POR DAMIÁN TABAROVSKY

Siempre me gustaron los libros con títulos como «Nueva literatura alemana», «Nueva poesía argentina», o «Nuevo pensamiento posmetafísico». Hay algo de evanescente en esos títulos, una cierta levedad, como una forma de descuido: la palabra «nueva» invariablemente envejece, los autores nuevos se vuelven viejos, la escritura se anquilosa, el tiempo pasa. De esas antologías unos pocos se convierten en consagrados, otros quedan flotando en la mediocridad del mercado literario, y el resto pasa rápidamente al olvido, pervive en la conversación entre veteranos, o en el recuerdo íntimo del que quiso ser escritor.

Pero también, a la inversa, el uso de ese adjetivo, la invocación a la propia idea de novedad, el esplendor de la palabra «nuevo» en el título de un libro, remite a una forma de la desmesura, un optimismo creciente, una ingenuidad: como si en esa palabra se cifrara la esperanza de la vida eterna, un núcleo duro que resiste al llamado de la especie, el modo absoluto de la resistencia.

¿Existe una contradicción entre ambos términos? ¿Puede la novedad ser una forma de resistencia? Resistir tiene que ver con el inmovilismo, con lo refractario, con lo que perdura, con la amenaza frente al cambio. La novedad se encuentra en el polo opuesto, es una noticia, un acontecimiento, se presenta bajo el modo de la irrupción, su destino es la mutación, el desplazamiento. La resistencia es lo que queda, el resto, lo que perdura. Novedad es lo que arrasa.

La tensión entre resistencia y novedad está en el centro de las preocupaciones del psicoanálisis, de la filosofía política, de la historia de la literatura y de la antropología urbana. El lenguaje del marketing, y uno de sus derivados, el discurso político, tampoco son ajenos a estas cuestiones. Jean Starobinski, en Acción y reacción. Vida y aventuras de una pareja, traza con agudeza el recorrido histórico de este nudo, desde su lugar en la física hasta las vanguardias históricas y el pensamiento posestructuralista. En ese trayecto, Paul Valéry aparece como una bisagra, un momento culminante: «Soy reacción a lo que soy», escribe, instituyendo un tipo específico de relación entre cambio y resistencia: el doble vínculo (el doble vínculo ejerce la imposibilidad de la síntesis).

Imagen de Héctor Libertella. Fotografía cedida por la familia.

En la literatura argentina contemporánea quien llevó más lejos este tipo de preocupaciones es Héctor Libertella. En 1977 publicó un libro llamado Nueva escritura en Latinoamérica. Cerca de 50 años después, el ensayo mantiene una actualidad asombrosa, casi que puede leerse como una intervención crítica acerca de los debates literarios más recientes. ¿Acaso ha resistido el valor de novedad? ¿Resistido a qué? ¿Qué hay en ese título que se resiste a perecer? Una metodología, llamémosla La metodología Libertella. Ese precepto organiza el ensayo sobre lo nuevo, pero también buena parte de su ficción, en especial algunos textos claves, como El árbol de Saussure, publicado en el año 2000, tal vez el libro clave del siglo XXI argentino (texto clé: tanto clave, como llave; llave para abrir la interpretación a la más aguda sintaxis, a la sintaxis como forma, y a la forma como modo de preguntarse por la vanguardia y la posvanguardia). El árbol de Saussure está escrito en el límite entre el ensayo y la ficción o, mejor dicho, forzando ambos límites, hasta desembocar en otro tipo de relato o, mejor dicho, en una novela, solo que es la novela de la interrogación de la novela, la novela que interroga la contemporaneidad de la novela: relato siempre amenazado por el doble vínculo, por el pasaje de un polo a otro, por la tensión entre vanguardia y memoria. En algún lado, Bergson dice algo que vale como introducción a este método: «Si existe una oscilación alrededor de una posición media, una suerte de movimiento pendular, el péndulo, en lo que atañe a la sociedad, está dotado de memoria y el fenómeno ya no es el mismo a la vuelta que a la ida». El texto de Libertella pasa de la ruptura a la resistencia, pero cada uno de esos polos contiene la memoria de su antagonista, de su contrario. El método, el doble vínculo, la ausencia de síntesis consiste en eso: en la fricción entre hermetismo y comunicación, entre autonomía y mercado, entre vanguardia y posvanguardia. Esto no debe entenderse como una forma de convivencia (incluso en tensión) entre esos dos extremos, sino al contrario, como la imposibilidad de esa convivencia dentro del texto, la imposibilidad de esa simultaneidad, de esa doble existencia. Ninguna de las metáforas a las que nos tiene acostumbrado la sociología funcionan en Libertella: estos dos polos no se articulan, no se estructuran, no se aloja allí ninguna dialéctica. La escritura de Libertella lleva al extremo esa doble imposibilidad, la imposibilidad de la memoria y la de la vanguardia. La suya es la escritura de esa imposibilidad.

El árbol de Saussure se instala en el ghetto. Leemos: «La plaza tiene dificultades para reconocer su perímetro. Se reduce a los límites del ghetto, sí, pero el ghetto es grande como el mundo y hasta incluye un Océano entero». Es decir, para seguir con la cita: «Si los hilos de la Aldea hoy son invisibles -por satelitales e inalámbricos-, el arte será doblemente invisible y silencioso en esa red, y la literatura un fantasma siempre un poco ilegible entre las líneas del mercado». Queda claro: Libertella ataca, ilegible, entre las líneas del mercado. En sus intersticios, en sus pliegues, en el borde. Descripta esa posición, hay algo de irremediablemente desalentador en buena parte de la novela argentina actual, posterior a Libertella, que juega pleno en el mercado (como quien se juega un pleno en el casino, sin imaginar que pueda existir otro mundo que el del casino). Sobre esta situación podemos decir lo siguiente: de un lado, existe el mainstream pleno, translación a la literatura de la «ciencia normal» tal como la piensa Kuhn: es la literatura en su forma corriente que corresponde al modo usual en que opera, y a la manera en que funciona la mayor parte del tiempo, que se desarrolla dentro de un paradigma. Sólo dentro de ese paradigma los conocimientos tienden a acumularse. Del otro lado, la estética paradigmática del mainstream pleno a veces coquetea, se maquilla de littérature de qualité y parece que estuviéramos hablando de otra cosa, cuando no es el caso. Sobre este modo de la estética de la literatura contemporánea, y sobre otra de las posiciones, el «vanguardismo académico», ya me detuve con más detenimiento en otros lados. Perdón por la repetición, entonces. No obstante, permítaseme volver a dedicarle unos párrafos a la «vanguardia académica». Un brevísimo resumen, pues. Escribe Silvia Schwarzböck en Los espantos: «La incapacidad de imaginar una vida de izquierda (…) es tan consustancial a la postdictadura que hasta podría definir su lengua específica: para poder condenar al Estado por la desaparición sistemática de personas, antes que por la política económica a la que esas desapariciones sirvieron, la sociedad argentina, a partir de 1984 santifica la vida de derecha». Es decir que, a partir de 1984, cuando finaliza la dictadura, la democracia -y por supuesto, también el mercado literario- se funda a partir de la aceptación de que la vida en común solo es posible bajo el modo de una vida de derecha. Vivir una vida derecha va mucho más allá de la aplicación de un plan o, mejor dicho, de un proyecto económico, aunque eso ya no es poca cosa. Vivir una vida de derecha es una forma de estar en el mundo. Un sistema de valores, creencias, discursos, vínculos y, por supuesto, conflictos. Esa vida de derecha que padecemos hace décadas -bajo el nombre de democracia- tiene varios actores centrales, uno de ellos es el progresismo. La búsqueda permanente del progresismo, sin sospecha alguna, con la mayor «buena fe», porque se constituya un mercado -literario, entre otros- es parte nodal de la vida de derecha, en términos literarios. Por supuesto, este no es un fenómeno exclusivamente argentino, sino global. Como global es el auge de la «vanguardia académica». Es evidente que el espíritu de la época va más allá de un territorio: necesita expandirse globalmente como lengua del capitalismo. Diremos entonces: la vanguardia académica es el entretenimiento inteligente de la época de la vida de derecha.

Tanto el mainstream de la littérature de qualité como el vanguardismo académico ameritan un trabajo de develamiento y crítica radical. Para llevar adelante esa tarea habría que pensar la influencia de la academia norteamericana sobre el mapa general de la crítica, y sobre todo, de la narrativa argentina (pero también del resto de América Latina); la influencia de las políticas surgidas luego del posestructuralismo y su implementación como «temas» en las novelas recientes, es decir el surgimiento, en clave de vanguardia académica, de la novela «temática» (temas como feminismos, género, medio ambiente, ecofeminismo, minorías, memorias subalternas, indigenismo, cuestiones vinculadas al cuerpo y la enfermedad como metáforas de la biopolítica y de la dominación patriarcal, etc., etc., y etc.) convertidas en lo políticamente correcto, es decir, como mainstream que deja atrás la inicial y justiciera dimensión radical e instituyente de esas políticas, para convertirse en consagradas por el mercado y académicamente hegemónicas; el modo en que las novelas del vanguardismo académico, bajo la forma de la retroalimentación, funcionan «para ser leídas» por el mercado y «son habladas» por esa academia de un modo lineal, y la manera en que el mercado y esa academia «encuentran» en esas novelas ejemplos que confirman sus previas hipótesis teóricas. Todo ese trabajo crítico queda por hacerse.

A esa literatura del mainstream de calidad, disfrazada de vanguardia académica, que domina brutalmente la escena literaria argentina actual, la escritura de Libertella la combate como una máquina de guerra.

Al mismo tiempo, el de Libertella es un mundo de frases, y las frases funcionan como una posición: «Si Argentina es un país periférico en el mundo, su escritor más periférico será entonces centralmente argentino. A mí me ha costado mucho sostener esta paradoja… ¡Cuanto más marginal, más central!». Pero el asunto es mucho más profundo. En Nueva escritura…, señala: «Se sugiere un doble movimiento interior a la vanguardia o la posibilidad de dos vanguardias coexistentes: una que, apoyada en cierto aparato teórico, alimenta la fantasía de una evolución crítica (la vanguardia de pasos sucesivos), y su sombra, en la otra escena, que simula operar en el cuerpo social como escondida en un Caballo de Troya (…) y que ajena a la conquista de rápidos efectos en el mercado, sólo “funciona” –pica, graba, talla- compulsivamente en las cuevas». El lugar de la vanguardia, el de las nuevas escrituras o mejor dicho, el lugar de la escritura nueva, es el sótano, la cueva, el subterráneo. Hay aquí una poética de la negatividad radical (la negatividad contra la vanguardia, la negatividad de la negatividad), que recorre toda su obra y que desemboca, reformulada, en la idea de ghetto, tal como aparece en El árbol de Saussure: «La plaza del ghetto se reduce a los límites del ghetto. Lo único que la distingue es ese árbol plantado al medio. En los días de mercado radiante se puede ver un puñado de escritores dándose un baño de sol encima de la copa, entre sus ramas y hojas llenas de sentido y salud. Otros se quedan al pie porque prefieren la sombra. Son tomas de posición». Y luego, ya lo hemos visto, el ghetto, como paradoja, es un mundo entero que incluye en su interior hasta un océano.

Si el ghetto puede ser tan grande como el mundo, significa que no es un perímetro, no es una cartografía, un territorio; no se expande ni se contrae, sus muros no tapan el horizonte, no requiere de fronteras; al contrario, si el ghetto es el mundo y el mundo es la literatura, entonces el ghetto es ante todo una cuestión de posición (abajo, arriba), un estado de la lengua (alterada, standard), un asunto metodológico (doble vínculo, plenitud).

«De vuelta a la literatura», escribe en El árbol… «ella en cambio no es un pensamiento». ¿Qué es entonces? «Una zona siempre un poco resistente a la interpretación». Y luego: «O sólo pertenece al inapresable orden de la mística o bien se integra a la lectura racional y laica del signo». Libertella descree de ambos caminos, alejado tanto de cualquier trascendencia como de la vocación de comunicación, su texto se asemeja a la declaración de Barthes: «En la lengua servilismo y poder se confunden ineluctablemente. Si se llama libertad no sólo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad fuera del lenguaje. Desgraciadamente el lenguaje humano no tiene exterior: es un a puertas cerradas. Sólo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística (…); o también por el amén nietzscheano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua (…) Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, sólo nos resta, si así puedo decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura».

En otro pasaje de El Árbol… se lee: «Mimesis: El loro es el único animal que habla y el cabalista callado es el loro de la Torá escrita (Más adelante volveremos sobre éstos y otros atributos del loro)». Pero ese más tarde nunca llega. Quizás porque esos atributos son los del doble vínculo, los de la tensión imposible de la novela contemporánea, de la novela según Libertella.