
María Negroni
Colección permanente
Random House
105 páginas
María Negroni confirma una vez más que su escritura se mueve en un territorio fronterizo, a la vez fértil y precario, donde los géneros literarios se atraen y se contaminan entre sí. Lo narrativo convive con lo lírico y lo ensayístico se desliza hacia el diario íntimo. El resultado no es tanto una suma de registros como un laboratorio de formas en el que se experimenta con la imposibilidad misma de clasificar. Negroni no escribe sobre la hibridez: escribe desde ella, como si el único compromiso posible fuera el que se mantiene con el movimiento constante. La escritura –nos dice– «solo es legible si zozobra».
Colección permanente funciona como un auténtico gabinete de curiosidades, donde lo erudito roza lo banal y lo histórico se codea con lo íntimo. El modelo borgeano se deja sentir en esa fascinación por lo efímero, lo pequeño y lo diverso, así como en el desafío de toda jerarquía: entrevistas inventadas, listas, fragmentos filosóficos, recuerdos, voces de poetas. Todo cabe en esta colección impermanente, a modo de singular autorretrato bajo la luz oblicua de Joseph Brodsky, para quien «la biografía de un escritor radica exclusivamente en la tergiversación del lenguaje que emplea». Como en las viejas Wunderkammern y en sintonía con otros de sus libros –como Pequeño mundo ilustrado o La idea natural–, lo que importa en la escritura de Negroni no es la exhaustividad, sino la sugestión que emana del contacto inesperado entre piezas heterogéneas.
Lo que vertebra estas páginas, sin embargo, no es únicamente la voluntad enciclopédica. Hay en Negroni una atracción deliberada hacia la noción de fracaso, entendida no como accidente o error, sino como motor creativo. Fracasar aquí es sustraerse de la eficacia, del orden lineal del discurso, de la seguridad de los sistemas. La escritura se obstina en no concluir, en desarmar cualquier tentación de cierre. Esa resistencia al éxito –entendido como cristalización, y quizá también como esclerosis– es asimismo un gesto ético: afirmar que el pensamiento se da en tránsito y que todo conocimiento válido es parcial y errático. El fracaso se convierte así en una forma de fidelidad a lo real y a su carácter inasible.
Desde esta perspectiva, el libro no ofrece una arquitectura cerrada sino una deriva. Se lee como un mapa en perpetuo tanteo, a veces opacado como esas cartografías tachadas de Emilio Isgrò. Reproduce, con sus fragmentos yuxtapuestos, la textura misma del pensamiento en movimiento. No hay sistema, sino series de aproximaciones: frases que palpan, imágenes que abren caminos, intuiciones que apenas se esbozan antes de dejar paso a otras. Negroni entiende que en lo relativo al lenguaje nunca nada termina, que los textos se superponen siempre, y reivindica así la escritura como un proceso más que como un producto. Tal vez por eso queda en el lector un regusto a cuaderno de viaje, a bitácora de exploraciones incesantes.
En esta apuesta por la hibridez resuena, casi como un eco, aquella afirmación de Enrique Vila-Matas según la cual la novela del futuro estará en conexión estrecha con la alta poesía o no será. El libro de Negroni parece confirmar ese pronóstico: lo que aquí se ensaya es precisamente una forma que se aparta del relato convencional para aproximarse a la densidad y la concentración del poema, sin renunciar a la flexibilidad del ensayo. Esa novela del futuro podría tener en Colección permanente un ejemplo radical: una escritura expuesta a la intemperie de la poesía, donde encuentra su verdadera fuerza.
Esta estética del movimiento –«Un poema no es más que una fe en la imagen movida», escribe la autora– está íntimamente ligada a la voluntad de desestabilizar las jerarquías del saber. Frente a las pirámides que imponen un orden –el canon, la academia, el museo–, Negroni prefiere el rizoma, la proliferación sin centro. Lo marginal, lo olvidado, lo menor adquiere entonces un valor inesperado. El saber no se mide aquí por su rango sino por su capacidad de irradiar sentido. De ahí la vitalidad del conjunto, pues nunca sabemos si lo que leemos es un apunte crítico, una confesión, una glosa poética o un relámpago aforístico. Lo que importa es la chispa que enciende cada fragmento.
En este sentido, Colección permanente dialoga con otros proyectos de Negroni –Galería fantástica, Archivo Dickinson, El arte del error–, pero va un paso más allá al radicalizar la apuesta. Si en libros anteriores se adivinaba todavía cierta voluntad de ordenar la materia, aquí la dispersión es el método: su propia forma de coherencia. Frente a un mundo que insiste en ordenar el caos, Negroni propone un gesto de insubordinación: escribir como quien colecciona el aire, sabiendo que lo permanente no es lo fijo sino aquello que alimenta –en palabras de Monterroso– el movimiento perpetuo.