Esther López Calderón
Pipas
Pepitas de calabaza
208 páginas
POR MARTA ROJO CERVERA

Una ciudad de periferia casi al lado de una gran ciudad. Una zona de interior casi al lado del mar. Una sociedad casi moderna, casi contemporánea. Una clase trabajadora que casi se vuelve clase media. Una juventud que casi consigue vivir bien en la gran ciudad. Un entorno periurbano que, a ojos de hoy, casi es rural. Y, no como música de fondo sino como melodía principal de Pipas (Pepitas y Los Aciertos), el debut en la novela de la periodista Esther Calderón, el «crick crack» constante, machacón, empecinado, de un grupo de amigos que come pipas en el banco de un parque durante muchas tardes de muchos años. Que espera. Porque «hubo un tiempo en el que aburrirse en una ciudad de periferia era, aún sin saberlo, aún sin quererlo, preparar la rebelión». Una rebelión anunciada, predestinada, que casi lo cambia todo, eje de una novela-crónica o de una crónica-novela de la generación del casi.

No es Macondo, es Maliaño: «Una ciudad nueva, recién hecha, haciéndose». La ciudad a cinco kilómetros de Santander que alberga el aeropuerto, el centro comercial más grande de Cantabria y a casi 10.000 habitantes. «Imagina una ciudad sin belleza», escribe Calderón, una ciudad observada desde «ventanas con chorretes de lluvia como lágrimas negras» por el polvo industrial en las casas de periferia. Un escenario casi protagonista, que parece seguir una genealogía de clase obrera como la de Alana Portero y su La mala costumbre, la de Bibiana Collado y sus Yeguas exhaustas. Pero de nuevo solo casi, porque Pipas ofrece algo nuevo: una crónica de una generación entre los trabajos manuales y la universidad, entre la ciudad y el campo, clase media entre una vida segura y la incertidumbre.

Trabajar sentado

La observación de Esther Calderón bebe del periodismo, y por eso la novela se torna crónica, a veces casi reportaje sobre los años ochenta de las drogas, del triunfo del PSOE, de las primeras segundas residencias. Por eso, el lenguaje se mueve en olas, desde la neutralidad periodística —«más del 48 por ciento de los españoles que votaron en 1982, eligieron aquel 28 de octubre a Felipe»— hasta la musicalidad —«crick crack uno, crick crack dos, crick crack tres»—.

No es el sonido que escuchaban los abuelos de Mada, la protagonista, que tenían una aspiración para sus hijos: trabajar sentados. Los siguieron los padres de Mada, y los de Efrén, Chilo, Jana, Rosa, el Gallego, Gabi o Pruden, que tenían no una, sino muchas aspiraciones para sus criaturas. «La imaginación como un deber ser» convertida en infrecuente tema literario. Relata Calderón en su novela-crónica: «La primera generación de adolescentes nacidos en democracia tuvo el mandato de imaginar, pero no imaginar cualquier cosa ni de cualquier modo, sino aquello que serviría para encarnar los deseos frustrados de padres y abuelos». Padres y abuelos que «empezaron a tener hambre de conocimiento para otros, que eran ellos mismos pero con otro cuerpo».

Un tomate

Durante la pandemia, Mada vuelve a Maliaño desde Madrid, donde trabaja como periodista, donde se le prometió una vida nueva, una vida a la altura. Con ella, cientos, miles de personas dejan las grandes ciudades para refugiarse en sus pueblos y, con ese cambio de ritmo y de escenario, esa vida a la altura ya no está representada por una oficina. «Los adolescentes que comían pipas en los bancos tienen hoy un símbolo muy concreto, un tomate». Símbolo del éxito neorrural nómada. Pero en Pipas no hay estilización de lo rural, de los oficios del campo, del paisaje. Cómo podría, en una ciudad con «ventanas con chorretes de lluvia como lágrimas negras».

El bucolismo no está en los prados cántabros sino en el banco con las pipas, el grupo de amigos. La constatación del cambio, de que «no se mira igual de visita que conviviendo, y este cambio en la mirada es un duelo». Pero Pipas es también una crónica de la amistad, una dinámica tan difícil de narrar —bien— literariamente que se agradece la ternura con la que se refleja el amor, el dolor y la distancia de ese grupo de preuniversitarios que se hacen adultos separados pero juntos, que se tatúan unos a otros un símbolo de que la cosa va en serio, la mano de uno llevando la aguja sobre el dedo de la otra. Las dinámicas de ese grupo de amigos «comiendo pipas como una orquesta, un escuadrón de dragones con hambre». Un hambre que no sacian, pero casi.