POR VÍCTOR MANUEL RAMOS

Monterroso nació en Tegucigalpa. Aquí vivió hasta que alcanzó la adolescencia; luego se trasladó a Guatemala, donde se dedicó, fundamentalmente, a la lectura para consolidar su decisión de ser escritor, que ya había asomado en Tegucigalpa: «En la misma forma en que nací en Tegucigalpa, mi feliz arribo a este mundo pudo haber tenido lugar en la ciudad de Guatemala. Cuestión de tiempo y azar.» (1993, p. 15)1. Posteriormente, debe emigrar a México. Allí reside el resto de su vida, con un breve paréntesis durante el cual fue diplomático del gobierno de Árbenz, en Bolivia, y otro corto tiempo en Chile, exiliado con gran miseria. Se dice que antes de partir de Guatemala hacia la embajada mexicana en búsqueda de refugio escribió en una de las paredes de la ciudad «No me Ubico», en señal de protesta por la tiranía de Jorge Ubico, que le obligaba a migrar.

Y, ¿por qué hablar de Monterroso para un trabajo destinado a reseñar la literatura hondureña? Lo cierto es que tanto Honduras como Guatemala y México se han disputado el nombre de este destacado escritor, maestro de la brevedad, de la ironía y de lo insólito. Monterroso se consideró siempre guatemalteco. Y eso ocurre porque circunstancialmente vive en ese país –el de su padre y de sus abuelos paternos– cuando le llega la mayoría de edad y tenía, a la mano, los registros civiles que le concederían su nacionalidad guatemalteca: «De la misma manera, lo más probable es que mi nacionalidad fuera ahora hondureña si hubiera alcanzado la mayoría de edad en Tegucigalpa». (1993, p. 18). El mismo Monterroso escribió:

«Estoy convencido de que para quien en un momento dado, de pronto o gradualmente, decide que va a ser escritor, no existe diferencia alguna entre nacer en cualquier punto de Centroamérica, Dublín, en París, en Florencia o en Buenos Aires. Venir a este mundo al lado de una mata de plátano o a la sombra de una encina puede resultar tan bueno o tan malo como hacerlo en medio de un prado, en la pampa o en la estepa, en una aldea perdida de provincia o en una gran capital. El pequeño mundo que uno encuentra al nacer es el mismo en cualquier parte en que se nazca; sólo se amplía si uno logra irse a tiempo a donde tiene que irse, físicamente o con la imaginación.» (1993, pp. 16-17).

 

Fue Óscar Acosta quien comenzó a solicitar un puesto para Monterroso en la literatura hondureña. Esta labor la hacía a contracorriente, pues en una de las páginas de su autobiografía Tito recuerda que sus amigos se referían a Tegucigalpa llamándola «el culo del mundo» (1993, p. 94). Muchos catrachos, citadinos de la capital hondureña, consideran Tegucigalpa el ombligo de la tierra, y tal alusión de Monterroso es interpretada como un insulto imperdonable. A resultas de ese batallar, Óscar Acosta hizo que la Academia Hondureña de la Lengua, que dirigía con nuestro apoyo, propusiera tozudamente, año tras año, para Monterroso, el Premio Príncipe de Asturias, que le conceden en el año 2000. Más tarde, con la misma insistencia, hace que el Rector de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán UPNFM, Ramón Ulises Salgado, le otorgue el doctorado honoris causa, y que se nombre una comisión, de la cual formé parte, para viajar a ciudad de México y entregarle la medalla y el diploma en un sentido acto que se realizó en la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de México. Horas después, un inolvidable encuentro tendría lugar en la sede de la Embajada de Honduras y es ahí, precisamente, cuando Monterroso vuelve a pisar tierra hondureña, desde que a los quince o dieciséis años abandona Honduras para establecerse en Guatemala. En esa ocasión también, en mi calidad de director de la revista de la Universidad de la UPNFM, le dediqué un número monográfico con ilustraciones de Dino Fanconni, quien dirigía la Escuela Nacional de Bellas Artes de Tegucigalpa. Pero el deseo de recaptura de ese nombre trascendental de las letras no concluye con estas acciones. La misma UPNFM crea la Cátedra Augusto Monterroso y con tal fin se edita, con bellas ilustraciones y tapa dura, la más singular edición de El dinosaurio; el trabajo estuvo a mi cargo, con la cooperación de Wilfrido Corral y de Lauro Zavala, ambos eruditos monterroseanos. La cátedra nunca llegó a inaugurarse, pues Tito falleció y no le fue posible volver a Honduras. Tampoco se logró editar el libro de Wilfrido Corral sobre Monterroso, ya que la UPNFM decide clausurar la editorial, que yo dirigía. Mi esfuerzo llegó a un nuevo número monográfico de la revista con motivo de su óbito. Tiene justa razón ese jaleo por la pertenencia de Tito, porque de la misma manera podemos decir los hondureños que el Popol Vuh igualmente pertenece a Honduras, a Guatemala y al México maya. Todos estos intentos de volver a Monterroso a su casa primigenia cayeron en el olvido hasta que hoy, nuevamente, gracias al impulso de Rolando Kattan, se retoma esta iniciativa. Y nada mejor, repito, que con el libro autobiográfico Los buscadores de oro, porque es en él donde Tito nos cuenta sus no tan memoriosos recuerdos de los primeros años de su vida itinerante entre Honduras y Guatemala, pero con más permanencia en Honduras. Aunque en ese libro Monterroso declara solemnemente que él es guatemalteco –«Soy, me siento y he sido siempre guatemalteco» (1993, p. 15)–, reconoce que su «nacimiento ocurrió en Tegucigalpa, capital de Honduras, el 21 de diciembre de 1921». (1993, p. 15).

Bien, el asunto es que ahora me he puesto en un apuro, como Lope cuando se propuso hacer su soneto (Un soneto me manda hacer Violante / que en mi vida me he visto en tanto aprieto), porque si a Rolando le han pedido un dossier sobre la literatura hondureña, él me pide que escriba, para esa tarea, un trabajo sobre Monterroso, más concretamente sobre Los buscadores de oro. Precisamente porque en ese libro – ¿una breve novela, una autobiografía, una minificción?– Tito narra, con la misma precisión y el mismo ahorro de palabras, su etapa de hondureño en el seno de una familia integrada por un padre guatemalteco y una madre hondureña ligada a las altas esferas del poder. Monterroso escribe este libro en los últimos años de su vida.

¿Cuáles son, entonces, los signos de hondureñidad que encontramos en esas páginas?

En el libro, Monterroso nos declara su afecto por Tegucigalpa, que fue «acrecentándose con el paso de los años» (1993, p. 18) Lo cierto es que Monterroso no volvió a Honduras desde que partió, en plena adolescencia, a Guatemala, donde le tocó llegar a la edad en que debía inscribirse como ciudadano, a pesar de que tuvo oportunidades de volver a la tierra en que nació, como cuando la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán le distinguió con el doctorado honoris causa. Sin embargo, aunque afirmó, en no pocas ocasiones, su pertenencia a Guatemala, no fueron menos en las que mostró una inseguridad respecto a tener o no una nacionalidad: «no-sí guatemalteco, no-sí hondureño, no-sí mexicano» (1993, p. 75).

Por el lado paterno, su padre era hijo de un general guatemalteco que quizá tuvo aspiraciones presidenciales, razón por la que podría haber muerto envenenado. Por el lado de su madre era pariente de un presidente de la República, de tal suerte que su familia en Tegucigalpa vivía muchas comodidades. Su padre era un bohemio, dueño de imprentas, amante de las letras y de la música y editor de periódicos y revistas. La casa tegucigalpense, que Monterroso describe con algunas lagunas de memoria, era un centro de atracción para muchos escritores y artistas hondureños y extranjeros. Entre los que recuerda en sus páginas: el fabulista Luís Andrés Zúniga, el poeta Froylán Turcios, el colombiano Porfirio Barba Jacob. Ahí también se enteró de los personajes y héroes favoritos de su padre, que igual eran los suyos: «De Puccini: Mimí y Rodolfo, de Massenet: Manón… Violeta Valéry de Verdi o Andrea Chenier de Giordano».

Lo cierto es que Monterroso fue, durante su infancia, un trashumante entre Guatemala y Honduras, circunstancia que le condujo a que en su mayoría de edad no lograra tener recuerdos claros de su lejana infancia y del entorno en que se desarrolló. Todo porque, en ambos países, su padre fue objeto de persecución política por parte de las dictaduras. En Honduras incluso le fue decomisada su imprenta y adjudicada a la Tipografía Nacional. Pero del tiempo de esta trashumancia, la mayor parte perteneció a su estancia en Tegucigalpa, donde su padre amaba la vida bohemia y en contacto con los amigos, con quienes hablaba de «versos, teatro, novelas, ópera, zarzuela, opereta, pintores, músicos, escritores, toreros y tonadilleras: en persona, en discos, en libros, en película o revistas y periódicos de México, Buenos Aires o Madrid» (1993, p. 96). En esta ciudad, casi rural entonces y desordenada hoy, Vicente Monterroso falleció en 1938, no sin antes dilapidar la fortuna de su mujer Amelia Bonilla en francachelas, patrocinio de óperas y en la edición de revistas literarias.

Son, indudablemente, estas circunstancias las que conducen a Monterroso a la decisión de ser escritor: el influjo de las lecturas y el ambiente de bohemia literaria y musical que se vivía en su casa y la orientación que hacia la lectura le dio uno de sus maestros de escuela, de quien no recordará su nombre, pero al que sí le agradece haberlo inducido en las primeras lecturas de poesía y ensayo, más las lecciones de música, que se sumaban a las lecturas y clases de piano que habitualmente hacía en su casa: «Mi madre fue una buena lectora entonces y hasta el final de sus días, lectora de poesías y de novelas. En mi infancia me enseñó el poema Nocturno a Rosario, del poeta romántico mexicano Manuel Acuña, y a ella le debí más tarde el descubrimiento de Las almas muertas de Gogol, La aldea de Stepanchikovo de Dostoievsky, y la afición a Los papeles del Club Pickwick de Dickens» (1993, p. 97). El padre, por su lado, intentó hacer de sus hijos virtuosos instrumentistas. El maestro de música llegaba a su casa para hacerle aprender a tocar el chelo, pero el alumno prefería escaparse hasta las riberas del río a someterse a los rigores del aprendizaje musical. Don Vicente comprendió su error y permitió que sus hijos abandonaran los estudios musicales.