Juan Mattio
Materiales para una pesadilla
Caja Negra Editora
360 páginas
POR MATÍAS NÉSPOLO

Imagino esta novela como un agujero negro capaz de absorber toda la luz y la materia que danza a su alrededor y que en esa tarea de desintegración y velocidad gana lo que podríamos llamar, si fuera necesario, su única función social.

La ausencia de comillas de esta frase que funciona como una definición bastante acertada es adrede. No es mía, pero la asumo como propia. Incluso no solo imagino el agujero negro, sino que lo experimento, porque a la velocidad con la que engulle todo lo que le rodea, también desintegra mi capacidad de análisis. Y de todos modos, lo intento.

La definición sin comillas es un apunte del narrador (p. 247), uno de tantos y cada cual más endiablado, cuando el agujero negro apenas se perfila como una mera potencialidad informe al borde del colapso. Parecería que el habitual recurso de la mise en abîme del proceso de escritura, más que necesario o consustancial al relato, aquí es el único posible porque quien asume la tarea de codificarlo —como ninguna palabra es inocente en esta obra, tampoco lo serán en su crítica— no cuenta más que con fragmentos, escombros o desechos… ¿Acaso disponemos hoy de alguna otra cosa con la que hacer literatura?

«Método de trabajo: montaje literario. No tengo nada que decir. Solo que mostrar. No hurtaré nada valioso, ni me apropiaré de ninguna formulación profunda. Pero los harapos, los desechos, esos no los quiero inventariar, sino dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos». La programática de Walter Benjamin, su viejo sueño, oficia de epígrafe, tras otro brevísimo y quizá un tanto más hermético de Ricardo Piglia. Sólo con estos dos nombres, a pesar de la profusión de referentes reales y ficticios, ya tenemos unas buenas coordenadas de lectura. En ese sentido, la honestidad del autor, no ya del narrador, es meritoria: muestra su juego desde la primera página. No va de farol ni hay una sola carta marcada en su baraja, aunque resulte más inquietante que la de un Tarot embrujado. Y pese a todo, gana la partida, ya lo anticipo.

La tentación aquí es continuar este texto, como lo quería Benjamin, enhebrando citas, fragmentos, pedazos rotos y naipes monstruosos a la manera de un centón, pero a riesgo de que la desorbitada gravedad del agujero negro se trague también el brillo de toda esquirla dejando al lector a oscuras. Por eso me resisto a la tentación y ensayo en cambio una explicación más ortodoxa.

El agujero en cuestión es Materiales para una pesadilla, de Juan Mattio (Buenos Aires, 1983), la obra ganadora del Premio Filba-Medifé a la mejor novela publicada en Argentina en 2021, que ahora recupera el sello Caja Negra en edición española. El jurado, compuesto por María Teresa Andruetto, Fabián Casas y Mariana Enriquez, y la crítica en su momento destacaron la factura y la ambición de una obra que rebasaba con creces el programa distópico de la ciencia ficción o el marco genérico del cyberpunk. Pero sospecho que lo mismo podría decirse del policial, de la novela psicológica y de los encuadres habituales de la literatura mimética, o incluso de la especulación filosófica, porque lo primero que atrapa en su voracidad este agujero negro es la escasa luz que puedan arrojar a la lectura etiquetas y géneros.

Más bien diría que Materiales para una pesadilla es a la ciencia ficción y al cyberpunk lo mismo que Respiración artificial a la novela histórica y epistolar. Y tuerzo aquí con toda intención la referencia explícita a La ciudad ausente, en cuya alienante y perversa máquina de narrar está claro que se inspiró Mattio, porque encuentro la primera novela de Ricardo Piglia mucho más ajustada a la transgresión y al alcance de su propuesta.

Esta novela, como aquella, también trabaja en dos tiempos. El presente del relato transcurre entre 2036 y 2040. Es el tiempo de la escritura que el narrador asume como un el mandato incuestionable. Reúne, clasifica y ordena los materiales que le legó Katy, una vieja amiga o quizá un gran amor cuya vida dedicada a la investigación en el Departamento de Cibercultura de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires interrumpió la enfermedad. Son los escombros o desechos que mencionábamos: una ingente cantidad de archivos informáticos, incontables fichas bibliográficas, viejos documentos desclasificados e infinidad de anacrónicas cintas magnéticas. Y mientras el narrador lidia con esa caótica vorágine documental atravesada por la ausencia y el doloroso recuerdo de Katy; Haruka, una célebre programadora japonesa hackea el Treffen, el omnipresente y omnívoro mundo de realidad virtual que ayudó a crear, para acceder a una oscura dimensión digital bautizada como Die Toteninsel donde los muertos, como avatares o complejos bots, disponen de una verdadera second life. Incluso la programadora, desde la clandestinidad, interviene su propio cuerpo y se fusiona con la máquina para instalarse de manera irreversible en esa híbrida sobrevida electrónica.

Parece una pesadilla, es cierto, pero en rigor ella transcurre en el pasado, en la otra dimensión de la novela, entre el golpe militar de Videla de 1976 y los primeros años de la democracia. Hasta allí se remonta la investigación de Katy, cuando un grupo de escritores, lingüistas, psicólogos y programadores al servicio del terrorismo de Estado crearon Hermes, una insomne máquina de escuchas telefónicas capaz de detectar la disidencia política para su exterminación. Los ominosos avances teóricos y científicos de aquel grupo de investigadores al servicio de la muerte perdurarían bajo el membrete de la Escuela Argentina, cuyas aplicaciones y descubrimientos resultarían cruciales más de medio siglo después para Haruka. Un nexo que hace a la intriga quasi policíaca de la novela del que no conviene revelar aquí mucho más.

En todo caso, lo más aterrador del asunto no es la profusión de escalofriantes historias de la represión en los años de plomo, más reales que soñadas, ni la espiral de paranoia sobre el que se construye la novela. Máquinas como Hermes o como la de Piglia en La ciudad ausente en realidad existieron. Fueron las precursoras de las que hoy generan fakes, conspiraciones y relatos alternativos o de las que nos escuchan en el móvil para saciar instantáneamente nuestro deseo consumidor. La tecnología no es ni buena ni mala, es política, dice a menudo Juan Mattio parafraseando a Hellen Hester, y eso es todo.

Tampoco lo más inquietante del caso es nuestra perversa relación con la muerte en la era virtual, cuyos atisbos de tecnopaganismo o esoterismo tecnológico ya son visibles. La verdadera pesadilla de la que no podemos escapar, pareciera plantear Mattio con esta obra, es el lenguaje. El código lingüístico que nos precede como un espectro del pasado y habla por nosotros, con nuestras propias palabras, al igual que el informático. La prosa de Estado reforzada y mejorada en el estado de la prosa con cada nueva actualización del software.

Las reflexiones que propone la ficción en ese sentido en torno a las teorías de la Escuela Argentina son tan fascinantes como monstruosas. Desde la concepción de Burroughs del lenguaje como un virus que se transmite de un hablante a otro (de un ordenador a otro), o mejor, como un parásito que se alimenta de su huésped, al derrumbe de la wagneriana casa del Ser de Heidegger, de la que solo seríamos miserables inquilinos y a un precio atroz, pasando por la turbadora hauntología de Derrida en la que cada fantasmagórica palabra ya viene cargada de sangre, violencia y abyección, ya que con esas mismas palabras que usamos a diario nos hablan, a través de ellas, los muertos. Aquello de Adorno de la imposibilidad de la poesía después de Auschwitz, pues eso: «Y piensa, entonces, en un lenguaje dentro del lenguaje donde la historia social aparece como encriptada, un lenguaje que habla en el lenguaje y dice lo que nadie se atreve a decir, pero todos oyen. Entonces ahí él concluye que el secreto es imposible, que todos sabemos todo porque si estamos dentro del lenguaje toda la experiencia social ya está en nosotros» (p.252).

El mal habita en el lenguaje pues, esa es nuestra pesadilla. Puede que Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas llevara razón y solo se trate de un juego, con sus múltiples variaciones. Solo hay que aprender a jugarlo. Pero ¿qué sucede cuando el código ni siquiera nos necesita porque se replica y autogenera por sí solo? ¿Qué pasa cuando el lenguaje juega al solitario como una máquina autónoma? En definitiva, ese es el horizonte que se abre ahora con la IA. «Una máquina intangible, hecha por escritores […]. Una máquina que es el lenguaje mismo y de la que no se puede salir» (p. 359).

Para sosegarnos el narrador de esta novela nos recuerda que la máquina aún no dispone de un inconsciente ni de historicidad, pero igualmente sigue jugando. Y ya nos venció al ajedrez y al Go. Quizá sea una cuestión de tiempo. Este es el abismo o el agujero negro al que nos asomamos con Materiales para una pesadilla y el panorama resulta desolador, aunque de momento, repito, la literatura gane la partida.