Ramón J. Sender
Nocturno de los 14
(Prólogo de Juan Marqués)
Amarillo editor
360 páginas
POR ERNESTO PÉREZ ZÚÑIGA

Sender es uno de los grandes novelistas del siglo XX en lengua española. Su ámbito creativo, propiciado por el exilio en EEUU tras la guerra civil, excede la literatura peninsular también por razones literarias. La variedad y ambición de su obra, continental, podría decirse, le abre el espacio de la narrativa americana, al que él contribuye con obras decisivas, como El epitalamio del Prieto Trinidad (Destino, Barcelona, 1966), con ecos evidentes del Valle-Inclán de Tirano Banderas. No es casualidad que el primer libro que accedió a publicar en España, después de la guerra, estuviera dedicado a su maestro, con el que, de joven y absorbiendo sus palabras, paseaba por la calle Alcalá: Valle-Inclán o la dificultad de la tragedia (Austral, Madrid, 1965), pues seguía dialogando con él en el prólogo que le dedicó a su edición neoyorkina de las Sonatas en 1961.

Sender aprendió la lección estética de Valle-Inclán, y la expresó siempre a su manera, usando solo los hilos que le servían: los títeres en la mansión de El rey y la reina (1948): la Sonata de primavera en el comienzo de las Crónicas saturnianas (1970), y, desde luego, este Nocturno de los 14 (1969 y 1970), que parece poner en práctica la doctrina que Valle-Inclán expresa en Los cuernos de don Friolera (1921): «Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse la historia de los vivos».

Es justo lo que ocurre en esta novela recuperada por Amarillo con un prólogo muy estimulante de Juan Marqués, quien recoge una entrevista del año 1969, en la que Sender afirma que «el mejor estilo es el que no se percibe». No deja de ser paradójica esta afirmación, pues Sender lo cambiaba de novela a novela a lo largo de su abundante obra: qué diferente es la prosa «prieta» y poética del Epitalamio, o de su primera novela, Imán (1930), del estilo de este Nocturno de los 14, escrito en un tono desenfadado y en primera persona, lleno de humor y de algunos anglicismos del habla de la ciudad y del apartamento de New York, donde la novela sucede.

La voz narradora, que se abre con un capítulo 0 que es la novela completa y que hace un guiño jocoso al infinito, es anfitriona y testigo de una suerte de fiesta de muertos. Al apartamento de Nueva York van acudiendo suicidas o sospechosos de haberse suicidado, algunos conocidos del Sender real (Pedro en la novela), otros imaginados, con los que el novelista hace repaso precisamente de sus fantasmas: los que habitaron la guerra civil, sus experiencias amorosas, la soledad o la literatura, representada por un exitoso Hemingway, al que el autor le lee las cuarenta.

«Así como en los grandes ríos hay remansos donde se ahoga la gente, en la historia hay rincones (casi siempre al final o comienzo de los siglos) donde se suicida la gente», escribe el narrador-anfitrión que va recibiendo y dialogando con los los suicidas. Y entre todos van intentando comprender esa historia del siglo XX rota desde sus inicios por la energía sísmica del idealismo contra el fanatismo («Sabía Fabián que a la mitad de sus amigos los iban a matar en nombre de una España u otra»), y que avanza por los vericuetos encendidos de las relaciones humanas, con la literatura como el lugar más propicio para la comprensión de la realidad. «La luz en la que nos movemos ahora es la misma luz que ilumina el paisaje de vuestros sueños», afirma uno de los personajes.

Esa luz, entre la memoria y la invención, hace que el lector se mueva entre un aire onírico y otro testimonial y jocundo, lleno de aforismos, conversaciones y reflexiones que concentran la experiencia de Sender, el cual parece anticiparse a nuestro mundo: «Si las máquinas electrónicas (computadoras, etc.) escriben un día libros, lo harán a la manera de Hemingway, es decir, con una eficiencia mecánica que actúa infaliblemente ante una realidad dada». Más quisiéramos.

Con este Nocturno del 14, Sender volvió a romper los esquemas de su propia narrativa, mostrando un diálogo de muertos que hacen recuento del pasado como si estuviesen más vivos, incluso, más vivales que nunca. Desde la distancia. Como quería Valle-Inclán: «Desde la otra ribera». Donde la narrativa de Sender vuelve a reivindicar su actualidad.