

En 2007, cuando Evelio Rosero publicó Los ejércitos, en Colombia ya se habían escrito decenas de novelas sobre la guerra, sobre desplazamientos y sobre los muertos anónimos que la violencia había dejado en este país a lo largo de su historia. Para entonces, contar el horror y el curso de la guerra era una letanía, desgastada por la repetición, a la que parecía que todos se habían acostumbrado. En el mundo entero se reiteraba un discurso que asociaba los 2 070 408 km² de Colombia con el funesto e invencible poder del narcotráfico y con las guerrillas, y se daba por descontado que había algo en la naturaleza de sus habitantes que los empujaba irremediablemente hacia la muerte violenta; sin embargo, poco se discutía sobre la pasividad e indiferencia con la que todos, locales y extranjeros, veían y se acostumbraban a una guerra que había dominado la vida de generaciones enteras y que parecía no tener fin. Es en ese escenario en el que Rosero publica Los ejércitos, una novela que de forma arriesgada vuelve a mirar la tragedia e intenta dar cuenta de esa aparente indolencia y amnesia colectiva que está asociadas a la construcción violenta de la historia de esta y acaso de la de otras naciones.
El mérito de Rosero en Los ejércitos no solo tiene relación con narrar el horror de la guerra o con mostrar la violencia en Colombia, pues, argumentalmente, su novela se vincula con lo que se habían propuesto tanto José Eustasio Rivera en La vorágine, Gabriel García Márquez con Cien años de soledad, Gustavo Álvarez Gardeazábal en Cóndores no entierran todos los días, Tomás González en Primero estaba el mar o Laura Restrepo con Delirio: narrar cómo un grupo de hombres se impone mediante la fuerza de las armas sobre otros, de qué manera la ambición y la explotación extractiva de los territorios pueden convertirse en una catástrofe, cómo la intimidación y la práctica de la violencia destruyen todo. El mérito de Rosero en esta novela se halla en las decisiones estéticas que lo llevan a mostrar que hay otras maneras de narrar esas tragedias y que no solo son valiosas, sino que resultan necesarias para ofrecer una idea más completa de la devastadora contundencia de estas desgracias, a la vez que se da espacio suficiente a la desatendida mirada de las víctimas. Además, le permite sugerir que el lugar en el que sucede la historia, San José, un pueblo de nombre genérico, podría ser cualquiera en el mundo, pues la impunidad y la pasividad ante la tragedia no son accidentales, sino que son el resultado de un silencio social sostenido, cómplice y deliberado. Los habitantes de San José contemplan resignados cómo, poco a poco, los vecinos van desapareciendo y con su desaparición el tejido social del pueblo se desgarra hasta romperse.
En Los ejércitos el autor actualiza algunas de las inquietudes y asuntos presentes en los textos bíblicos y en las tragedias y mitos griegos, pero consigue que las técnicas empleadas en otro tiempo ahora sirvan para hablar de la realidad social de Colombia. Por una parte, el pueblo en el que ocurre la novela se describe como el paraíso que, página tras página, va desapareciendo y del que se expulsa al protagonista como castigo por su lujuria. Si bien su pecado no surge de comer una manzana prohibida ni de su obstinación por saborear el fruto del árbol del conocimiento, es innegable que el impulso voyerista que exhibe mientras finge cortar unas naranjas para observar el cuerpo semidesnudo de su vecina Geraldina, que toma el sol en su terraza, es una imprudencia que será condenada y expiada a través de la procesión y penitencia en la que se convertirá su vida. Ismael Pasos, profesor jubilado y voyeur de vocación irrenunciable, se convierte en el testigo y narrador ideal de la tragedia que azota a ese pueblo que Evelio Rosero insiste en llamar «de paz», pese a haber sufrido incontables guerras. En medio de combates, escaramuzas, disparos, secuestros y desapariciones, Ismael Pasos observa y camina como un Orfeo contemporáneo que recorre las calles, convertidas en un infierno, con la esperanza de traer de vuelta a su esposa Otilia, versión contemporánea de Eurídice, consciente de que el riesgo de perderla es tan real como el de no encontrarla nunca, pero, paradójicamente, sus destinos están cifrados en esa mirada que, al comienzo de la novela, los separa.
El jardín idílico de Ismael y Otilia, así como las casas, la iglesia, el hospital y los espacios públicos que frecuentan los personajes y en los que desempeñan el papel de testigos de una historia que parece no pertenecerles, se convierten en escenarios de una catástrofe vulgarmente televisada. Con la invasión del pueblo por «los ejércitos», fuerzas armadas no identificadas, cuya filiación ideológica carece de importancia, el paraíso perdido se transforma en un escenario de guerra que pasa a ser otro tema para comentar con desganada preocupación en el bar del pueblo o en los salones de las casas: «Hemos ido de un sitio a otro por la casa, según los estallidos, huyendo de su proximidad, sumidos en su vértigo; finalizamos detrás de la ventana de la sala, donde logramos ver alucinados, a rachas, las tropas combatientes, sin distinguir a qué ejército pertenecen, los rostros igual de despiadados, lentos o a toda carrera, gritando o tan desesperados como entumecidos, y siempre bajo el ruido de las botas, los jadeos, las imprecaciones». No obstante, como afirma Paula Marín, Rosero elige dotar al protagonista de una sensibilidad ajena al lenguaje del espectáculo y de la truculencia de los medios de comunicación, para mostrar la experiencia de un hombre que, mientras asume la desaparición de su pareja, y ve la invasión de su pueblo, va perdiendo la memoria y la vida. Elige proveer a su protagonista de una sensibilidad y de un lenguaje depurado, particularmente visual, que permite al docente, en medio de la guerra, enseñar los abismos del alma humana y la devastación de la guerra.

Por otra parte, en la experiencia de Ismael, de sus vecinas Hortensia, Geraldina, Cristina y Chepe, también se reproduce el argumento de las tragedias griegas en el que las víctimas, contra el mandato oficial o familiar, como hicieran Príamo y Antígona, buscan sin consuelo a sus muertos. En Los ejércitos se muestra, a través de una dramática, pero delicada prosa, que en este tipo de sucesos poco importa identificar a los agresores. Lo que se busca, recuerda Iliana Diéguez, es la restitución de los cuerpos, porque su ausencia hace imposible la realización de los ritos de despedida; su ausencia es un obstáculo irreparable para la elaboración del duelo. Con esta novela, Rosero consigue «escribir el recorrido de los cuerpos sin tumbas ni duelos en estas guerras, […] el verdadero relato de los cuerpos, de las subjetividades y de las prácticas que marcan el pulso de los tiempos», y con ello dignifica la memoria de los que han sido brutalmente arrancados de la vida. Por medio de la peregrinación de Ismael Pasos se exhibe de qué manera vivir en el duelo implica inventar estrategias para nunca quedar sepultados por el silencio, por la indiferencia, por el tiempo, por ese olvido en cuya niebla desaparecen los recuerdos.
Detrás de las ventanas de las casas que todavía se sostienen en pie después de la invasión de «los ejércitos», un grupo de vecinos se convierte en la versión moderna de un coro griego que cuestiona, alienta, acompaña y comparte la búsqueda del protagonista: «-Nosotros no vamos, profesor, no queremos morir. ¿Qué podemos chistar?, nos ordenaron que nos vayamos de aquí, y nos tenemos que ir, así de simple. -Venga con nosotros, profesor. Lo mencionaron en la lista. Oímos su nombre. Cuidado. Su nombre estaba allí. ¿Por qué preguntan los nombres? Matan al que sea, al que quieran, sea cual sea su nombre. Me gustaría saber qué hay escrito en el papel de los nombres, esa «lista». Es un papel en blanco, Dios. Un papel donde pueden caber todos los nombres que ellos quieran. Un ruido de voces y respiraciones brota de una orilla de la escuela de la espesa ribera que colinda con los árboles y las montañas, la inmensidad, brota creciente del angosto camino que viene de la serranía: de allí arriban sudando otros hombres y mujeres que se unen a la fila, oigo sus voces, hablan y tiemblan, alegan, se lamentan. “Están matando gente como moscos”, dicen, como si no lo supiéramos, expresan con resignación esos rostros que carecen de identidad, porque sus historias, sus familias y sus recuerdos les han sido arrebatados. Al ser expulsados de San José han quedado convertidos en presencias fantasmales carentes de derechos».
En el proceso de recuperar a Otilia se escucha el lamento de Ismael, pero también se oye, como un eco, el murmullo de innumerables voces que representan las de un continente acostumbrado a vivir el duelo por ausencia. Ismael, Hortensia, Geraldina y Chepe son las buscadoras mexicanas, las madres de la Plaza de Mayo, los miles de familias de víctimas de las dictaduras y activistas que negocian con los captores o que claman por recuperar los cuerpos de los desaparecidos, que buscan sus cuerpos para poder llorarlos y hacer el duelo, para vivir el derecho al llanto y a la muerte escrita.
Es importante insistir en que, aunque en Los ejércitos se narra una parte oscura y tenebrosa de la historia de Colombia, en sus páginas resuenan las tragedias atemporales del mundo, y su protagonista encarna al testigo y sobreviviente que Giorgio Agamben considera determinante para la construcción de la memoria colectiva. Ismael Pasos, testigo y voyeur, tiene tanto el derecho como el deber de contar la historia de su pueblo, de sus vecinos y del paraíso perdido para no terminar abatido por el silencio y el olvido, sepultado o acribillado por el mutismo indolente, porque tanto el silencio como el olvido son formas que prolongan la onda expansiva de la violencia: «Un silencio idéntico a la niebla nos cierra las caras, por todas partes. Es posible que se alcancen a escuchar los tiros, desde aquí, o que lleguen hasta nuestras propias orejas, las rocen. Entonces tocará huir», se lamenta el protagonista. Ismael hace un conteo de daños, una relación nostálgica de lo perdido, pero también confronta al lector con la responsabilidad y abandono del Estado. Recorre las calles de un pueblo fantasma temiendo que lo alcance el olvido y que nunca pueda hallar el camino a casa; sin embargo, no se da cuenta de que ese camino se trazaba a través de los nombres de los muertos, desaparecidos o desplazados y de las casas destruidas o abandonadas, y que su destino está signado por la nueva condición de los fantasmas que sobreviven entre las ruinas.
Habría que decir, finalmente, que una de las razones por las que Los ejércitos puede considerarse como una de las grandes novelas colombianas del siglo xix es porque en sus páginas no hay ninguna vocación aleccionadora, objetivos morales, ni señalamientos específicos contra los que siguen enriqueciéndose con el negocio de la guerra, la apropiación ilegal de la tierra y el desplazamiento forzado. Aunque en sus páginas pueden identificarse eventos que remiten al lector a las masacres del Salado, el Aro, Mapiripán o Bojayá, se reconocen sucesos atroces que recuerdan a los perpetrados por integrantes de las fuerzas del Estado como las ejecuciones extrajudiciales ocurridas entre 2002 y 2008, también se exponen las prácticas extractivistas, el sicariato, el narcotráfico, así como los secuestros y las extorsiones perpetradas por las guerrillas. Con la novela no se pretende señalar de forma directa a un solo culpable, sino dejar al descubierto una elaborada dinámica de crueldad en la que han participado miles de personas, ante la inacción y ausencia del Estado, y que, durante mucho tiempo, han regado de sangre la fértil tierra colombiana. En sus páginas, Evelio Rosero habla de los pueblos que han podido sobrevivir y sobreponerse a todo eso, los que han conseguido darle la espalda a la guerra, pero se niegan a olvidar y sumirse en la indiferencia; habla sobre los que luchan incluso, como le ocurre al protagonista, hasta quedarse sin nombre y no se dejan vencer por el mandato de la violencia, ni por las ordenes arbitrarias que los instan a abandonar el paraíso.
La tragedia no busca hacer comprensible lo ocurrido, porque la tragedia nace, precisamente, para mostrar que el hecho trágico es incomprensible. La tragedia aspira a hacer comprensible su posibilidad misma, aspira a mostrar a los lectores lo que estos no han sabido reconocer en el confuso correr de los tiempos, que ni analiza ni valora. La obra de Evelio Rosero, Los ejércitos, no habla de hechos particulares ni de posiciones que se alzan sobre intereses privados, aunque hechos e intereses florezcan en sus páginas. No, la novela habla de la condición humana, de su caída, de su dolorosa fragilidad. Habla, en fin, de un desbordamiento que cuestiona el concepto mismo de lo humano.