

No es raro que las últimas palabras de Cesare Pavese en su diario, publicado con el título El oficio de vivir, provoquen en quienes lo leemos cierto malestar: «Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más». Este desistimiento parece provenir de una convicción profunda, de un hallazgo inexplicable que aleja a Pavese de nosotros, cansado de todo e incluso de quienes lo leemos fascinados por esa intimidad extraña que producen los diarios. Poco después él se suicidó tomando unos somníferos en el Hotel Roma, de Turín, concluyendo así vida y obra.
Como en el caso del gran escritor italiano, son muchos los textos agónicos que frente a la inminencia de la muerte parecen poner en crisis la relación con la palabra. Un año antes de suicidarse, la cineasta Chantal Akerman escribía, en su texto autobiográfico Mi madre ríe: «Hasta ahora he sobrevivido a todo aunque a menudo he tenido ganas de suicidarme. Pero pienso no le puedo hacer eso a mi madre. Después cuando ya no esté». Así urdió el libro mientras asistía a los últimos años de ella y cuando la perdió, terminó su última película, No Home Movie, y decidió morir ella también. Una incomodidad semejante se produce también ante los diarios de Kafka, como cuando anota un año antes de su muerte: «Me es cada día más doloroso escribir». La muerte y el silencio o el blanco de la página se rozan, como si la renuncia a la escritura fuese un espasmo antes de que todo acabe, pero también pareciera decirnos que esa escritura es la contracara de la muerte: la posibilidad de escribir ha sido, para estos desesperados, una posibilidad de vida.
Es en esta serie de escritores y artistas y de textos confrontados con el silencio y la aniquilación, que quiero pensar el libro Esta parcela (2015), de Guadalupe Santa Cruz (1952–2015), nacida en New Jersey, hija de padre chileno y madre norteamericana. Fue traductora, artista visual, filósofa, escritora y docente. Participó de la algarabía de la Unidad Popular y estuvo detenida en Londres 38, centro de tortura que operó en los siniestros años de Pinochet. Debió salir al exilio en la década de los 70, para residir por años en Lieja, donde estudió grabado en la Academia de Bellas Artes. Retornó del exilio en 1985 y escribió una literatura en que la experiencia cotidiana aparece como un relampagueo, entre el jadeo y la palabra, con un fraseo excéntrico quizás debido a la relación inestable que esta escritora sostuvo con la palabra, entre la lengua materna (el inglés), paterna (el español de Chile) y la del destierro (el francés).

¿Por qué Guadalupe Santa Cruz y por qué, también, un libro extraño como Esta parcela, para escogerlo como una obra emblemática del primer cuarto del siglo XXI en Chile? ¿Por qué esta relevancia, si los párrafos se cortan, dejando amplios espacios vacíos, o se intercalan, herméticos, los grabados de la autora: un huevo, dos líneas, la torsión o movimiento de una cabellera? ¿Un libro en que no se sabe quién escribe, si es una la mano que traza las letras o son dos, o es en realidad una mano solitaria y engañosa que imposta sus gestos? Podría hablar de muchos otros: evidentemente, 2666 (2004), la obra maestra (e inconclusa) de Roberto Bolaño, cuya nacionalidad siempre parece en disputa pero no así su relevancia; Epifanía de una sombra (2000), de Mauricio Wacquez, novela también póstuma, que aparece justo en el cambio de siglo y de mano de un escritor fundamental de la literatura de mi país, que debería ser mucho más conocido de lo que fue internacionalmente (pese a haber vivido en España, como José Donoso); Impuesto a la carne (2010), de Diamela Eltit, autora siempre imprescindible para pensar el tramado y los abusos del neoliberalismo y el poder, también las resistencias y el poder revolucionario del lenguaje; la trilogía Historia de una absolución familiar, que se cierra con La ola muerta (2005), de Germán Marín, uno de los textos más impresionantes que se hayan escrito en Chile en torno a la memoria familiar, personal e histórica; Tengo miedo torero (2001), la única novela del gran escritor, artista, performer que fue Pedro Lemebel. Este recorrido abarca solo los primeros diez años del siglo, y habría tanto más que decir de los siguientes, con Alejandro Zambra, Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Álvaro Bisama y una gran cantidad de otras y otros novelistas que hoy destacan dentro y fuera del país. Y sin embargo, escojo este libro de Guadalupe Santa Cruz, un libro poco leído, poco conocido, de circulación difícil (la primera edición, chilena, es casi inencontrable), porque me parece que si hay una obra en la que confluyen las diversas líneas de nuestra contemporaneidad, es la de ella, la de Lupe, como le decían sus amigos y talleristas.
Más que un libro, Esta parcela es una especie de artefacto poético/narrativo, propio de una literatura «impropia», contaminada, «fuera de sí» o «exocanónica», nombres con los que desde los estudios literarios tratamos de atrapar estas quimeras de la imaginación y el lenguaje. Hay una historia, sí, pero una historia contada a jirones, que comienza así: «Nunca nada tuvo nadie sino su voz, el cuerpo de voz que ha sido suyo», anunciándonos de este modo que ingresaremos en el mundo de una cantante que ha perdido esa voz y que concibe su cuerpo como «la parcela que soy», una parcela enferma, expuesta a la tecnología de los médicos, «alerta en su abandono a los ajetreos sanitarios». El cuerpo, la anomalía que es la enfermedad (y la muerte), la cuestión del lenguaje y la necesidad de hacer memoria, como en el exquisito epígrafe que Santa Cruz elige para encuadrar su libro, tomado de Pascal Quignard: «Introducir retardo en lo inmediato: es la música (o la memoria)», todos estos hitos hablan del horizonte de la literatura actual, el que ya no puede ser, no tiene que ser solo contar historias, sino hacerlas vibrar de maneras singulares, como solo el oficio del lenguaje puede lograr. Si hay que hablar de este siglo XXI, siglo de la autoficción y de la crónica, de la hibridez y la confusión de lo real y lo ficticio, del giro archivístico y el giro materialista, creo que la prodigiosa y dolorosa afasia de la protagonista de este libro nos permite hacerlo, sin tener que pasar por narcisismos inocentones, por falsos enredos de lo humano, lo animal, lo vegetal, por manifiestos demasiado explícitos.
«No me preguntes por dónde comienza, si acaso hay», advierte la narradora de este texto fragmentario en que leo una literatura feminista, una literatura ecológica, una literatura autobiográfica, una literatura política, una literatura sobre la literatura, y también nada, también el silencio: «Cualquier objeto, cada acontecimiento, quizás esto, puede ser un libro. […] De lo único que no hago libro es mi cuerpo, quien escribe. Quien lo es. Estuvo atenta, yo, a ese soplo». Como propone la poeta Nadia Prado, cercana conocedora de su obra, es «la intensidad de la propia ausencia por venir» la que la mueve a «escribir», dice Prado, «para retrasar el apremio de lo apremiante», aquello que no puede ser sino siempre un apuro lingüístico, algo que no conocemos y para lo que hemos acuñado una palabra: muerte.
La escritura se vuelve más vívida en cuanto más se acerca a la muerte. Tal vez en el final de los paradigmas que conocemos (con la obertura demasiado ruidosa del nacimiento de la IA) sean estas escrituras las que pervivan, ladeadas y laterales. Santa Cruz no llegó a ver el mayo feminista del 2018 ni la revuelta chilena de 2019, pero en su literatura podemos hallar los preludios de esas y otras revoluciones. Antes de que la autoría se vendiera con los libros como un pack. Y antes también de que la escritora muriera asediada por cintigramas, resonancias magnéticas y escáneres que hurgan en su cuerpo la semilla de la muerte, un cuerpo que «produce imágenes asiduamente»: «Giran las máquinas, al menos por sonido, dan vuelcos regulares como anillando la sensación y la carne piensa pero no comprende, mi cuerpo en mosaicos, por ráfagas, rebotando en los creces, en los vaivenes de un xilófono de resonancias: la carne no entiende».
Vale la pena acotar aquí que fueron dos poetas, y no dos narradoras, quienes realizaron el trabajo de edición del texto de Santa Cruz: Nadia Prado y Julieta Marchant. Tal vez sea una nota de los tiempos, que una novela que es pura literatura se aproxime más a la poesía o a algo que no requiere de etiquetas para caer, como escribe Santa Cruz, «desde una materia a otro lugar, otra imagen», con palabras que espero las IA se demoren varios siglos en poder apenas simular, porque son palabras rebeldes, que nunca se ajustaron a las clasificaciones ni tampoco a las formas de socialización e inclusión en un campo literario que en Chile estuvo marcado por el disimulo, la impunidad y los pactos con el poder. Cómo había que llamar democracia a un sistema en que el dictador seguía a la cabeza del ejército y luego se integraba con falso traje de ciudadano al Senado de la República. Cómo había que hablar de los consensos. Cómo había que hacerse los locos con esa transición que ella criticó en sus ensayos. En «Golpes sin cuerpo», contenido en el libro de ensayos Lo que vibra por las superficies (2015), los llama «tiempos de goma», «tiempos de blanda violencia en que los golpes son propinados sin cuerpo, sin nombre, sino en nombre de una ideología sin dueño». La escritura de Santa Cruz lleva las marcas de la dictadura, pero también, dolorosamente, de la impunidad que vino después.
Esta parcela parece emerger de los mismos abismos que la de Clarice Lispector, en que el instante, el soplo, el hallazgo nos lleva de caída en caída, de imagen en imagen, poniéndonos en algo parecido a un trance. La vinculo también con una obra como la del escritor Matías Celedón, que evita los lugares comunes de la literatura para hacer de cada libro algo nuevo o impensado, o con el pensamiento poético que han desarrollado las mismas Nadia Prado y Julieta Marchant en mi país, en que el lenguaje, la imaginación y el pensamiento poético ocupan la página. La veo en esa serie, o en aquellas que involucran cuerpo, territorio y poder, y aquí aparecen nombres tanto de narradores, como de poetas y artistas de los últimos cincuenta años: Diamela Eltit, Pedro Lemebel, Eugenia Brito, Carmen Berenguer, Juan Dávila, Carlos Leppe. Santa Cruz preludia, asimismo, muchos nombres que vendrán.
Aconsejo leer esta novela/manifiesto/ensayo filosófico sobre la enfermedad, el tejido y la muerte, en paralelo también con Lo que vibra por las superficies, donde ella escribe (advierte): «Huyen las palabras, resbalan como mercurio sobre los hechos». Este libro, como los otros de Santa Cruz —Salir (1989), Cita capital (1992), El contagio (1997), Los conversos (2001), Plasma (2005), Quebrada. Las cordilleras en andas (2006), Ojo líquido (2011)—, nutren de manera brillante un contracanon de la literatura chilena, todos textos que parecen destinados a circular en secreto para producir revoluciones. En algunos casos, como ocurre con Esta parcela y el bellísimo Quebrada. Las cordilleras en andas, la reflexión sobre el cuerpo, el territorio y las políticas que los atraviesan es pensada a través de la imagen y la palabra. Es una literatura que diría escrita por una doliente en el anverso de la victoria, en la esquina que nadie quiere ver, obsesionada por palabras como superficie, parcela, huella, imagen, desierto, quebrada.
Cuando me ofrecieron escribir este texto apenas lo dudé: hay que escribir sobre el libro póstumo de Guadalupe Santa Cruz, pensé. Hay que mostrarla en los lugares a los que llega esta revista, hay que decir que esta escritora, esta artista, viene a prodigarnos un Chile que muchos no quieren ver, en una literatura que pocos quieren aprehender con su lectura. Ella viene a susurrarnos —como antes lo hizo Gabriela Mistral, con una especie de sabiduría abyecta, que es la que viene del dolor del cuerpo—, sobre los adoquines, las explanadas, los relieves y cortes que tajean este país, donde el agua es succionada por el colonialismo de las grandes mineras extranjeras. Esta parcela, finalmente, somos todos los que naufragamos, pero también todos los que resisten a la devastación.
Enrique Lihn, otro grande de nuestra literatura, escribió en su famoso poema «Porque escribí»: «… porque de la palabra que se ajusta al abismo / surge un poco de oscura inteligencia». Quizás sea esto lo que fascina al leer textos como Esta parcela, en que un cuerpo enfermo revela y se rebela, recuerda, observa, ilumina: «El fragor del mundo se encuentra por todos lados –escribe Santa Cruz— por todas partes solicita su voz».