
– Tía, tiene el coño de pavo.
– ¿Qué coño dices? ¿Qué es un coño de pavo?
Alguien ríe: han dicho la palabra coño dos veces seguidas.
Así empieza Mañana ya no hablaremos de nada de Montse Bizarro, el primer libro español publicado por la editorial oaxaqueña Almadía. Para quienes no la conozcan, se las presento de la mano del fundador, Guillermo Quijas y el editor radicado en España, Pepe Pulido. Aunque la editorial fue fundada en 2005, su historia se remonta a 1949 cuando el abuelo de Guillermo fundó en el centro de la ciudad de Oaxaca La Proveedora Libros, una papelería/librería relacionada con el sector escolar. Ahí fue donde Guillermo creció y se formó en el mundo editorial hasta que decidió montar una empresa para publicar literatura. Fue entonces que nació Almadía, con sus ricos libritos oaxaqueños. La Proveedora continuó siendo importante pues se convirtió en la primera fuente de ingresos de esta incipiente editorial: fue la primera y más constante compradora de los libros. Con este apoyo, Almadía continuó creciendo con dos metas claras: un catálogo que diera espacio a voces importantes a nivel latinoamericano y conseguir un soporte financiero sólido. La editorial inició apostando por talento mexicano (Sergio Pitol, Juan Villoro, Tedi López Mills) para después impulsar el talento de América Latina (Liliana Colanzi, Vanessa Londoño, Claudia Ulloa Donoso) y las traducciones de autores como Shuang Xuetao, Lydia Davis y Mia Couto. Durante sus veinte años de trayectoria, Almadía ha sabido asentarse en el mercado mexicano como una de las más importantes editoriales independientes del país pues han seguido una impronta clara: publicar tanto autores reconocidos como otros incipientes. Esta apuesta por nuevos talentos les permite estar siempre en la vanguardia sin dejar de lado a sus autores más famosos. El ejemplo más claro es Bernardo Esquinca, autor mexicano que publicó en esta editorial su primera novela. Almadía también ha organizado durante años la Feria del Libro Internacional de Oaxaca, y ha sido la editorial que ha publicado a las ganadoras del premio Aura Estrada, además de trabajar con los hermosos diseños de Alejandro Magallanes en las portadas. Una importante veta del éxito de Almadía fue la decisión de gestionar su propia distribuidora, pues la distribución es un problema para cualquier editorial mexicana —este problema resuena en América Latina donde la centralización en la capital afecta la llegada a otras partes del país—. Es sabido que las distribuidoras reciben cerca del 60 % del PVP (Precio de Venta al Público), lo que deja a la editorial con menos de la mitad de las ganancias para recuperar los gastos de producción, así como las regalías/adelantos del autor. Manejar una propia distribuidora, a pesar de ser un verdadero reto organizacional, permite a la editorial recibir la ganancia total de la producción del libro.
Después de mandarle correos y mensajes por Twitter, consigo reunirme con Guillermo en la ciudad de Oaxaca. Es enero de 2023 y nos encontramos a las diez de la mañana en La Proveedora de Alcalá. Él se pide un café mientras yo me tomo un vaso con agua. Los libros de Almadía están acomodados en la vitrina y se escucha música pop sonando al fondo. «¿Qué define a Almadía?» le pregunto. Su respuesta resuena como la de todos los editores con los que he hablado: «publicamos libros que nos gustan». Suspiro. Supongo que eso también define Almadía para mí: ver libros que me gustan. Digo «ver» porque el diseño de Almadía me encanta. Durante años Alejandro Magallanes fue conocido por diseñar libros con faja y cubiertas desplegables. Uno podía tener un libro en cuya portada apareciera un tacón femenino y, al mismo tiempo, una serpiente. Es esta cualidad de Almadía, este «no ser nunca lo que se ve a primera vista» que hace a la editorial tan única y tan leída.
Vuelvo al libro de Bizarro, en cuya portada —hecha por Alejandro Magallanes— hay una chica sentada en una cama fumando un piti con los ojos en blanco. Hay en esta españolización una historia de mercado, de edición y lingüística que se subraya en el doble —y hasta triple— uso de la palabra «coño». La novela narra la historia de una relación violenta y dependiente entre dos chicas, atravesada por la droga, la fiesta y la ansiedad. La novela es un frenesí y es con ese frenesí que Almadía nos introduce a la literatura española reciente. Pero la literatura española reciente no necesita introducción… ¿o sí? Dice Irene Vallejo en El infinito en un junco, uno de los libros de autoras españolas más leído de los últimos años, que «si resistimos el impulso de simplificar la literatura con juicios meridianos, la leeremos mejor». Y mientras que ella lo dice para referir a griegos y romanos, hay en su declaración una verdad relacionada a la literatura española. Para entenderla, habría que remontarnos años atrás, al problemático Boom Latinoamericano de los años sesenta. Representado principalmente por Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, este movimiento literario, a veces confundido con el realismo mágico, a veces entendido como un movimiento político, otras como marketing editorial, hizo algo en lo que todos los críticos concuerdan: insertar a la literatura latinoamericana en el mapa de la circulación internacional. Esta entrada, sin embargo, no dejó de plantear problemas relacionados a una mirada eurocentrista y a la vez exotizante generada por la crítica periodística y las decisiones editoriales. En la Feria de Frankfurt de 1976 los catálogos promocionales —aquellos usados para vender derechos de los libros— hablaban de un «continente literario» casi como si ese espacio fuera doblemente ficcional en la literatura y en el imaginario. Curiosamente, ese año no hubo un país invitado a la feria, como se estima, sino América Latina como continente. En su discurso de inauguración, el poeta y editor Hans Magnus Enzensberger llamó a este movimiento un «descubrimiento de América Latina». Así, con ecos de la conquista, la literatura latinoamericana quedaría por años —y generaciones como el post-boom, el Crack, el Manifiesto McOndo, el B(l)oom y el mal llamado nuevo boom— encasillada en expectativas impuestas desde Europa.
Esta entrada —más bien, estallido— estuvo impulsado en España gracias a figuras monumentales como la agente literaria Carmen Balcells y el editor Carlos Barral. Pero se dice que esta entrada de los latinoamericanos se dio en parte por las ganas de la comunidad catalana —la B del Boom es también, para algunos, la B de Barcelona— de desviar la mirada de la literatura castellana que se hacía en Madrid. José Donoso en su Historia personal del Boom afirma que el movimiento fue una manera de «disolver la novela castellana» imperante en los sesenta por parte de la gauche divine de Barcelona. Es una teoría bastante sólida, sobre todo porque se ha rastreado el inicio del Boom a 1962 cuando el peruano Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve… un premio catalán con jurados catalanes. Mientras que el éxito del Boom es innegable —las reimpresiones alcanzaron tirajes nunca antes vistos para la literatura latinoamericana, los textos se tradujeron a cientos de lenguas, los autores recibieron premios con reconocimiento internacional como el Nobel de García Márquez y el de Vargas Llosa—, también estuvo acompañado de reticencia por parte de algunos lectores españoles, como anota el libro La llegada de los bárbaros: los españoles y el boom. María Pilar Serrano, esposa de Donoso, habla de la respuesta nacionalista que surgió en el país y que se encontraba en afiches de librerías que decían «Españoles no os desaniméis, al final venceremos» junto a los escaparates ocupados por libros latinoamericanos.
La reticencia española al Boom, años después, se ha manifestado en rechazo velado a la literatura latinoamericana —y, por descontado, a sus editoriales—. En el caso Almadía, su éxito en México no volvió más fácil su llegada a España. Me encuentro ahora con Pepe Pulido, editor y poeta radicado en Madrid. Es junio de 2025 y hace tanto calor que Pepe se pide un frappé de chocolate con demasiado jarabe. «Almadía nació dos veces», me dice, «una en 2005 y otra en 2022». Registro la frase en mi mente sin necesidad de la grabadora. El doble nacimiento no fue nada sencillo, pues la llegada a la península no fue su primer ni segundo sino su tercer intento. Originalmente Guillermo llegó a España en 2007 con una maleta llena de libros que nadie le quiso recibir. Después tenía el plan de volver a España en el 2020 para cotizar imprentas pero fue imposible por la pandemia mundial. Finalmente en 2022 Almadía logró asentarse con una oficina en la capital española. Cuenta Guillermo que visitó cerca de doscientas veinte librerías para presentarles el proyecto… algunos libreros lo recibieron con los brazos abiertos pero otros no tanto. Aunque ahora llevan publicados cerca de 37 libros —eran 37 al momento de la entrevista con Pepe— la entrada a este nuevo mercado tuvo que ser paulatina. Por un lado, la metáfora del doble nacimiento no es gratuita: de los más de 400 títulos publicados en México ninguno fue republicado en España. Es decir, los únicos libros que existen en ambos catálogos son aquellos publicados del 2022 hasta ahora. Guillermo dice, además, que para entrar mejor en el circuito editorial fue importante adaptar el catálogo paulatinamente para atraer al público español. Este proceso implicó priorizar la novela —un género con buena recepción— para después pasar al ensayo y poco a poco a la poesía —el género más noble y menos comerciable—. Y tal vez ese es el signo más claro del éxito que ha alcanzado Almadía en España, si uno ve el catálogo ya no sólo hay novela. Están, claro, Troika de Isabel Zapata, Ciudad Láser de Mariantuá Correa, Yo maté a un perro en Rumanía de Claudia Ulloa Donoso y El asedio animal de Vanessa Londoño. Pero ya aparecen algunos libros de poesía como Silencio de Clyo Mendoza y, sobre todo, libros de ensayo en su propia colección, Conversaciones. Libros como Deambular otra vez de Selva Almada, Cristina Rivera Garza y Juan Pablo Villalobos o Rituales para la amistad de Jazmina Barrera, Elvira Liceaga y Daniela Rea.
En términos económicos, este éxito tardó en hacerse visible. El primer año la sede en España no pudo aportar nada de dinero pues sostener la empresa se llevó todos los recursos. Ahora, conforme han avanzado los años esta sede española ha ayudado a disminuir el costo de producción de los libros pues el ingreso se divide entre las dos sedes que corresponden a una misma empresa. No sólo eso sino que debido al gran consumo de la población española, la venta de un tiraje en ese país permite imprimir tres tirajes en México. Concretamente podríamos decir —o dijo en entrevista Guillermo— que en año y medio se alcanzan a vender entre mil y dos mil ejemplares en México mientras que en España se puede vender ese mismo tiraje en tres meses. Por lo tanto, si en México recibir ganancias de un libro tarda entre nueve meses o un año —entre devoluciones, consignaciones y pagos de distribuidoras y librerías—, esa temporalidad disminuye en España. Estas bondades españolas están acompañadas de una particularidad pues la —o debería decir «la»— lectora española es distinta a la mexicana. Cuando le pregunté a Pepe por esta distancia dijo que esta diferencia radica en la temporalidad. La lectora española lee por temporadas: las ferias, Sant Jordi, el verano, el regreso de las vacaciones. Así, las fechas de lanzamiento son consideraciones primordiales mientras que en México el año corre sin limitación —excepto a final de año cuando se pausan los lanzamientos en pos de las celebraciones—. En términos gremiales, Guillermo reconoce que el gremio español es más cercano. Al ser un país más pequeño, los círculos se achican, se conectan y se relacionan de formas distintas —hay más ferias, lo que incentiva más colaboración—. Además de esto, España es un país dependiente de las librerías. Mientras que en México los ingresos de las librerías corresponden al 60 % —el otro 40 % recae en ferias, libros digitales, etc.— en España este porcentaje sube hasta un 95 %. Es por esto que la relación con los libreros es primordial pues determina la recomendación de boca en boca —o de escaparate en escaparate— que tendrá la editorial.
La llegada de Almadía a España va de la mano con la de otras editoriales latinoamericanas entre las que destacan Sexto Piso (México) y Sigilo (Argentina). Esta llegada subraya no sólo la importancia de España en el ecosistema literario hispano —pues las editoriales españolas tienen una capacidad de distribución a nivel continental de la que carecen sus contrapartes latinoamericanas— sino el reciente éxito y recepción de la literatura latinoamericana en España. Editoriales de la península como Tránsito, Páginas de Espuma, Candaya y Las Afueras son conscientes de esta acogida y apuestan por voces latinoamericanas constantemente. Lo sorprendente de Almadía, sin embargo, es la apuesta doble. Por un lado, publican literatura latinoamericana, apostando por la política de autor y por las voces nóveles. Estas políticas traen sus propios problemas ya que la política de autor —donde cada libro de ese autor es bienvenido en el catálogo— requiere de paciencia (pues los autores tardan en escribir) y de flexibilidad (pues nunca se sabe cuándo estará listo un manuscrito que debe de entrar en el calendario de publicación). Por otro lado, han empezado a publicar autores españoles jóvenes para hacer «una especie de literatura transatlántica» —la cita es de Pepe—. Y aquí regreso a Mañana ya no hablaremos de nada de Montse Bizarro, un libro que marca un parteaguas para la literatura española contemporánea. El libro es bueno, claro, pero lo que destaca para mí es que es un libro español publicado para Latinoamérica. Y eso es importante porque mientras que el Boom encasilló la literatura latinoamericana durante años, también marcó un rechazo a la literatura peninsular de parte de Latinoamérica. Ante las variaciones lingüísticas que proponía el Boom latinoamericano, el dialecto castellano quedó relegado. La literatura peninsular fue exotizada y compartimentada, espejeando la literatura latinoamericana del Boom. Yo misma me sentía negada a leer a autores españoles que decían vosotros y a por ellos… no me imaginé que me encantaría decir piti, «coño» y otras frases españolas no aptas para un ensayo. La apuesta de Almadía trastoca entonces a los dos estigmas del Boom: la exotización latinoamericana y la peninsular. Lo que hace es desbaratar el estallido para obligar al lector a leer el libro sin prejuicios: a leer el libro en español, a secas. El libro de Montse Bizarro, por ejemplo, se vendió como pan caliente porque le demuestra a la lectora española que su literatura también es internacional. Habrá que reconceptualizar la palabra «coño» y acercarnos de nuevo a la literatura española desde las editoriales independientes latinoamericanas e inaugurar, como Almadía, una literatura transatlántica independiente.