgo, apuesta, tono y en este caso, listón alto que se alcanza cuando se sabe saltar sin mirar el suelo. Al que hay que bajar, y más cuando se lee su cuento, Pulmón artificial: «Es el ruido que emite su persona. El ruido de papá». La transformación del espacio por la presencia de una persona.
Todos lo entendemos. También en torno a una mesa. Así de cotidiano puede ser el horror o el candor o el cambio en una vida a la que no le veíamos ni una brizna del desasosiego que podía traer. Es improbable que Díez Carpintero lo pensase, pero este libro trae a la mente El libro del desasosiego de Pessoa, por la angustia de la vida real. Mira el autor el mundo como lo que nadie quiere decir que ve en un grupo en la realidad. Como solo nos atrevemos a decir a alguien en confidencia mano a mano y a ser posible en la mesa que hemos traído al principio.
Hay una tristeza postergada y a la vez adelantada en el tiempo, acelerada en la mente del lector, que resulta adherente en su lectura. Que fija el ánimo a lo que no se deseaba y por eso permanece tras leer los relatos. Como una concatenación casual, nada lo es, de percepciones improbables que viniesen a contarnos las verdades del barquero, las nuestras interiores mentales, que no solo no alivian, sino que ahondan donde no queremos ir en día de fiesta. Ese es el jolgorio, el festín de leer este trabajo que no se anuncia a bombo y tornillo, que no necesita de platillos ni zambombas porque suena a lo que no queremos oír pero nos detiene si lo escuchamos. Como cuando alguien se atreve a decir lo mal que se percibe y todos se detienen sí o sí y piensan si serán iguales o algo tan anormales, en el mejor sentido, que el que lo está verbalizando. Verbo llano y redacción cotidiana es la que emplea el autor para mostrarnos lo implacable del pensamiento y de lo arrugado de nuestra conciencia cuando decide ser sincera. Valentía escondida en la prosa cotidiana de sucesos y gritos sordos de color gris que ni siquiera ha pensado en buscar un verde esperanza o un rosa acaramelado. Porque nada dulce traen estos relatos. Nos golpean como menos esperamos y nos traen lo que no sabíamos que necesitábamos. Nueva conciencia de lo que podemos llegar a sentir.
Construyendo el sentido a partir de lo sutil. Denis Johnson o Fleur Jaeggy lo comprenderían al leerlo. Como el inicio del relato Bote de renacuajos: «En la escuela aún no sabían que yo era decepcionante, una porquería de persona». Desde ahí solo queda una cosa hecha verbo. Ahondar. Como lo hacen los paraguas que tienen una buena contera. La punta contraria al mango. Como antípoda del control que querríamos tener pero nunca llega. Llegar al final de estos siete relatos conlleva mirarnos de otra forma. La que sea, pero otra, como ansía toda obra literaria que se precie. A lo mejor lo que nos sucede al haber leído este libro y si nos encontrásemos con el autor es que le diríamos que qué pena no haberlo leído antes. Una disculpa. La última palabra de este libro. Nada menos se merece un paraguas de varillas tan flexibles.