
Daniel Tevini
Historia del auténtico niño barbado de la China
Blatt & Ríos
392 páginas
Historia del auténtico niño barbado de la China es una novela colorida. En varios sentidos, pero más que nada en la forma que tiene de llenar el pasado de entretenimiento, ternura, detalles, humor, pasión y delirio.
Daniel Tevini escribe la historia de un «niño barbado» que llega a la Argentina del siglo XIX como parte de una feria de fenómenos. Por un accidente, logra escapar de su jaula y se interna en las pampas, donde conoce a varios políticos importantes de la época y a quien termina siendo su enamorado: Rafael de Oresteaga, un patrón de estancia bien conectado, al que le escribe esta especie de novela epistolar para rememorar toda su aventura.
El libro toma algo de la escritura etnográfica que poblaba las cartas de los viajeros modernos, en su intento de entender el mundo que los rodeaba, aunque deja en evidencia un aspecto de la observación que aquellos emisarios buscaban aplacar. El ideal de objetividad, de distanciamiento, siempre fue imposible para las ciencias pero quienes describían tierras lejanas intentaban alcanzarlo de todos modos, ocultando sus limitaciones. En Historia del auténtico niño barbado de la China, en cambio, esa búsqueda de frialdad se reemplaza por un apego furioso. El autodescubrimiento homosexual del protagonista tiñe a todas las experiencias y a todo el mundo con su pasión: no hay escena que no esté tensionada por unas ganas prohibidas de lanzarse encima de su amante, o por la incomodidad que produce el travestismo de Juan Manuel de Rosas, o por los secretos a voces acerca de los amantes hombres de Justo José de Urquiza, por ejemplo.
Aunque todo esto encuentra su razón de ser. Un detalle muy importante sobre el niño barbado es su inmortalidad. Otro es una especie de superpoder que tiene, que llama imitatio: «dones para la imitación» que «no se limitan solo a lo gestual o a apariencias físicas», sino que los recuerdos también se «tiñen de las palabras de aquel tiempo». Al narrar sus experiencias, entonces, el niño barbado pasa por distintos registros del habla (sin intermedios, va de expresiones formales a hablar de «lindos culitos», «gurises», «urbanidá», que «hallelos hurgando», que «no le entendí un carajo»). Es parte de la misma manía del protagonista de pintar un mundo queer porque él es queer, una forma camaleónica de mimetizarse con lo que cuenta. Su pastiche de registros, entonces, no es un mero procedimiento formal sino que es parte esencial del relato.
A su vez, la novela por momentos se vuelve una acumulación de pequeñas historias, a veces casi chistes, en ocasiones repetidos (el chascarrillo con «la Rosas» pierde gracia la tercera vez que aparece en menos de cien páginas, sin profundizar en el personaje). Da la sensación de que hay más verborragia que narración. Los capítulos son cortos y superficiales, y cada uno de ellos y todo lo que los compone parece valer lo mismo: la primera experiencia sexual tiene el mismo peso que los secretos que revela Mariquita Sánchez de Thompson sobre la Historia Argentina, o que una escena en la que el patrón encuentra a sus empleados dormidos y los insulta. Esto hace que se pierda el ritmo, que no se encuentre ninguno de los altibajos que componen a una historia bien contada. Sin embargo, esto también parece tener sentido: si el niño barbado es inmortal (con lo cual contiene todo el tiempo) y puede imitar a cualquier persona (y así contiene a todo el mundo), es entendible que haya una suerte de igualación total donde nada resalta.
Así, tanto en el trabajo de una forma supeditada a la historia como en la proliferación de detalles al fin y al cabo insustanciales, se nota en la novela de Tevini una fe renovada por la narración. Es un gesto, en ese sentido: incluso cuando el relato no aguanta por sí solo, Tevini levanta su bandera, se tambalea, se hunde con ella por momentos y, en el mejor de los casos, sale a flote.