
María Bastarós
Criaturitas
Seix Barral
336 páginas
Ante la inmensidad del océano de novedades editoriales, que conforman olas de mayor o menor tamaño, no resulta fácil sumergirse en una librería y nadar en aguas abiertas. Los expertos saben calcular distancias y dar con las boyas donde agarrarse. A otros les cuesta orientarse. Por eso en esos espacios de exposición de libros y más libros existen ciertos códigos compartidos para que cada uno escoja en qué zona y hasta que profundidad quiere sumergirse.
A veces un título, una editorial u escritor de confianza, una portada o la recomendación de alguna autora u autor respetado –en esas fajas denominadas blurbs– nos ayudan a tomar decisiones. En otras ocasiones, las lecturas nos buscan y llegan por itinerarios alternativos. El factor sorpresa aún es posible. Así apareció Criaturita de María Bastarós (Zaragoza, 1987), atractiva novela, que se lee con ganas y que nos va meciendo y adentrando en sus particulares aguas. Confiados nos dejamos llevar, avanzamos por sus páginas, tanteando, sin saber de antemano cuál será el destino final. La magia se mantiene a lo largo de todo el texto.
La autora, guionista e historiadora del arte, publicó su primera novela en 2018, Historia de España contada a las niñas (Fulgencio Pimentel), y el libro de relatos No era esto a lo que veníamos (Candaya) en 2022. Obtuvo distinciones y el reconocimiento de la crítica por esos trabajos. The Guardian destacó el segundo como uno de los mejores libros traducidos de 2024. Son varios los elementos que aparecían en No era esto… que regresan en su último trabajo y se perfilan como distintivos del universo literario de Bastarós: plasmación de incertidumbres y amenazas, la impronta de la naturaleza y los animales, la introspección y el mundo interior, la oscuridad… y la singularidad de una voz que maneja con gracia y soltura el lenguaje.
Criaturita atrapa al lector desde el primer momento. Se aleja de tendencias en boga como la literatura que hibrida ficción y testimonio personal o aquella que explora alguna temática femenina hasta hace poco silenciada. Este libro apuesta por la ficción y se resiste a ser encasillado en un único género. Estas páginas están atravesadas por un ritmo lúdico, que salta de un registro a otro: novela de duelo, fantasía y toques mágicos, suspense, formación y crecimiento, psicológica…, todos bien avenidos.
Esa variedad de componentes confluye en una historia que tiene a Kaila, una joven de diecinueve años, en el centro de la trama. El paisaje actúa también como protagonista destacado. Lo conocemos nada más hojear el volumen con un pequeño gráfico que representa la omnipresencia de un amplio territorio de agua, el lago Milagro, y las zonas y poblaciones que lo circunvalan (Aguas Claras, Matagua, Aguayela o Aguas Negras). En ese entorno rural donde el medio líquido es central, donde hay bosques y misterio, las personas forman parte de una pequeña comunidad. Ese círculo restringido de individuos, una comunidad en medio de la naturaleza resulta muy visual. Es un marco espacial que funciona desde el primer momento. Crea sugestivas imágenes y dinámicas reconocibles –en series televisivas como Top of the Lake, Doctor en Alaska o Virgin River–.
Sabemos que la joven ha perdido a su padre, un biólogo, con quien tenía una relación de gran cercanía y complicidad. Conocemos también que vive con su madre, a la que desprecia e ignora por muchas atenciones que esta le brinde. Kaila, sumida en el dolor por la ausencia paterna, se nos presenta como un personaje esquivo y con pocas habilidades sociales. Despierta sentimientos encontrados: por un lado, su fragilidad e ingenuidad conmueven; por otro, la crueldad y frialdad con que se dirige a su progenitora o al chico con quien sale suscitan rechazo.
Kaila busca ser aceptada y valorada, escuchamos cómo percibe el mundo, sus inseguridades, a través de su voz más íntima, tan bien expresada. Ansía sentirse amada y ella misma cae en autoengaños dolorosos. Su relación con los hombres se mueve en un terreno idealizado más que en uno real. Profesa devoción por la figura paterna («En boca del padre todo brillaba»). Admirará también a un profesor universitario, Orlando, biólogo como aquel, que frustrará sus expectativas. El chico que la corteja será como un juguete en sus manos, un medio para vivir otras realidades, con tristes consecuencias para él.
El personaje de la joven, que busca cómo encajar en el mundo, es un prototipo de figura en crecimiento. A este proceso se le suma el duelo por el progenitor muerto en circunstancias desconocidas. Ese solapamiento acentúa sus turbulencias y los cuestionamientos propios de la edad («La vida le parecía, a veces, una inmensa sala de espera»). El personaje entra en una deriva autodestructiva, se abandona y deja de comer: «Sin padre, sin amor y sin carrera, tampoco habría alimento».
El texto sabe reflejar ese estado de negación y ofuscación y la dificultad de encontrar una grieta donde insuflar esperanza. La psicología de Kaila se asemeja a esos jóvenes que retrata la autora irlandesa Sally Rooney en sus exitosos Gente normal o Intermezzo. Su desazón y desasosiego se traducen en Criaturita en punzantes palabras, pensamientos o escenas –esas avalanchas de sudor dulce que huele como la del lago Milagro y que manan de la chica–.
Se sabe que el biólogo desapareció en el lago Milagro pero no las circunstancias –hasta que se insinúan al final–. En esas aguas desaparecerán varias mujeres de la comunidad, mujeres adultas. Kaila abona la teoría, que en su día desarrolló su padre, de que una criatura habita ese paraje y está detrás de esas ausencias. Los testimonios de las hijas de esas mujeres y su búsqueda la atrapan y no podrá dejar de seguir todas las informaciones sobre esos casos. Acudirá a manifestaciones y concentraciones que reclaman su regreso. Las mujeres de la comunidad –la líder estudiantil, la amiga de la madre y, especialmente, esta– retratan un mundo femenino fuerte y en evolución.
Milagro es el nombre que cuajó en la zona para denominar al lago. Provenía de Milt-a-Goro, que en el lenguaje originario de los primeros habitantes del lugar significaba el hogar de la criatura. Ese vocablo sobrevalorará todo el texto como una metáfora constante que culminará en los compases finales del libro, cuando la protagonista se adentre en una gruta cercana al enclave donde se sospecha que están las mujeres desaparecidas.
El ser que supuestamente se esconde en esas aguas es para algunos una certeza y para otros solo una leyenda. La potencia de la del lago Ness impregna esta historia que la revive. También la acerca a otros volúmenes recientes como el de Laura Fernández (Hay un monstruo en el lago) o el de Celeste Ng (Todo lo que no te conté). La fantasía impregna relatos que el padre contaba a la niña-chica –así se denomina muchas veces a Kaila, como Madre a la progenitora, chico al amigo o tutor al profesor universitario– y que ella evoca.
El texto va evolucionando y dando pequeños giros y requiebros que mantienen nuestra atención. Pasamos de una escena de tensión familiar, a otra de despertar de los sentidos o a una que se decanta hacia el thriller. El tema de la naturaleza enmarca bien estos momentos, en el bosque, sola en una barca en medio de la noche, husmeando en una cabaña donde está el profesor universitario… La autora se sirve de esos referentes compartidos en el imaginario lector para intensificar pasajes.
La historia de Criaturita contiene, como apuntábamos, diversos elementos de género, que son icónicos. La originalidad de la novela reside en su particular uso, en utilizarlos como recurso sin que ninguno de ellos sea determinante. Ese equilibrio provoca interés y giros inesperados. Como lo es el final, que puede desconcertar. Bastarós sabe cómo llevarnos de un lugar a otro. Las relaciones familiares se irán revelando como tema medular de esta novela: la madre con la hija, esta con el padre o la que tuvo el matrimonio.
La autora imprime un tono personal a un texto de abundantes y acertadas metáforas y símiles: «Imaginó la locura como una bandeja de canapés de la que, cuantos más cogieran los demás, menos le tocaría a ellos». Kaila compara en otro pasaje a Orlando, el tutor por el que suspira, con el chico que lo hace por ella y señala que «le supo a yogur caducado». La autora juega con el lenguaje –lo hace con la tipografía en cursiva o en frases entrecortadas– y nos ofrece imágenes recurrentes que jalonan la novela y las fijan en nuestro cerebro: La bata de patchwok que siempre lleva la madre («no era más que un kleenex gigante»), el coche la gran chatarra o las veteranas mujeres del pueblo que predicen el tiempo, las mujeres de la lluvia.
«Hay cosas que no se saben hasta que se saben» le decía el padre a su hija como lección de vida. Eso mismo pasa con esta lectura que confirma el potencial literario de la autora zaragozana con esta novela personal y singular.