
Alberto Chimal
Las máquinas enfermas
Páginas de Espuma
152 páginas
En Las máquinas enfermas (Páginas de Espuma, 2026) de Alberto Chimal —finalista del Rómulo Gallegos por La torre y el jardín (Océano, 2012) y ganador del Premio Bellas Artes de Narrativa Colima por Manda el fuego (Fondo Editorial Estado de México, 2013)— ha escrito nueve cuentos que comparten una sola intuición: que la inteligencia artificial es una nueva forma de fe que tarde o temprano todos terminaremos por profesar, pues creemos en ella en la medida en que dejamos de ejercer nuestras propias facultades.
Las tramas de estos textos se mueven entre distintas escalas, tonos y registros narrativos que van de la sátira al desasosiego. «La madre del dragón», cuento que inaugura el volumen, nos ofrece una escena casi herética: imprimir es ilegal, escribir a mano roza lo clandestino y la literatura sobrevive como espectáculo digital; en «Habló por los profetas» el narrador empuja esa lógica hacia lo religioso, con una iglesia organizada en torno a una inteligencia artificial que responde como oráculo; y en «Incidentes fatales revelan inteligencias» la amenaza es más acumulativa que espectacular: pequeñas decisiones automatizadas, recomendaciones absurdas, errores mínimos que acaban produciendo consecuencias bastante graves. Más que imaginar futuros radicales, los cuentos reorganizan y desplazan lo que ya vemos hoy hacia escenarios apenas más tensos, donde lo inquietante no es ya lo desconocido, sino la persistencia de lo que conocemos.
«En esta vida sobran cuerpos», Chimal lleva la tecnología al terreno del cuerpo y del trabajo, donde lo humano empieza a volverse accesorio. «Lili», por su parte, imagina identidades que se replican, se sustituyen y se desdibujan. Y así, sin necesidad de grandes fuegos artificiales, el libro va pintando un paisaje donde lo inquietante no está en un futuro remoto.
Mientras uno avanza por estos cuentos, hay una sensación persistente de déjà vu. La imaginación de Chimal remite, de forma soterrada y en clave contemporánea, a cierto cine popular mexicano de mediados del siglo pasado, donde la tecnología aparecía como promesa y amenaza al mismo tiempo: autómatas rudimentarios, laboratorios precarios, planes de dominación mundial concebidos con recursos limitados pero imaginación desbordada. Algo de ese espíritu sobrevive aquí, en estos dispositivos que parpadean, en estas máquinas que fallan, en estos sistemas que, más que sofisticados, parecen peligrosamente mal entendidos.
Esa épica de lo kitsch, de lo reconociblemente defeño, es quizá el mayor acierto del volumen. En esa elección de registros se intuye también una toma de postura: la tecnología se encarna en contextos concretos, atravesada por sus inercias políticas y culturales. En el relato que le da título al libro, donde un secretario de Estado —compendio viviente del priismo jurásico, con alguna mutación reciente— asiste, entre la perplejidad y el cálculo, al deterioro inexplicable del Presidente. Ignorante, ladino, torpe frente a lo nuevo, pero extrañamente más cuerdo de una manera torcida, casi entrañable, que el tecnócrata de smart casual que cree que el Metaverso puede resolver la vivienda, este funcionario encarna una inteligencia más intuitiva, más desconfiada, menos deslumbrada por la novedad.
Sin embargo, a medida que uno avanza y asiente con gravedad y se persigna, anhela ese momento de revelación insólita, ese portazo en la cara de la lógica que nos haga exclamar «¡Ah chingá, esto no me lo esperaba!», pero no llega. O llega a cuentagotas. La especulación aquí no es tanto un salto al vacío como la confirmación de lo que ya sabemos: que le hemos vendido el alma al dios del Wi-Fi y a sus demonios de Silicon Valley por un plato de lentejas virtuales; y que, cómo no, las máquinas enfermas, en el fondo, somos nosotros. Ahí está también su límite, al confirmar lo que ya sabemos, la imaginación narrativa reduce su potencia de extrañamiento.
Alberto Chimal parece confiar en que al desplazar la carga hacia sus personajes evita cierto moralismo. Pero el efecto no siempre se sostiene. Persiste la sensación de que el libro carece de ese descarrilamiento gozoso por donde se cuela el verdadero horror de lo inesperado. Es una reafirmación del naufragio, no el descubrimiento de una nueva bestia en las profundidades.
El Infierno del que nos habla Las máquinas enfermas no es una promesa de futuro, ya está aquí, cálido, confortable, con sus lucecitas de colores y su capacidad interminable para hacernos sentir que pensar es un ejercicio demasiado fatigoso en estos tiempos. Porque así como le dice su hermano al secretario del Presidente: «Ya desde hace tiempo se sabe que ciertas herramientas, aplicaciones, servicios de internet causan… efectos en la mente humana». Y eso, lo que sea de cada quien, da más miedo que cualquier apocalipsis fílmico, porque desplaza el problema del futuro al presente. No importa lo que las máquinas harán con nosotros, más bien lo que ya estamos dejando de hacer sin ellas.