Pol Guasch
Reliquia
Anagrama
160 páginas
POR DAVID MANJÓN

Los textos autobiográficos —esos «experimentos con la vida» a los que el escritor Carlos Pardo dedicó un monográfico para esta revista hace unos años— a menudo despiertan suspicacias arrojadas contra sus legítimos autores y autoras. Sin embargo, se habla menos del grotesco papelón de los textos subalternos que, desde el periodismo cultural, no tienen otra escapatoria que tratar públicamente esos materiales ajenos con frecuencia tan delicados. La artista visual Karen Green, casada durante cuatro años con el escritor David Foster Wallace y quien encontró su cuerpo sin vida en septiembre de 2008, se preguntaba: «¿Qué haces cuando la autopsia de tu marido está en internet y se considera un tema de puta crítica literaria?».

En Reliquia, de Pol Guasch (Tarragona, 1997), traducida del catalán por el poeta Unai Velasco, se recoge esta declaración de Green —también aquella otra: «cuando una persona a la que quieres se suicida, la vida se convierte en una lengua que no entiendes»— y algunas citas más del propio DFW: «resulta que hay cosas que se pueden tratar en una nota de suicidio pero que resultaría demasiado extraño expresar en otra clase de circunstancias». Precisamente echando de menos una nota, el narrador de Reliquia toma la palabra: «Habría agradecido una nota. Doblada en cuatro, con erratas y palabras borradas, en una hoja reciclada de otro día, en un pedazo cualquiera de papel, en una servilleta vieja, sobre una carta abierta, da igual, una nota antes de hacerlo. A menudo pienso en qué habrías escrito». Y de este modo da comienzo, con esa segunda persona del singular como de la Carta al padre de Kafka —con un pequeño desliz, de esos que localizaba Ricardo Senabre, en la p. 92—, a su propia reconstrucción de aquella nota final extendida aquí a lo largo de ciento sesenta páginas.

Autor de los libros de poemas Tanta gana (Premio Francesc Garriga 2018) y La part del foc (Premio López-Picó 2021, publicado en castellano por Ultramarinos, bajo la dirección del propio Unai Velasco) y de las novelas Napalm en el corazón (2021) y En las manos, el paraíso quema (2024), ambas en Anagrama, Guasch comenzó a escribir Reliquia una década después del suicidio de su padre, el domingo 13 de enero de 2013 a los cuarenta y cuatro años de edad. Entonces Pol tenía quince.

Guasch construye esta memoria familiar a partir de un álbum de fotografías, del diario de su madre y de sus propios recuerdos e impresiones pero también la intercala con las historias de suicidio de varios escritores y escritoras y la compilación de sus notas de despedida como supliendo la del propio padre: las de Robert E. Howard —creador de Conan el Bárbaro—, John Kennedy Toole —destruida por su madre, quien logró publicar póstuma La conjura de los necios—, Henri Roorda, Arthur Cravan, Serguéi Yesenin —que caligrafió su último poema con su propia sangre— o el harakiri de Mishima. La carta de la poeta estadounidense Anne Sexton, a bordo de un vuelo, a su hija: «llegará un día, Linda, en el que estarás volando hacia alguna parte, pensarás en mí y querrás hablar conmigo. Y quiero contestarte. (Linda, quizá no sea en un vuelo, quizá sea en la mesa de la cocina, por la tarde, tomando un té, cuando tengas cuarenta años. Cuando sea.) Quiero contestarte: 1. Te quiero. 2. Nunca me has fallado. 3. Lo sé. Yo también estuve ahí. Yo también tuve cuarenta años y una madre muerta a la que aún necesitaba». La nota en la puerta —«lo hizo en la bañera de su casa, mientras escuchaba un disco de Rocío Dúrcal»— de la poeta venezolana Miyó Vestrini a su hijo: «No entres, llama a tu papá, él sabrá qué hacer». Las últimas cartas de la rusa Marina Tsvietáieva, poeta predilecta de Guasch, a su hijo Mur —«Perdóname, pero en adelante habría sido todavía peor. […] Esto ya no soy yo. […] Caí en un callejón sin salida»— y a sus camaradas: «¡no me entierren viva! Compruébenlo bien». El último poema de la argentina Alejandra Pizarnik, escrito con tiza: «no quiero ir / nada más / que hasta el fondo». Los bolsillos llenos de piedras del abrigo de Virginia Woolf y su carta de despedida a su marido Leonard: «Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. […] No creo que dos personas hayan podido ser más felices hasta que llegó esta terrible enfermedad». El francés Jacques Rigaut —«El suicidio ha de ser una vocación»—, el estadounidense Hart Crane —«¡Adiós a todo el mundo!», antes de lanzarse por la borda de un barco con destino a Nueva York— o el galés Dylan Thomas —«Me he tomado dieciocho whiskies seguidos, creo que es un récord»—. El mareante desfile recuerda a aquella antología Suicidas (2003, Ópera Prima, hoy descatalogada) con prólogo de Benjamín Prado.

En los nueve capítulos de Reliquia las imágenes se suceden con una poderosa sencillez y regresan con cadencia de oración: la parada en la gasolinera —los recuerdos vívidos de los días negros—; las perras ladrándole al cielo —«como si quisieran apagar las estrellas»— y el propio cielo de aquella noche estrellada; el pequeño coche —el Zapatito— del que se bajó su padre cuando conoció a su madre, a pocos días de la verbena de San Juan; la autopsia redactada en Comic Sans; las 17:31 h como un portal privado entre padre e hijo; el incendio en la casa del abuelo —que narra el feto, como en Cáscara de nuez de Ian McEwan—; el árbol familiar, con las iniciales a navaja en la corteza; la túnica negra y el conejo blanco, en el capítulo final, el de la estancia en la residencia de escritores de Nueva York a la que el narrador llega para terminar este texto. Ese cadencioso estilo narrativo provocó cierto ruido en redes al poco de la publicación del libro; el periodista y escritor Enrique Rey ironizó con un tuit en el que recordaba los disparatados análisis de la prosa de Javier Marías en La fiera literaria: «Puedes matar al hombre [Manuel García Viñó] pero no puedes matar la idea [la delirante crítica acompasada]».

Otro motivo recurrente en Reliquia es el conmovedor parecido físico entre padre e hijo, avalado desde la radiante —y confusa, en un primer vistazo— fotografía de cubierta: «tenéis la misma cara», «caminas como él», «coges el lápiz de la misma forma», «conducís igual». Esa herencia superficial del narrador opera en clave de fantasma en la escena de reencuentro fortuito con la tía paterna, que trata de una herencia más honda: «no es tan fácil huir del lugar de donde vienes». Capítulos antes, se preguntaba sobre el componente hereditario del suicidio —al del padre precedió, en la misma casa, el del abuelo—, y cita uno de esos estudios científicos que siempre firma alguna profesora de la Universidad de Columbia. También aparecen el caso del poeta estadounidense John Berryman, quien se arrojó del puente de Washington Avenue, en Minéapolis, y cuyo padre se había disparado un tiro en la cabeza. Y el de Nicholas Hughes, hijo de los poetas Sylvia Plath y Ted Hughes, y los suicidios rimados —el gas abierto, la cabeza en el horno— de Sylvia y Assia Wevill, también pareja de Ted. «Morir / es un arte, como todo. / Y yo lo hago excepcionalmente bien.» decía una estrofa del poema «Lady Lazarus».

Esta elegía no es complaciente pero tampoco un ajuste de cuentas con el finado. Tal vez lo sea un poco más con el léxico familiar y sus borrones. Y con algunos secundarios indelicados con aquel chico de quince años: el murmullo de una tía del padre en el tanatorio; el soborno escabroso de una profesora; la visita de los compañeros funcionarios de prisiones.

Sin necesidad de acudir a la vasta genealogía de la literatura del duelo, algunas referencias obvias con las que se conecta Reliquia son Amarillo de Félix Romeo, sobre su amigo Chusé Izuel, que se tiró por el balcón del piso que compartían, o Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, sobre el suicidio de su madre Lucile. Y más allá del suicidio, uno también mencionaría aquí la Carta a mi madre de Georges Simenon, el Diario de duelo de Roland Barthes, Patrimonio de Philip Roth, Tiempo de vida de Marcos Giralt Torrente o Crónica natural de Andrés Barba.

Es sabido por sus propios textos autobiográficos que cinco de los siete hijos del psiquiatra y escritor Carlos Castilla del Pino fallecieron antes que él y que una de ellas se suicidó. En uno de sus aflorismos, él dejó escrito: «La muerte no es lo último. Lo último es la nada». Y es Reliquia un objeto enfrentado a la nada.