Juan Carlos Agüero
Persona
Comisura
192 páginas
POR MARÍA ALCANTARILLA

«Me fui de allí como se van los extraviados de los sitios que han confundido torpemente con los suyos o donde han ido a parar de puro desnortados», nos descubre el argentino Kovadloff en Noticias del reencuentro, los sueños y el olvido. Y vuelvo a él porque en Persona es Juan Carlos Agüero quien se entrega a una exploración profunda y desarmada de la memoria, situándose en un territorio inestable marcado por una herida que no cicatriza, un cuerpo como guardián de un puñado de secretos y un lenguaje que apenas alcanza para rozar lo que aún escuece. Porque su escritura, fragmentaria y tensa, convierte lo memorialístico en un espejo roto donde cada astilla refleja un tiempo distinto, una voz que retorna o una deuda pendiente. Y esa memoria fisurada no es solo una estructura formal sino el principio vital de este libro, como si el pasado fuera un sueño recurrente del que no se puede despertar, un círculo que aprieta más que consuela. El narrador sabe que liberarse de él implica mirarlo de frente, aunque eso signifique perderse en él. Sin embargo, esta misma repetición también guarda un gesto ético: Persona, como toda buena literatura, no busca la catarsis sino la comprensión.

El cuerpo entonces no se representa, se encarna, y esta corporalidad tangible que resiste dialoga además con otra dimensión: la política. Agüero, hijo de militantes revolucionarios asesinados en el conflicto interno peruano, escribe desde una conciencia aguda de lo que significa habitar un cuerpo inscrito en una historia de represión. Pero lejos de construir un alegato, su obra se torna reflexión universal sobre lo que realmente significa el ser encarnado cuando el mundo insiste en despojarnos del nombre, del rostro o de la memoria. La familia se presenta, por tanto, como la primera historia jamás escrita, ese relato fundacional que todos heredamos sin elección posible: el pasado familiar es un archivo abierto, lleno de huellas en movimiento que se reescribe a medida que se recuerda. Y esta herencia familiar se transmite, también, desde el lenguaje. La escritura en Persona intenta reproducir el modo fragmentado, contradictorio y pausado con el que se cuentan las historias dentro del hogar. Una suerte de oralidad íntima es la fuerza de un libro que no construye monumentales memorias colectivas, sino que rescata la textura viva de la experiencia, haciendo que el lector se convierta en arqueólogo, armando el sentido con piezas dispersas y sabiendo que el resultado nunca será total.

En cuanto a su dimensión onírica, es otro rasgo notable. Los sueños no se presentan como mecanismos evasivos sino como forma de conocimiento, como esos espacios donde el cuerpo y la memoria se comunican en un idioma gobernado por el deseo y por el temor. Ahí regresan los muertos, el pasado toca el presente, lo reprimido encuentra cauce y el yo narrador se mantiene en el límite entre el insomnio y la vigilia —carne y sombra—. Esta cualidad casi mística impregna el libro de una elegante meditación sobre la identidad como una leve sucesión de presencias y ausencias. Ser persona es, por tanto, ser también esa resonancia, ese eco de voces que no siempre son nuestras.

Y, con todo, Agüero no ofrece redención sino una forma de ternura: quien sabe que no puede recomponer el pasado lo acaricia con palabras. Persona es un acto de amor por la fragilidad, la memoria incompleta y el cuerpo que tiembla sin olvidar el presente desperezándose. Más que un libro personal, esta obra se erige como un territorio donde se recomponen lo vivido y lo heredado desde el reconocimiento profundo. El libro, por tanto, desafía las formas tradicionales de representación de la violencia convocando a una multiplicidad de lenguajes desde el ensayo, la poesía fragmentaria hasta imágenes y documentos capaces de abrir espacios para una ética de escucha activa y vulnerable que rechaza simplificaciones o relatos hegemónicos.

«Volver al pasado, volver al pasado en sentido estricto es decidirse a soportar la experiencia del propio anonadamiento. Ese que resulta del encuentro con las cosas equivocadas, que no son otras que las que alguna vez fueron nuestras», concluía Kovadloff. Y es que, en Persona, el lector es invitado a asumir la complejidad de una memoria siempre abierta, donde el cuerpo se vuelve testigo vivo y la familia el primer relato que debemos, no sólo revisar sino también confrontar. La memoria es, por todo, un proceso activo y necesario para reconstruir la relación con el pasado y con los otros, siempre bajo la sombra viva de una suerte de esperanza que aún quiere descubrir su rostro.