
Santos Sanz Villanueva
Acoso y derribo. Pensamiento literario y disidencia política en la posguerra española
Punto de Vista Editores
517 páginas
Santos Sanz Villanueva es, casi sobra decirlo, uno de los mejores analistas de esa narrativa española que nace en el siglo XIX, va madurando con la nueva centuria y se adentra, finalmente, por nuestro milenio. Lo acreditan a las claras los estudios que ha ido dedicando a Clarín, Baroja, Delibes, Umbral o Esther Tusquets. Ahora bien, Santos Sanz suele sobre todo poner el foco en la generación del medio siglo, cuyos integrantes se dieron a conocer en torno a 1950, removiendo los escombros culturales del franquismo. Libros suyos como la Lectura de Juan Goytisolo, la Historia de la novela social española, o La novela española durante el franquismo. Itinerarios de la anormalidad, son de obligada consulta puesto que iluminan un tiempo repleto de oscuridades.
Acoso y derribo. Pensamiento literario y disidencia política en la posguerra española constituye un suntuoso epítome a esa labor que Sanz Villanueva viene realizando desde 1970 hasta hoy. Obra densa, albergando una documentación inagotable, aunque oportunísima siempre: artículos, ensayos, interviús, proclamas, folletos… Y un título, además, sumamente dramático y que adelanta al lector la ruta que emprenderá tras abrir el libro. A saber, la desintegración que sufrió la literatura obrerista –tras un fulgurante inicio en los años cincuenta– a lo largo de la nueva década y su «defunción» con los primeros setenta.
Una agonía inducida por múltiples circunstancias, algunas implícitas en el propio realismo y otras, en cambio, exógenas. Así, el boom hispanoamericano –reacio a la «estética de la pobreza»– y, en segundo lugar, el paulatino descrédito del comunismo, debido al aplastamiento de la Primavera de Praga y el proceso Padilla en la Cuba de 1971. E, igualmente, el desarrollo económico, que entrañó una mutación en nuestras costumbres y creencias. Por el año 1965 observa J. M. Castellet que a los resistencialistas se les escapaba esa situación histórica: «los escritores no saben qué hacer delante de una sociedad que no es la que desean, pero tampoco es la sociedad típica de la posguerra de la que surgieron».
Resulta también reveladora la aparición de jóvenes editoriales que proponían un ideario favorable a experiencias estéticas vivaces e innovadoras. Lo testificarán los catálogos de Alberto Corazón, donde abundan personalidades de la talla de Barthes, Todorov, Kristeva, o un marxista heterodoxo como Galvano della Volpe. Nada que ver, por tanto, con el equipaje doctrinal de nuestros socialrealistas, donde solo se hacían notar Zhdánov y Georg Lukács. Una divertidísima anécdota habla, justamente, de esa alteración en los modelos culturales: hacia 1970 circulaba por las tertulias de Barcelona una broma, muy maliciosa, a cuenta de un singular Evangelio según San Lukács…
Se activó, pues, una guerra que dejaría regueros de cadáveres entre las huestes del realismo engagé. Huestes a su vez algo dispares, matiza Sanz Villanueva. Por un lado, los literatos leales al Partido Comunista: Gabriel Celaya, Antonio Ferres, Alfonso Grosso, J. López Pacheco, J. A. Goytisolo… Y, por otro, novelistas que suscriben el testimonialismo, si bien reacios a ese PCE, como Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa. Carmiña alcanzó precisamente su mayor brillo por la década de 1970, cuando iban cristalizando algunas opciones literarias propensas a una ambigüedad que debía entenderse como clave del arte, tema que el viejo marxismo jamás admitió, puesto que violaba la, a su juicio, transparencia de «lo típico». Curiosamente Gueorgui Malenkov (uno de los inspiradores del deshielo) había ya cuestionado en 1952 esta tipicidad totalizadora, apelando a la «intensificación» de las figuras retóricas, con el objeto de edificar una escritura ajena al «promedio estadístico». Se desmoronaba, por tanto, la tesis del reflejo –tan crucial en las doctrinas soviéticas–, y tenía lugar la rehabilitación de Dostoyevski y Kafka, cuya Metamorfosis pudo, al cabo, publicarse en Moscú ¡a comienzos de 1964! Todo eso lo ignoraban nuestros resistencialistas, salvo alguna que otra noticia referente a Iliá Ehrenburg y Evgueni Evtushenko.
Muchos son, en definitiva, los hilos que van tejiendo Acoso y derribo, por lo que resulta difícil desbrozarlos en una mera reseña. Me referiré solo a uno de ellos, dado que constituye otra de las aportaciones capitales de Santos Sanz Villanueva. Concierne a una dicotomía que los socialrealistas no supieron resolver, siendo quizá su máximo fracaso. Los relatos que inventaron estaban llenos de obreros, pero esta gente no leyó tales novelas –«sus» novelas–, con lo que el héroe popular se redujo a una abstracción sin apenas sustancia. Los poetas tendrían mayor suerte al emigrar a la canción protesta y mezclarse, por fin, entre las multitudes: los versos de Celaya o Goytisolo lograrán, así, revivir en la voz de Paco Ibáñez y Rosa León.