No será un caso excepcional, y un anarquista como Enrique López Alarcón (Málaga, 1881-La Habana, 1963), nada más llegar a Cuba, publica un poemario titulado Soy español. Madrigales y otros sonetos, donde transmite, desde el primero de los sonetos, que da título al libro y que tuvo un eco notable, la más tópica imagen del caballero español de los Siglos de Oro: «Luzco del mundo en la gentil pavana, / junto al recio tahalí de mi tizona, / una cruz escarlata que os abona / mi abolengo de estirpe castellana. // Llevo en los hombros ferreruelo grana, / guío el mostacho a usanza borgoñona / y mi blanca gorguera se almidona / bajo mi crespa cabellera cana. // Tengo cien lanzas combatiendo en Flandes, / mil siervos en la falda de los Andes, / calderas y pendón, horca y cuchillo, / un condado en la tierra montañesa, / un fraile confesor de la condesa, / diez corceles, cien pajes y un castillo». Y todo ello sin rastro de ironía, como se puede comprobar en el resto de poemas de este libro que transmiten una imagen idealizada de ese pasado imperial.

Desde Inglaterra, y también en fechas muy tempranas, escribió Pedro Garfias (Salamanca, 1901-Monterrey, México, 1967) el que quizás sea el mejor poema del destierro, Primavera en Eaton Hastings. Poema bucólico con intermedios de llanto (1939). Garfias fija en versos memorables tres tópicos que se repetirán, con mayor o menor fortuna, en innumerables poetas exiliados: el recuerdo de España y sus paisajes, evocados en la lejanía («Porque te siento lejos y tu ausencia / habita mis desiertas soledades / qué profunda esta tarde derramada / sobre los verdes campos inmortales»; «Hoy que llevo mis campos en mis ojos / y me basta mirar para verlos crecer / siento vuestra llamada»); la primavera, que hace soñar con el paisaje español vuelto a la vida, suscitando, inevitablemente, esperanzas de revitalización en el exiliado («Pulsan las finas cuerdas del silencio / tus voces y los pájaros locuaces; / el cielo en plenitud abre sus venas / de calurosa y colorada sangre / ¡y alza mi corazón su pesadumbre / como un nido de sombras un gigante!»); y la oposición entre el afortunado y flemático pueblo inglés, «que cuida con ternura franciscana sus flores / sus aves y sus peces y esclaviza a la India», y la pasión desgraciada de España, representada como madre: «Aunque el silencio cruja y se despierte el cisne […] / mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando / mi llanto de becerro que ha perdido a mi madre». En los versos finales, la primavera queda oculta por las sombras, entre las cuales el poeta convoca a sus compatriotas, tanto los vivos que quedan en la «España muerta» dominada por el fascismo, como los muertos caídos por la República: «La primavera rápida se esquiva, / se rompe en mil pedazos […] / Yo quedo sobre un monte de tinieblas / aullando al horizonte de mi vida. // Después de todo, qué; por qué no recordaros, / vosotros que conmigo compartisteis / la lluvia y el espanto? / De vuestra sencillez sabe esta agua, / de vuestra dignidad sabe este árbol. / Acaso vuestros rostros en borrasca / rimaran mal con este culto prado: / pero también su cultivado césped / lo ha sido por las manos. / Hombres de España muerta, hombres muertos de España. / ¡Venid a hacerle coros a estos pájaros!».

La contraposición enunciada por Garfias reaparecerá de modo llamativamente recurrente en la visión de España desde el exilio. El hispanista holandés habló al respecto de «arielismo», recordando la oposición entre el materialismo anglosajón y la espiritualidad hispana que desarrollara José Enrique Rodó en su ensayo Ariel (1900). Ésta será reivindicada directamente por Roque Nieto Peña (Palencia, 1910-Alicante, 1996) en Retorno de Ariel. Viejos y nuevos poemas (1968), no por casualidad escrita en Puerto Rico, donde «el torvo Calibán» (25) del utilitarismo yanqui se enfrenta al soñador Ariel, cuyo retorno se implora en un libro ensalzador de lo hispano desde un verso e imaginerías declaradamente clásicos, como en su «Canto a mi tierra», donde expresa la nostalgia del sobrio campo castellano frente al abigarrado trópico: «Ya mis ojos cansados / de tanto deslumbrante colorido, / anhelan la llanura de grises acerados / con sus lentos crepúsculos dorados».

Así, desde muy pronto se opone una España hecha de valores espirituales a la España que han tenido que abandonar, y aquélla se considera inmaculada a pesar del triunfo de Franco. La primera de estas oposiciones es omnipresente en Gibraltares. Poemas en sonetos (1954), de José Álvarez Santullano (Badajoz, 1901-La Habana, 1965), quien desde su exilio en Cuba sufre con indignación la instalación de bases norteamericanas en su patria. De ahí el título de su libro, en el que iguala la colonización británica del Peñón con la estadounidense de España: «Un Gibraltar inglés y yanqui el otro; / con el mismo lenguaje igual verdugo; / del tormento extranjero atada al potro». Álvarez Santullano denuncia lo que considera un robo de siglos, con una retórica tradicional no muy distinta a la que se difundía bajo el régimen: «Te robaron a España. Desalmada / fuiste quedando, deshumanizada […] / sin los dioses de otrora, sin las cruces / de Cristos castellanos y andaluces / que por ritos británicos reemplazas». Se llega incluso al tópico antisemita, cuando se describe Gibraltar como «habitáculo hoy de judería / que únicamente al oro no hace asco». La «pobre Iberia mía», tierra indómita de espíritu, ha sido convertido en un «coto bancario, / altar mayor del dólar adorado / como dios», en un «nidal de buitres financieros», todo ello bajo la férula de un «nazi ahora democratizado / en la sede del Pardo falangista». Con toda la desesperación que esta sumisión de un imperio odiado le provoca, Álvarez Santullano aún mantiene esperanza en su pueblo, y así, declara a su patria: «Gibraltaria pudiera ser tu nombre / por gibraltarizada y mal vendida / si no fuese por tanta y tanta vida / de libertad promesa y de renombre». Pues, aunque «sepultada» perviviría allí una «española conciencia diamantina» que habrá de alumbrar algún día «la libertad viva y sagrada». Se mantiene esa esperanza, la de un pueblo que, aunque acallado por la fuerza, incuba en sí la rebelión: «Todos los Gibraltares carceleros / ha de quebrar el pueblo maniatado; / ese suelo español hoy subastado / redimirán patriotas verdaderos». Sobre todo en los estudiantes y obreros se cree atisbar la necesaria combatividad y así se invoca: «Son tus gentes, España, guerrilleros / agónicos de fe».

En el ya mencionado Por el amor de España y de la idea (1956), José Antonio Balbontín, refugiado en Gran Bretaña, presenta una visión de España como quijotesca y espiritual. Así, en su soneto «Antimercantilismo», frente a un mundo que adora al «dios Mammón», donde «todos hablan de cuentas y negocios; / de conquistas de tierras y veneros; / de carbón, de petróleo y de dineros / mal adquiridos en boyantes ocios», se reclama a su patria: «¡Alza tu voz, bramante de querellas / divinas, a la luz de las estrellas, / España mía, noble y tierna España!» Como en Cernuda, el destierro en un país como el Reino Unido reforzará el patriotismo de Balbontín, desbordado en sonetos como «Españolismo»: «Yo sé que España morirá algún día / como se mueren todas las estrellas. / Todas las cosas, hórridas o bellas, / viven desde el nacer en la agonía. // […] Todo es fugaz cual gota de rocío. / La vida es mucho más banal que el río / de Manrique. Pero una angustia extraña, // que no piensa ni mide porque es pira / de amor y de pasión, me inflama en ira / cuando alguien habla de matar a España». El autor madrileño llega a terminar su soneto «¡España!» con un endecasílabo compuesto por la quíntuple imprecación, que opone a quienes ensalzan a «Yanquilandia», Inglaterra, Francia, o Rusia: «Y uno, que sabe que su patria quiso / crear un fraternal mundo indiviso, / por el milagro de una inmensa hazaña, // alza a los cielos su pendón y grita, / frente a la mascarada troglodita: / “España, España, España, España, España!”».

Con todo, Balbontín marca, por ejemplo en su soneto «Nuestra España», las diferencias frente al patrioterismo franquista: «No lucharemos nunca por esa España odiosa, / que se hizo vieja a fuerza de pecar contra el día / […] Lucharemos por una nueva España luciente / como rayo de estrella, como arpegio de fuente. / Por una España limpia, como alegre alborada». Y en «La tradición» afirma que «la tradición de España es una inmensa / sed de futuro. Llama clara y pura, / más fulgurante cuanto más se apura; / pasión más limpia cuanto más intensa». Al margen de cualquier rigor historiográfico, se presenta una «España inmemorial» que «precede a Cristo / y a Moisés y a Mahoma» que el autor define de modo impreciso pero apasionado como «algo mixto / de Mithra y Buda. Plácele, ante todo, // no arrodillarse ante la sombra ignota, / sino encender la propia carne rota, / crear a Dios purificando el lodo». Obsesión de todo desterrado es la muerte lejos de su patria y así, en su penúltimo soneto, «Testamento», con ecos unamunianos: «Si muero un día en suelo estrafalario, / llevadme al sol de mi Castilla amada. / Me bastará una peña por almohada, / y un ramo de tomillo por sudario», aunque ello sólo si España ha reconquistado su libertad: «Seré feliz entre mis claros trigos / con tumba libre. En otro caso, amigos, no perturbéis la calma de mi sueño. // Dejad que me disuelva en tierra extraña, / como simiente en yermo berroqueño. / Sin libertad, España no es mi España».

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