
Pablo Katchadjian
Gracias
Sexto Piso
128 páginas
Para referirse al conjunto de la obra de Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) resulta inevitable evocar una larga tradición experimental, de procedimientos y del nonsense, siempre presente en la literatura argentina, libros de autores como Macedonio Fernández, Héctor Libertella o César Aira. En su escritura no hay ninguna indulgencia hacia la normalidad argumental o formal. Obras que repiten una y otra vez, con pequeñas variaciones, una misma escena, en las que se estudian las posibles respuestas a una pregunta aparentemente absurda, otras donde sus protagonistas buscan de manera delirante y angustiosa el elixir que permitirá contrarrestar un embrujo o donde los personajes exploran antídotos contra venenos que los llevan a conocer incontables realidades, sin preocuparse por la lógica intrínseca del texto; todos libros que declaran la voluntad del autor de eludir su inscripción en los registros tradicionales de la literatura. Sus novelas suelen parecer crípticas, oníricas, absurdas, y parecen acoger momentos abundantes en incertidumbres; sin embargo, ostentan un estilo particular en el que nunca se abandonan del todo los códigos clásicos de la literatura realista. Al contrario, para complicar aún más las cosas, lo delirante surge, precisamente, de la presencia excéntrica de ciertos elementos que, dentro de una aparente normalidad, trastocan el mundo ficcional narrado. Este es el registro en el que Gracias, su segunda novela, publicada originalmente en 2011 por Blatt y Ríos y reeditada a comienzos de 2025 por Sexto Piso, aparece como digna representante de prácticas que quedan condensadas con ironía en el segundo capítulo, cuando el protagonista reza la única oración que aprendió de niño: «Por favor, Dios, ayúdame a superar las incongruencias».
Argumentalmente, Gracias es la historia de un hombre que, al poco tiempo de llegar a una isla, como parte de un gran cargamento de esclavos, es comprado por un individuo que lo someterá a él y a quienes habitan en su residencia a lo que se intuyen como actos viles, violentos e inhumanos, «un trabajo más repugnante y humillante que lo que la imaginación de cualquiera puede imaginar; algo totalmente indescriptible, imposible de entender si no se lo ve e imposible de sentir si no se lo vive». Un horror que no se describe de forma explícita y que, por lo tanto, intensifica la sensación al obligar al lector a completar, con su propia imaginación, aquello que nunca llega a narrarse con detalle. Las siguientes páginas darán cuenta de rebeliones diversas y de inquietantes relaciones amorosas, exploraciones sexuales, venganza, pasión, psicodelia, libertad, responsabilidad ligada al poder y, por supuesto, violencia, en una cadena interminable de tensiones que parece retratar el funcionamiento delirante, aunque familiar, de cualquier organización humana. En ese sentido, Katchadjian invita al lector a traspasar la capa superficial del argumento y le propone una reflexión metafórica de cada una de las anécdotas; por ejemplo, parte del funcionamiento, el sentido y la efectividad de Gracias se halla, precisamente, en la complicidad que establece el lector para no buscar un progreso ni una explicación lógica a las escenas que se le van presentando a medida que avanzan las páginas. Su aceptación de unos códigos narrativos más próximos a lo metafórico y onírico le hará discurrir por senderos que remiten a la obra de Lewis Carroll o Raymond Roussel, siempre con un impulso de narración continuo en el que el autor resuelve dar un orden a los acontecimientos que no tienen, necesariamente, que conducir a lugares que signifiquen algo concreto y estable.
Por momentos, algunos de los capítulos de Gracias recuerdan los delirios, la experimentación de otras vidas, el acceso a otros mundos y el afán de cambiar el orden de la historia, a través del uso de una sustancia alucinógena que emplean las protagonistas de Céline et Julie vont en bateau, de Jacques Rivette. Los caramelos que consumen en la película francesa o los pastelitos y la botella de bebida que toma Alicia en la obra de Lewis Carroll parecen estar emparentados con la raíz que una niña salvaje le proporciona al narrador de Katchadjian, y que, posteriormente, cuando el narrador se confiese víctima del aburrimiento, le proveerá de una valentía que antes no poseía y le permitirá enfrentarse con el mal. Unas páginas más adelante, una raíz, similar a la anterior, dará acceso a «un agujero negro en medio de la nada» en el que los personajes vivirán con más libertad nuevas experiencias. De esta manera, las sustancias de las tres ficciones servirán para que los creadores muestren aquellos mundos en los que la realidad puede no estar signada por un destino firme e inalterable; al contrario, el nonsense vital de la niñez, presente en las tres obras, funcionará como una herramienta alternativa para enfrentarse con la crueldad y la maldad natural del ser humano. Por otra parte, el acceso a esos mundos dobles en los que la realidad funciona de una manera extraña y la responsabilidad sobre los actos es difusa, siempre sujeta a modificaciones, puede ser lo que interese de manera especial a Katchadjian, pues le concede el espacio apropiado para introducir la que, en palabras de Patricio Pron, es una de las obsesiones que se renueva constantemente en la narrativa del autor argentino: el juego de los dobles.
Es interesante que, en Gracias, además del doble que actúa de forma insensata, y que es temido por el narrador, pues no puede hacerse enteramente responsable de sus actos y, desde luego, tampoco de los del otro, ya se identifican otras ideas que serán recurrentes en toda su narrativa. Destacan los soldados que obedecen sin mayor convicción y sin entender claramente aquello con lo que se enfrentan, los personajes dubitativos que experimentan un sinnúmero de aventuras como resultado de sus inseguridades, viajes a través de mundos alternativos, las reflexiones sobre el poder, el erotismo de los cuerpos y, finalmente, las que serán el centro de esta obra: la libertad y el libre albedrío. La reflexión sobre la libertad, que es expuesta en la novela a través de la voz y del uso del poder de un grupo de esclavos que lideran una rebelión, plantea graves dudas sobre la indiferencia ante la vulneración de los derechos del otro, y sobre el nivel de crueldad inherente al ser humano.
Líricamente la novela tiene pasajes notables y da cuenta de una libertad creativa con la que el autor pretende darle la espalda a las tramas coherentes y aleccionadoras. El absurdo, muchas veces, está presente en situaciones que por momentos resultan un tanto forzadas e inverosímiles como cuando el narrador reproduce, casi de manera literal, las ideas que Hegel planteó en Principios de la filosofía del derecho. El discurso que el protagonista y narrador le imparte a la tropa sobre la consciencia y sentido de la libertad y el esclavismo produce no solo un silencio incómodo en la tropa, sino un desconcierto en relación con el personaje que lo pronuncia y que a lo largo de la obra ha sido retratado como un hombre de pensamientos muy básicos, medio ingenuo y un tanto pusilánime. Su simpleza intelectual no parece coincidir con la potencia de las palabras que pronuncia, por lo que el idealismo intelectual que atraviesa la obra queda acallado en medio de gritos que vuelven a mostrar un mundo mediado, inevitablemente, por la brutalidad: «¡Mejor muertos que esclavos! ¡Mueran los cerdos esclavistas!».
Algunas ideas sobre la libertad y el libre albedrío también han sido expresadas en Una oportunidad (2022) cuando el protagonista afirma que elegir es una condena y que lo ideal es que las cosas se elijan solas. No obstante, lo que en esta novela tiene un valor vertebral termina diluyéndose en medio de los delirios en los que el personaje, que asume el papel de líder, incurre para eludir sus responsabilidades. Al final, Katchadjian se empeña en mostrar todo lo que configura el desastre, esa «podredumbre infinita» que el esclavo intenta hacer desaparecer y nunca cesa. «Todo lo peor, que había estado al acecho, ahora volvía», se dice con notable resignación el narrador.
Otra vez, la apuesta del escritor argentino es más por el artefacto narrativo, por la hermética y enrevesada poética de su escritura, que por el complaciente deleite del lector, porque, aunque Gracias es, sin duda, una de las novelas más agudas de Katchadjian, una obra en la que, por ejemplo, nombres como Idomenea, Nínive o Aníbal remiten de forma contundente a otros subtextos, el intrincado juego de referencias exige un lector capaz de desplazarse por múltiples niveles de lectura que, sin embargo, difícilmente podrá agotar el entramado intertextual que se le propone y, más bien, se verá obligado a aceptar la imposibilidad de abarcarlo en su totalidad quedándose en las capas más superficiales, allí donde el relato se vuelve puro artificio, exceso y, en última instancia, celebración del nonsense narrativo que constituye la marca más radical de la propuesta estética del autor.