
Jonathan Arribas
Vallesordo
Libros del Asteroide
210 páginas
Existe un instante peculiar de la lectura; un instante que no siempre ocurre, pero cuyo efecto es fascinante y perturbador. Momento preciso cuando deja de existir ese objeto externo que reposa en nuestras manos y nos encontramos respirando dentro del libro; somos el libro; somos cada una de sus palabras y su historia.
No se trata de una elemental identificación biográfica o histórica; su efecto es más notorio cuando sucede con narraciones que se alejan de nuestra inmediatez, de nuestras preferencias, de nuestros territorios conocidos. Irrumpe cuando lees a Gospodínov, a Afonso Cruz, a Xuan Bello, a Luz Pichel, a Kate Zambreno y descubres en sus palabras que tu vida ocurre también más allá de tu vida: en lo que desconoces, en lo que nunca serás, en lo que te contradice o te excluye.
Hay unas páginas de Vallesordo donde se escenifica este milagro: un niño de diez años que habita en un pequeño pueblo de la España profunda acaba de bailar junto a su perra y el público estalla en aplausos para premiar su actuación; público integrado por el cepillo, la fregona, las sillas, el armario de las zapatillas antiguas y un mono azul de trabajo.
A partir de ese momento, leer es vivir, estar y ser en esa historia de infancia en la que los objetos cotidianos, las minúsculas aventuras de la niñez, la presencia luminosa de un televisor, muestran su hábil construcción realista, pero también insinúan un trasfondo mítico en el que el mundo es una totalidad habitada por la vida, por las conexiones ocultas, por las inmensas aventuras interiores del autoconocimiento y la expansión personal.
Nico, protagonista de esta inolvidable novela de Jonathan Arribas, vive en un pueblo ficcional ubicado cerca de Zamora; pueblo descrito con neutralidad, y dentro de cuyas calles el personaje subsiste inmerso en una pobreza limitante, rodeado por unos padres distantes, tóxicos.
Pese a eso, la luminosidad de la vida del niño proviene de la relación que establece con su abuela y otras personas mayores, con dos amigos, con su perra y con esa especie de fuego sagrado que es un televisor desde el que puede atisbarse un mundo donde sucede la plenitud encarnada en un programa de baile.
El uso de un lenguaje preciso, habitado por registros rurales, es uno de los grandes logros de esta historia que puede evocar a otro gran volumen reciente: Panza de burro, de la tinerfeña Andrea Abreu, pero sin la radicalidad oral de esta última (lo que no es un demérito, sino una singularidad de la voz de Arribas). Hablamos de un lenguaje que nos sitúa en el universo mental del niño, pero sin estridencias ni excesos, con naturalidad, sin trucos expresivos. Despliegue ficcional que también puede evocarnos la entrañable mirada con que el venezolano Juan Carlos Chirinos construyó la expresividad de algunas de sus primeras ficciones a partir de la influencia perenne de la televisión.
Pero puestos a buscar conexiones, el mundo de estas páginas nos recuerda momentos del muy brillante Manuel Puig: atmósferas de pueblo, sentimentalidad de cancionero o culebrón, ternura del kitsch, fragilidad intensa de personajes que se autoexcluyen del poderío que culturalmente se atribuye a las antiguas ideas sobre lo masculino.
Gran trabajo de intensidad y concentración el que muestra Vallesordo, narración impecable en la que sucede la niñez como una triste y dulce búsqueda de la trascendencia, frente a la mezquindad adulta, el egoísmo de unos padres indolentes, la cerrazón de una comunidad que se mofa de un niño que al bailar sustituye los tacones por latas de coca cola.
Pero necesario es aclarar la elegancia con que Arribas trabaja este mundo sentimental; no solo a través de perfectos resúmenes y elipsis, sino alejándose de la complacencia o el patetismo. El pulso de la narración siempre es firme. Nunca sucede la estridencia que pretende sacudir al lector desde la cursilería o la frase relamida. Quizá por eso mismo es un libro (¿por qué no decirlo?) que en ciertos momentos emociona hasta las lágrimas y puede resonar como una despedida a esas infancias que alguna vez fueron sacudidas por ese aparato cada vez menos usado, cada vez más prescindible llamado televisor.