Mario Escobar Velásquez
Marimonda
Muñeca Infinita
155 páginas
POR ALEXANDRA SAAVEDRA GALINDO

En el artículo que María Sonia Cristoff le dedica a Sandra, la orangután que en 2014, representada por la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales (AFADA) de la Argentina, logró que se le reconociera su condición de «sujeto no humano y, como tal, titular de derechos», recuerda que la historia de los animales que viven en cautiverio, aun contando con las mejores dietas, cuidados, espacios donde dar largos paseos y equipos de investigación atentos a sus condiciones de vida en refugios naturales, no puede ser otra que una historia infeliz, porque una cárcel, aunque ofrezca la comodidad mejor acondicionada, no deja de ser una cárcel. Pero ¿qué sucede cuando el hábitat natural, el bosque o la selva, objeto de la explotación humana, termina por convertirse, indistintamente, en espacio de libertad y cautiverio para las especies que en él viven? ¿Qué ocurre cuando, en completa libertad, los moradores de un territorio se ven abocados a sobrevivir en los restos del desastre ecocida? ¿Qué diferencias hay entre la selva, amenazada de la mañana a la noche por «las hachas que cantan su canto de muerte contra los troncos», en donde apenas sobreviven los personajes de Marimonda, y el Center for Great Apes, refugio de conservación natural en el que actualmente habita Sandra?

Marimonda, publicada originalmente en 1985, por Ediciones Gráficas; en 2013, por la editorial de la Universidad de Antioquia, y reeditada ahora por Muñeca Infinita, del autor colombiano Mario Escobar Velásquez (1928 – 2007), es una novela que propone un viaje intenso al apocalipsis medioambiental producido por el colonialismo extractivista del ser humano en la selva del Urabá antioqueño. La vida de una manada de monos araña o marimondas, nombre con el que se les conoce coloquialmente en Colombia, sirve de guía para que el lector se adentre en la manigua que otrora fue La vorágine indomable, y que, tan solo medio siglo después, sucumbe ante improvisados y monstruosos procesos de explotación agrícola y ganadera mediante los que los seres humanos no dudan en llevarse por delante lo que se les oponga. Con gran acierto, Muñeca Infinita recupera una novela colosal en la que los lectores encontrarán un apasionante y exquisito relato cuyo centro de atención ya no está en las peripecias del animal humano que desafía al desbordante y enigmático mundo natural, sino en la cotidianidad de otros animales cercados por la destrucción medioambiental y alimentaria en una isla verde de veintidós hectáreas.

Sin duda, se trata de una obra que permite preguntarse sobre otras formas de relación con lo natural, por la alteración de los ecosistemas, y por la transformación a las que se someten las especies que en algún momento han vivido en cautiverio; se pregunta también por lo que sucede cuando estas recuperan su libertad. El uso cuidadoso del lenguaje empleado por Mario Escobar Velásquez, que propicia la sutileza lírica que emana de la novela, hace posible que se disfrute de una experiencia que, sin dejar de ser literatura, se apropie de la retórica de los documentales. En las páginas de Marimonda se describen escenas de caza, el descubrimiento de herramientas que facilitan el acceso al agua o al alimento, se informa sobre la asimilación progresiva de un conocimiento botánico con el que se explican algunas curiosidades que determinan la transformación de la selva, se muestran, en fin, los procesos de depredación fundamentales para las cadenas tróficas, ciclos que recuerdan que «la vida es una cosa horrorosa que se nutre de sí misma».

El jefe de los marimondas, antes mono de adiestramiento para los hijos de un cazador y colono, aprende de los humanos, de la exploración de la selva y de la experimentación cotidiana, y comparte su conocimiento con la manada. Mientras todo eso sucede, se le ve temiendo a la velocidad y agudeza visual del águila, admirando el tapiz azul del cielo al ser atravesado por las garzas blancas, por las verdes y estrepitosas loras, por el gris desangelado de las palomas, y al enriquecerse con la festiva policromía de las guacamayas. En las veintidós hectáreas a las que ha quedado reducido su mundo de libertad salvaje, también tiene tiempo para observar y asimilar con paciencia las técnicas de supervivencia que envidiaría cualquier militar. Se le ve devorando pichones de tucanes, «esas aves con pico enorme relleno de nada y decorado por algún pintor surrealista con unos amarillos de banano maduro y unas rayas azules electrizantes», compartiendo los restos de su alimento con un famélico perro, robando mazorcas lechosas, extrañando la manta y el cajón incómodo pero acogedor que conformó su hogar durante los primeros años de vida, y escuchando las voces milenarias que, tras su instinto e inteligencia animal, le dicen: «Tienes que mirar, para eso tienes los ojos. Mira, pues». Mientras tanto, por los claros verdes de la selva, que han abierto los colonos, también se ven pasar zorras que roban gallinas a los hombres que huelen a sal, ese olor que durante algún tiempo llevará consigo el marimonda fugitivo, y que a los suyos les causará asco y horror. En la espesa selva, el tigre y la pitón escucharán con atención la noticia de que el mundo está transformándose en amenaza, mientras el mismo mundo avanza cuando las moscardas azules, señal de vida y muerte, modifican con sus larvas los restos de un cadáver.

La belleza de la novela de Escobar Velásquez no solo se halla en la capacidad que tiene para que el lector observe, se sienta conmovido y admirado por el mundo natural, sino en la manera en la que muestra los contrastes que lo conforman, por hacer saber que «los paraísos se pierden: desde el primero hasta el último. Estar hechos para ser perdidos es su característica. Son paraísos porque son cortos. Su duración limita y se derrumba de un instante a otro sin que nada pueda sostener su permanencia». En ese paraíso reconvertido en isla selvática, donde los marimondas viven una cautiva libertad que los oprime, el escritor colombiano premonitoriamente anuncia que el desastre siempre empieza con la estridencia de las motosierras, con el sonido ominoso de los dientes de cadenas que muerden troncos y despedazan vidas.

Marimonda es una obra que conecta a «Yzur», de Leopoldo Lugones, con algunas ficciones recientes ligadas al mundo animal como las de María Ospina, Isabel Zapata, Cristián Geisse o Pablo de Toro; sin embargo, a diferencia de estas, el autor colombiano no intenta construir una psicología de los animales ni humanizarlos. Como Yzur, el mono araña aprende dentro de unos límites, que luego son potenciados por la consciencia y la sabiduría propia de su especie. Intuye que se comporta mal, porque ha aprendido las normas de la casa en la que vive cautivo, tras sufrir palizas ignominiosas: «El mono no podía saber por qué se le castigaba. No pudo asociar la comilona de antes con los lonjazos de ahora: cazar era para él una función natural que cumplía en cuanto podía», y cuando huye no reconoce la libertad porque «la libertad es un concepto, y su mente no daba para tanto». No obstante, su aspecto, el comportamiento de la manada, la ternura y el temor con el que actúan los miembros más jóvenes, obligan al humano a concluir que «la razón y la consciencia no son meramente humanas, y que por eso hay un Moisés para cada pueblo que lo requiere: hasta alguno con cola». El hombre, ese que representa violencia y depredación, llora al contemplar la dignidad animal, aunque la tristeza les llueva incesantemente.

La novela de Escobar Velásquez es una denuncia al mundo sobre la destrucción, rapiña y barbarie que ha instaurado el ser humano por la tierra, dándole siempre la espalda al bosque, al monte, a la selva y a sus habitantes, actuando, como afirma Cristoff, sistemáticamente en su contra y propiciando de forma consciente su decadencia. Incluso el mono líder de la manada sabe que, como Yzur, si descubren su humanidad, sus capacidades, su conciencia, en el mundo de los hombres no podrá tener un buen destino, y su vida será, en el mejor de los casos, como la de Sandra o la de las monas capuchinas que, según la nota periodística que abre la novela, son «reclutadas […] y capacitadas para asistir a inválidos de guerra en tareas simples, tales como abrir puertas y dar de comer». Animales que tras un par de años de adiestramiento son capaces de abrir y cerrar puertas o de encender y apagar luces, televisores o radios, al mismo tiempo que pueden ser castigados si no sirven correctamente.

En el posfacio de Marimonda, Juan Cárdenas afirma que en esta obra se demuestra cómo un buen escritor es capaz de dar forma narrativa a las experiencias más inefables o intrincadas. La novela confirma el talento desbordado de su autor, y despliega una solidez narrativa extraordinaria que merece seguir encontrando nuevos lectores: lectores que sepan disfrutar esta oda a la observación paciente del mundo, a la intensidad de la selva y a esa experiencia vívida que solo la buena literatura puede procurarnos.