Henry Kamen
Reyes de España. Historia ilustrada de la monarquía
Traducción de Isabel Murillo
La Esfera de los Libros, Madrid, 2017
378 páginas, 25.90 €
POR ISABEL DE ARMAS

En la primera parte del libro, como para «abrir boca», Henry Kamen desarrolla dos ideas que le parecen fundamentales en el tema que trata: «El concepto de España y la idea de la monarquía».

Como todos los países europeos antes de la Revolución Industrial, España era una suma de diversidades, es decir, estaba formada por una gran variedad de pueblos, costumbres, idiomas, comidas, bebidas, vestimentas, actitudes, prácticas religiosas, territorios, plantas, animales y clima. La existencia de «España» no implicaba ningún tipo de unidad política, «pero eso —dice el autor— no era obstáculo para escribir sobre ella», y afirma que la primera historia moderna de nuestra península fue, probablemente, la que escribió Esteban Garibay, que publicó en Amberes en 1571. Una parte importante de esta obra versa sobre Castilla y el resto gira en torno a Navarra, la Corona de Aragón y la España islámica, ocupándose, por lo tanto, de todos los reinos que constituían «España». Pese a que la nación española única era inexistente, si por tal se entiende una sociedad con atributos compartidos. Para referirse a todo aquello que unía a la gente, había otras palabras distintas a «nación». Se utilizaba el término «país», que tenía un fuerte trasfondo geográfico y se entendía como el lugar de origen de cada uno. Los líderes políticos, por su parte, procuraban cultivar vocablos asociados con «lealtad». Entre ellos, el más destacado era «patria»; el amor a la patria, por ejemplo, estaba considerado un sentimiento fundamental.

La primera historia verdaderamente general de España como nación fue la del jesuita Juan de Mariana, publicada en 1601. Fue el libro de historia más consultado por los españoles durante tres siglos. «Pero el país sobre el que escribía —puntualiza Kamen— tardó mucho tiempo en ver la luz». Confirma que, como entidad política, emergió alrededor de 1800, un periodo en el que otras naciones de Europa, como Francia y Alemania, empezaban también a evolucionar. Los líderes políticos de principios del siglo xix estaban seguros de la existencia de sus países, aunque tenían dificultades a la hora de definir sus antecedentes. Y el autor se pregunta: ¿qué era una «nación»? ¿Era España una nación antes del siglo xix? La respuesta es —nos dice, parafraseando a Gracián— que había muchas, puesto que España existía como una comunidad de naciones. Éstas entraban periódicamente en conflicto entre ellas por el anhelo de riqueza y poder. Esta situación fue dominante hasta el reinado de Felipe V, que, en la primera década del siglo xviii, acabó unificando los reinos autónomos españoles en una sola administración política. España empezó a existir entonces como un Estado que ocupaba la mayor parte de la Península. ¿Era el nuevo Estado, sin embargo —se pregunta otra vez—, una «nación» que desbancaba a las distintas naciones que contenía? Los españoles existían, pero ¿existía una «nación española»? «Eso —responde— no empezó a tomar forma hasta después de 1800».

Entre las distintas nacionalidades de España, el historiador destaca que la más importante después del periodo medieval fue, evidentemente, Castilla. El dominio de Castilla tenía, al menos, tres aspectos destacados. En primer lugar, su territorio cuadriplicaba casi la extensión de los reinos de la Corona de Aragón, con su correspondiente superioridad en cuanto a recursos naturales y riqueza. En segundo lugar, a diferencia de la Corona de Aragón, Castilla poseía gran parte de los elementos esenciales de un Gobierno unido: unas solas Cortes, una sola estructura fiscal, un solo idioma y moneda, una sola administración, y carecía de barreras fronterizas internas; tenía, además, estructuras comerciales más grandes y potentes que gestionaban el grueso del comercio exterior de España. En tercer lugar, la época imperial fue liderada por Castilla. De allí procedían la mayoría de emigrantes a las colonias y su idioma era el castellano.

Henry Kamen nos recuerda que las diversas naciones de la Península tardaron mucho tiempo en reaccionar contra la supremacía que Castilla había construido en el siglo xvi. Su conciencia de identidad regional no empezó a asumir una forma sólida hasta que pudieron crearse contramitos para respaldarla. Fue a partir de 1860 cuando surgieron diversos relatos de ficción sobre los orígenes históricos de las regiones. Los escritores gallegos, por ejemplo, empezaron a trabajar la idea de que eran una nación de origen europeo que había evolucionado aparte de los castellanos. Los catalanes también intentaron postular ideas similares en base a orígenes diferentes y un trasfondo político distinto. Finalmente, el vasco Sabino Arana fue el primero en desarrollar la teoría de la «raza» vasca, cuyos orígenes se encontraban en Europa y no en la Península. «Estos puntos de vista distintos —observa el hispanista— son la evidencia clara de que los españoles se niegan a ponerse de acuerdo entre ellos, a pesar de insistir en que todos son miembros de una misma familia».

Al no haber una España unida durante siglos, puede decirse que la Corona de España era inexistente en tiempos tradicionales. Kamen destaca que cada región tenía su propio representante político, que, en muchos casos, no era una persona sino un ente corporativo, como las Asambleas en el País Vasco y la Corona de Aragón. También ve que, a diferencia de otros países occidentales, donde la persona del monarca se mitificaba expresamente para aportar estabilidad política al Estado, los reyes del territorio español desempeñaban un papel restringido. En la Edad Media, los aragoneses tenían un «rey», aunque lo consideraban una autoridad cuyos poderes estaban limitados por acuerdos prefijados. Incluso en Castilla, donde el poder real estuvo más extendido, los reyes de tiempos medievales fueron una excepción entre las monarquías de la Europa occidental. «Los reyes castellanos —afirma el autor— rechazaron de manera conscientemente gran parte de los símbolos de poder utilizados por las monarquías de fuera de la Península». En Castilla, nunca hubo una ceremonia de coronación especial y fue habitual una «proclamación» del rey, acompañada con gran ceremonial, pero sin la colocación formal de una corona en la cabeza del candidato real. «La imaginería relacionada con la magia del poder real —concluye el historiador—, común en monarquías como la de Inglaterra y la de Francia, estuvo destacadamente ausente en España». No podemos dejar de citar aquí que, a finales del siglo xvi, se hicieron famosos los jesuitas Mariana y Suárez por defender que el poder del gobernante viene del pueblo y que no es válido sin la aprobación popular. «Resulta interesante destacar —escribe Kamen— que su obra fue condenada en Londres y París, aunque nunca en España».

Tras esta impecable introducción, esencial para entender la totalidad del contenido del presente trabajo, de manera clara, concisa y contundente el reconocido hispanista hace un rápido recorrido por la historia de la monarquía española, desde los Reyes Católicos hasta Felipe VI, donde destapa los asuntos de Estado y también personales de cada uno de los monarcas que han ocupado el trono, con sus luces y sus sombras. En fundamentada opinión del autor de este libro, con más luces que sombras, ya que, en los reinados más grises y anodinos, y hasta en los más desastrosos, logra detectar importantes aspectos positivos. Por poner un ejemplo concreto, traemos a estas páginas el caso de los conocidos como «los Austrias Menores». Del reinado de Felipe III destaca, sobre todo, la edad de oro de las letras, y del de Felipe IV resalta que «fue un buen intelectual (tradujo la Historia de Italia de Guicciardini) y un destacado patrón de las artes. Nombró pintor oficial de la corte a Velázquez en 1623».

El último capítulo de esta apretada historia de la monarquía española está dedicado al republicanismo. El autor parte del punto de que los españoles se cuentan entre los europeos más renuentes a aceptar la institución de la monarquía. «Otras naciones —escribe— han sido más crueles con sus reyes —los franceses cortaron sus cabezas, los ingleses asesinaron a varios—, pero los españoles han sido quizás los únicos que han expresado con persistencia sus dudas acerca de si España debía de ser o no una monarquía». Señala el siglo xix como el más complicado de todos. Efectivamente, desde su nacimiento como nación en 1808, España no dejó de ver subir y bajar reyes del trono. La monarquía como institución no obtuvo el apoyo de las regiones y los partidos políticos, ni tan siquiera del pueblo. La inestabilidad política de la primera mitad del siglo desembocó en la Revolución de 1868, que forzó la abdicación de la hija de Fernando VII, la reina Isabel. Sin embargo, muchos de los que apoyaron su destitución continuaron insistiendo en la monarquía como la mejor defensa para la estabilidad del país y, en 1870, lograron traer a Amadeo de Saboya, que acabó abdicando también en 1873. La monarquía fue restaurada en 1874 con Alfonso XII, pero la Restauración no consiguió lograr la estabilidad política por la prematura muerte del rey. La larga regencia, encarnada en la viuda reina María Cristina, finalizó cuando Alfonso XIII asumió el poder en 1902, para tener que renunciar a él en 1931.

La abdicación de Alfonso XIII, como la de Isabel II, según Henry Kamen, estuvo provocada por acontecimientos políticos y «de ninguna manera —afirma— fue consecuencia de la impopularidad de la monarquía». «Las figuras políticas —reitera—, sin embargo, insistieron en sus dudas sobre la institución». Para reforzar todo lo que argumenta su convencimiento, trae a colación famosas citas de Ortega, de Azorín y de Manuel Azaña, en las que manifiestan abiertamente sus posturas hostiles hacia la monarquía. Estos sentimientos han proyectado su sombra sobre la vida política hasta los tiempos actuales. De hecho, tras la muerte del general Franco, en 1975, los demócratas tuvieron que atravesar una reevaluación dolorosa para aceptar el regreso de la Corona.

¿Fueron sólo los monarcas culpables? ¿Fueron los políticos y los generales —se pregunta el historiador— quizás aún más culpables? Su conclusión es que los políticos siempre se consolaron con el mito de que eran los representantes del pueblo, mientras que la monarquía, a su entender, no representaba a nadie. Esto les afianzó en la creencia de que los reyes debían continuar abdicando, por el contrario, ellos debían continuar en el poder.

Este libro destaca que la visión histórica dominante hasta entrar en el siglo xx es la de Modesto Lafuente, que parte de la premisa fundamental de una España arruinada por gobernantes extranjeros y sujeta al absolutismo. La solución estaba, lógicamente, en el rechazo a la monarquía foránea y el apoyo a las tradiciones democráticas esenciales de España. Kamen afirma que tanto conservadores, como Cánovas del Castillo, como liberales, como Azaña, se mostraron de acuerdo en que los últimos gobernantes Habsburgo fueron un desastre. «El mito del fracaso de la monarquía —resume— proyectó una sombra muy alargada sobre la vida política española desde el siglo xvii hasta el siglo xx». «El rechazo a la monarquía en el siglo xx —concluye— implicó un rechazo directo y consciente a los mitos asociados a ella». «Después de la muerte del general Franco en 1975 —remata—, los demócratas se vieron obligados a someterse a un doloroso replanteamiento que los llevó a aceptar el regreso de la monarquía». Y así concluye la historia de una compleja institución con casi seiscientos años de vida, repleta de luces y sombras, pero, según Henry Kamen, con más luces que sombras.