Winston Manrique Sabogal
La gran transformación
Galaxia Gutenberg
304 páginas
POR LUCAS MARTÍN JURADO

Dentro de los miles de desencuentros y parecidos razonables que unen y desunen el mundo del periodismo con el de la literatura, siempre ha llamado la atención la prudencia con la que grandes escritores de diarios se conducen fuera de los límites editoriales del medio que le es propio. Y, muy especialmente, cuando trasladan su teatro de operaciones al ámbito de los libros. Entonces, y por más que el periodista-autor insista en que lo que ha escrito no es una novela y que ha sido concebido con el mismo tono e intención con el que construye sus piezas informativas y artículos, no tardan en permutar el nombre de su oficio por el de algún género híbrido, ya sea biografía o ensayo; es como si el periodismo a fuerza de estar merodeando la verdad cruda se sintiera desnudo al salir de la redacción o su validación dependiera de una cuestión burda de tamaño y de calidad del papel. Hasta el punto de que, más allá de la concesión últimamente de moda a la crónica y a la entrevista, hubiera que simular un honroso cambio de disciplina y de blasón para obtener los respetos del público.

Seis siglos después de la invención de la imprenta, seguimos sin saber muy bien en qué consistiría un libro de «periodismo» más allá de la excepción obvia y en este caso de escasa claridad intelectual de las monografías escritas sobre medios de comunicación. Entre otras cosas, porque, dejando al margen los plazos y la sobornable caducidad y considerando sus cruces con la literatura, resulta difícil distinguir la esencia que define al periodismo respecto a otras expresiones afines sin incurrir en abstracciones y, sobre todo, en un catálogo de comportamientos que tienen más que ver con las recomendaciones éticas para neófitos que con una catalogación separada y nítida. Quizá lo que necesita el género literario del periodismo son libros de periodismo, que es lo que entendieron en la práctica la patrulla Gonzo y la de García Márquez después de obstinarse en bienes fungibles como la grabadora, la gabardina o el tabaco. A pesar, eso sí, de que la dificultad sigue siendo la misma. ¿Cómo se distingue un libro periodístico de otra cosa? ¿Y si se despluma a la gallina? La cuestión es que no se sabe, pero, créanme, se sabe.

Lo primero que habría que decir del nuevo libro de Winston Manrique Sabogal –La gran transformación. La belleza, el amor, el sexo y la felicidad en el siglo XXI (Galaxia Gutenberg)– es que encaja a la perfección con esa definición que hace camino al andar quod erat demonstrandum. Y no sólo porque su autor atesore una prestigiosa trayectoria híbrida –veinte años en la dirección del suplemento literario Babelia, de El País, actualmente en WMagazín– ni porque su contenido sea el resultado de una investigación concienzuda de algún episodio o suceso –de hecho, todo lo contrario, se basa en la evolución de esos conceptos universales en la era de la tecnología y de la diversidad posmoderna–. Tampoco porque el libro se asiente en una estructura coral y contenga fragmentos extraídos de las conversaciones del periodista con más de 250 entrevistados (desde el Nobel de Física Frank Wilczek a Umberto Eco o Lipovetsky). Más bien se trata de otra cosa, de una estrategia de avance, de una curiosidad dialógica. Del lado más filosófico del periodismo, que quizá sólo consista en el intento por fascículos de intentar comprender.

Un propósito que Manrique Sabogal se toma en este libro a la tremenda, confrontando nada menos que la idea del amor o la belleza con unos tiempos caracterizados por la revolución digital, la pérdida de religiosidad o las nuevas formas de relacionarnos. Con todos sus interesantes epifenómenos, incluida la vuelta al clima de alerta aparejada a la caída del Muro de Berlín. Alternando su propia experiencia con las voces de sus invitados –de desigual perspicacia y hoja de méritos, dicho sea de paso– el autor logra alzar una suerte de ágora ilustrada; un auténtico artefacto de pensamiento periodístico que en su mejor acepción adquiere la intensidad y el aspecto multidireccional de los textos fragmentarios y en la peor acarrea un defecto que quizá sea consustancial al buen periodismo: el hecho de que las preguntas y las reflexiones que las enmarcan son con frecuencia mucho más interesantes que las respuestas. No obstante, La gran transformación consigue su objetivo y se prodiga más allá de sus páginas en nuestras cabezas. O, dicho de otro modo, genera debate e indagación. El periódico que continúa por otros medios.