Eduardo Laporte
La vida suspendida
Sr. Scott
140 páginas
POR MANUEL ALBERCA

«Cerco un centro di gravità
permanente»
Franco Battiato, La voce del padrone

Antes de comentar La vida suspendida, de Eduardo Laporte, permítanme un breve excurso. A pesar de la diferencia de edad, comparto con Eduardo Laporte dos aficiones: las escrituras confesionales o del yo (él como autor; en mi caso como lector) y las canciones de Franco Battiato (Laporte como experto y biógrafo; el que suscribe como oyente amateur). Me parece maravilloso que la literatura y la música tiendan puentes entre personas de generaciones distantes y distintas. En 1979, en el mismo año que Laporte nació, Battiato publicó L’era del cinghiale bianco (yo tenía 28 años). Fue el disco con el que el cantante dejó atrás (si no me equivoco) su etapa experimental para adentrarse en la senda posmoderna del pop más accesible y logrado. Este estilo llegaría a su apogeo en 1981 (Laporte tendría dos añitos), con el LP La voce del padrone, que incluía la muy celebrada canción Centro di gravità permanente. Mi observación no es banal, creo, porque lo confesional y el misticismo zen de las letras de Battiato están presentes e imbricadas en este libro.

No conozco todos los libros de Eduardo Laporte, pero tengo entendido que, hasta ahora, la mayoría está consagrada al género autobiográfico en sus diferentes registros. La autobiografía es una literatura arriesgada, que obliga a internarse en el difícil territorio de la confesión, a veces mal entendida o menospreciada todavía entre nosotros. En España, pesan todavía dos prejuicios sobre la autobiografía: uno de carácter moral y otro de tipo literario. De una parte, para cierta crítica académica y periodística, mostrar la intimidad, sin velos ni afeites ficticios, es un acto arrogante e intolerable, por soberbio, exhibicionista o narcisista. De otra, desde una posición estética purista, es decir, desde una concepción estrecha de la literatura, se tiene una idea errónea, parcial y limitada de la autobiografía, parecida a un acta notarial, de tal modo que contar lo vivido expulsaría a esta clase de textos de la Literatura con mayúsculas.

Ambos prejuicios no se compadecen en absoluto con el libro de Laporte. Aunque, en algún momento de la escritura, confiesa que, por la dificultad del asunto central del relato, se planteó darle un tratamiento ficticio, decidiría abordarlo finalmente desde el compromiso autobiográfico. El azar, es decir la vida, le había puesto frente a la complejidad y al conflicto de vivir, de modo que tuvo que enfrentarse a la difícil prueba de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). Es lo que nos cuenta en este libro con una escritura de alta calidad, con honradez y veracidad, profundidad y delicadeza. A veces, incluso, con humor.

El aborto o I.V.E. no es un tema menor. No se puede liquidar o solventar fácilmente. Se puede apelar a las leyes y a las conveniencias o convicciones de las conciencias personales, pero todo resulta insuficiente. Sin ignorar esto, queda siempre la duda en suspensión, dando vueltas en torno al misterio de la vida y de la muerte. Porque el aborto es para Laporte el punto ciego del argumento de la vida, como el suicidio era, para Albert Camus, la gran y primera cuestión que el ser humano tiene que responder. Para nuestro autor, el aborto es un asunto moral de primer orden que no se puede zanjar con un golpe de pecho, y ya está. «¿Cómo abordar un hecho —se pregunta— cuyas instrucciones de uso aún seguimos buscando, pues no hay tratamiento válido ni eficaz para este duelo pequeño pero profundo?». La respuesta quedará flotando eternamente en el viento.

Para Laporte, la vida es todo, lo bueno y lo malo. Y, por tanto, en ella, todo debería ser celebrado por igual, porque «la clave está en vivirlo todo», aunque esto mismo la haga intensa, arriesgada y contumaz. En esa perspectiva es difícil alcanzar el deseado «centro de gravedad permanente», para equilibrar y armonizar los contrarios, porque el pasado siempre vuelve para interrogarnos y desestabilizarnos, incluso si lo que vuelve no llegó a ser. La presencia del ausente, en este caso del nonato («la mancha humana» o «la mirada del hijo que no tuve»), se hace persistente, obsesiva e inevitable. Entonces la literatura de Laporte toma la forma de plegaria o de (in)consciente acto de penitencia.

Este libro, admirable en muchos sentidos, consigue esto con una escritura nómada, en vilo, suspendida, siempre en los bordes del territorio que se propone explorar, traspasando las fronteras continuamente, para volver en bucle al centro buscado y siempre pendiente de encontrar.