
Gabriela Wiener
Atusparia
Random House
240 páginas
Pedro Pablo Atusparia fue un líder indígena que encabezó una rebelión contra los abusos que sufrían los campesinos en la provincia de Huaraz a finales del siglo XIX. Su levantamiento representa la lucha del oprimido contra el poder que se aprovecha de su trabajo. El colegio donde estudia la protagonista de esta novela, la futura Atusparia, lleva su nombre. El colegio es un experimento revolucionario financiado por los rusos. Allí, en vez de fútbol, los alumnos juegan al ajedrez para que se ejerciten en la estrategia del pensamiento. Su formación, más que educación, está marcada por conceptos ideológicos que son reafirmados por una realidad cruel. Aún así, son niños que sueñan con ser cosmonautas. «En mi colegio hay profesores que son más sindicalistas que maestros. Harían huelga contra sí mismos si hiciera falta. Estén donde estén, siempre son el peón negro de avanzada», cuenta Wiener, en esta novela autobiográfica cuya primera parte se corresponde con las novelas de aprendizaje. La protagonista crece dentro de un universo radical que es un laboratorio de lo que son los partidos y movimientos de izquierda, siempre peleando más entre ellos en vez de plantarle cara a su rival político. Es la pugna por imponer su discurso, que nunca es del gusto de todos.
Se trata de una novela que podría leerse como parte de un proyecto iniciado con Huaco retrato, su libro anterior, que combinaba varias preguntas y conflictos de una misma historia: la suya, para ir desde lo particular hacia lo nacional, indagando en un pasado que descubría un origen oscuro a partir de su apellido, llevado hasta el Perú por un explorador austro-francés que saqueó los restos arqueológicos del país. En esta indagación confluía el duelo por la muerte de su padre, un periodista de izquierdas comprometido en la lucha contra las injusticias y con una familia paralela. Ese secreto que ya no lo era, pero que exige una explicación que apacigüe el dolor, se convierte en una de las claves para que la intimidad de Wiener explote y salpique a más lectores. Antes, su obra se había centrado en la forma cómo habitaba su cuerpo, en sus complejos y en la búsqueda de otros límites para el amor (siempre los hay). En Perú había sido una de las reporteras que había colaborado a cimentar el prestigio de la mítica revista Etiqueta Negra, convirtiéndose en una periodista gonzo cuya valentía estaba hermanada con el talento. Y en España no hizo falta que pasara mucho tiempo para que sus primeros libros, como Sexografías y Nueve lunas, cosecharan lectores y para que Gabriela Wiener asumiera el papel de escritora transgresora y hasta se interpretara a sí misma en una obra de teatro. Se trata de un camino que abrió casi por su cuenta, pero que terminó por cerrarse sobre sí mismo como un círculo. ¿Qué más podía contar sin separarse de su yo?
La respuesta fue Huaco retrato y ahora Atusparia. Novelas. Ficción que en este caso baila en una frontera difusa como la mayoría de las ficciones modernas por cuestiones de ventas (es más sencillo ofrecer una novela que un ensayo). Se sabe por las entrevistas y por la propia Wiener que hay una carga personal muy fuerte en ambas, lo cual no tiene el mismo peso ni significado que en sus libros anteriores, porque si bien temas como el racismo, el clasismo, el anticolonialismo, el machismo, estructuran sus relatos, esta vez se refieren a lo colectivo sin centrarse en contar la propia experiencia de forma desnuda y cruda. Esa dosis de exhibicionismo es eliminada a favor de un discurso social y político que ya no sólo cuestiona las desigualdades y el maltrato, sino que delata las contradicciones dentro de cierta militancia y cómo no vale limitarse a estar del lado correcto. Atusparia es su libro más convencional y también el más ambicioso, por paradójico que suene.
La escritura de Wiener ilumina cada párrafo, señala las contradicciones y anhelos de sus profesores sin renunciar al humor, que nace de forma natural de esas mismas contradicciones. El aliento poético es de largo alcance, consigue que el carácter ensayístico de la novela forme una amalgama con la narración, aunque en su caso se trata sólo de una confirmación. La naturaleza de su obra y de sus intervenciones públicas siempre ha sido la exposición de ideas y la crítica hacia las lacras sociales de forma inteligente, incluso cuando ha prevalecido la consigna. Es uno de los mayores méritos aquí, contar lo político desvelando las grietas emocionales y la ruindad de sus actores. Otro acierto es la reconstrucción del paisaje social. La ciudad es un mundo hostil. Después de El cole, lugar de adoctrinamiento que, sin embargo, no consigue desterrar del todo la candidez y los deseos de la infancia, el capítulo La Resi muestra otro microcosmos que es la representación de Lima: una violencia que articula las relaciones de forma jerárquica, la informalidad en cada aspecto de lo cotidiano, la búsqueda para sobrevivir traficando con droga, el descubrimiento del sexo y la ansiedad por ser amada. «Ahora mi cuerpo es otra ciudad abandonada por el comunismo», declara Wiener. «Estoy lista para ser ocupada por nuevas fuerzas. Y no se hacen esperar. Las registramos rápido porque de totalitarismos entendemos un poco. Nada como la adolescencia para hacer fracasar una revolución». Esta contundencia captura al lector. Pisco, la pareja de la protagonista, la somete y la guía por una especie de submundo de seres marginales que, sin embargo, conviven con el resto de vecinos como personajes del mismo paisaje. Atusparia viene a decirnos que en su país, Perú, la regla es la marginalidad.
Los lectores, sus seguidores, sus fans, podrán descifrar las conexiones entre la obra y su vida personal, y es normal que sufran ese morbo, como lo será que se convierta en una cuestión secundaria ante la avalancha narrativa que se llevará por delante sus pesquisas. «Los departamentos de La Resi son habitados por cientos de hijos drogadictos. Hijos que durante años han robado a sus madres teñidas de rubio, madres solteras, maltratadas, abandonadas, traicionadas por hombres, hasta matarlas del disgusto y la pena, y probablemente de inanición». A veces se impone la voz de la reportera sobre la poeta, y ésta sobre la narradora, prevaleciendo siempre un tono combativo, el grito de guerra que viene a ser la escritura de Wiener. Más que la estructura o los recursos de estilo, lo valioso son las encrucijadas existenciales en las que sitúa a sus personajes. Antes que la lástima por sus dramas nos llama la rabia cuando la adolescente Atusparia cae y sus ilusiones se desintegran según crece. El desenlace de cada capítulo es la destrucción de las etapas de la vida, un aprendizaje del desencanto, el adiós a una edad en la que todo se pudre en vez de madurar, sin que ello signifique resignarse. Así como el líder indígena se alza contra el poder y es torturado luego de su captura, nuestra protagonista sufre humillaciones. Pero nada afecta a su espíritu, moldeado para entregarse a todas las causas vinculadas con la izquierda. Y de eso va la segunda parte, un rompecabezas de textos donde caben hechos y lugares cruciales de la Historia Contemporánea del Perú, bajo otra apariencia.
En ese rompecabezas hay informes policiales en los que Atusparia se reencuentra con una profesora de su colegio, Asunción Grass, después de unirse a la rebelión de los comuneros aymaras en Puno. El reencuentro es obvio y muy deseado por el lector que necesita saber el destino final de los personajes. Wiener plantea una resolución que apela a la actualidad política, dejando en evidencia las trampas y lo ridículo que pueden ser los juegos del poder. Lo poético decae un poco en esta segunda parte sin afectar a la estructura narrativa, pero se hace extrañar, lo que quizás tenga que ver con el aplastamiento de Atusparia. «Estar en el campo de batalla no significa para las mujeres abandonar las luchas cotidianas, porque son parte de la misma guerra de larga duración en la que son combatientes». El párrafo anterior explica y unifica todos los frentes abiertos en la novela. Si ser revolucionario supone una aventura para un hombre, para una mujer es un acto reflejo. Por encima del heroísmo lo que hay es un ejercicio de resistencia. El personaje politizado de Wiener trasciende a su propia figura.
Punto aparte es la puesta en valor de la figura y la obra del escritor Manuel Scorza, presente a lo largo de toda la novela. Scorza, olvidado por los autores jóvenes durante décadas, escribió en contra de los poderosos y en defensa de los campesinos del Perú, con libros memorables como Redoble por Rancas. Wiener toma el testigo, porque si algo no ha cambiado son los problemas de los más débiles. Si esto es también un homenaje a él, nadie lo pudo hacer mejor.