
Robert Juan-Cantavella
Detente bala
Editorial Candaya
432 páginas
Hay una narrativa, en España, moderna y de corte experimental (ahí aparecen autores como Agustín Fernández Mallo, Jorge Carrión, Javier Calvo y Vicente Luis Mora, entre otros) y en la que Robert Juan-Cantavella (Almassora, 1976) aparece como uno de sus más exquisitos exponentes. Una narrativa hecha de una escritura más o menos transgresora, lejos de toda manera clásica, fuertemente simbólica y que coquetea con otros recursos, con otros géneros y discursos para ofrecer una obra donde lo que es serio se entremezcla con lo que es absurdo y lo que es culto con la cultura popular, sin necesidad de caer, por ello, en un realismo chato, representativo, que intenta mostrar lo que se supone que es la realidad.
Autor de las novelas Otro (2001), El Dorado (2008), Asesino cósmico (2011), Y el cielo era una bestia (2014), además de los relatos de Proust Fiction (2005) y el libro de poemas Los sonetos (2011), Robert Juan-Cantavella presenta ahora Detente bala, una novela que funciona como novela, en el sentido de que hay una historia que se cuenta, pero que también funciona como un artefacto literario, pues se trata, de algún modo, de exponer algunas ideas relacionadas con la copia, el plagio y con la literatura universal. Todo, además, en un juego creativo, repleto de imaginación, y, eso sí, sin un toque de verosimilitud, pero iluminando la realidad con una mirada extraña y hacerla, así, otra realidad, tan cercana como ilusoriamente desconcertante.
La novela se centra en un tal Franco Piatkum, un hombre que nació y creció en Toledo, que vivió en Barcelona y que ahora se encuentra, al final de sus días, al borde del delirio o en el delirio mismo, en Vulturó. Es raro Piatkun: desciende de una estirpe de ciclistas, tiene con su madre una relación tensa, compleja, tirante, fue monaguillo en su infancia y, según dice, el único monaguillo que una vez bailó música disco. Y eso no es todo. Porque Franco Piatkum también fue otra cosa: un «actor de novela», un oficio en el que los escritores, como los directores de cine, contratan actores y actrices para escenificar sus historias y escribir sus, más que novelas, sus «novelajes».
Así, a través de diez cartas y de algunas notas y apuntes, Piatkum se comunica con escritores muy diversos (desde Laurence Sterne hasta Edgar Allan Poe, pasando por Herman Melville, Robert Louis Stevenson, Nikolai Gogol, Alexander Pushkin y siguen las firmas…) y con directores de cine como Werner Herzog y Segundo de Chomón, y con quienes establece un diálogo imaginario (ya que Piatkum carece de respuestas) y en el que se entrecruzan los libros, los escritores, los personajes de ficción, la imaginación, lo real, las historias, las novelas y, por sobre todas las cosas, la vida misma de Piatkum.
La apuesta de la novela, su juego invisible, más allá de todo, consiste en mostrar que el plagio en la literatura, sino es una condición suficiente, es al menos una condición necesaria para su propia supervivencia. Porque lo que intenta demostrar Piatkum en su delirio es que los escritores, a lo largo de la historia, han ido robándose trucos, motivos, escenas los unos a los otros. No por el mero afán de delinquir, sino porque la historia de la literatura, como escribió Borges que escribió Valéry, «no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura».
Esa historia, concluye Borges, podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor porque la historia de la literatura puede ser también la historia de una idea. Una idea que, en el caso de la novela de Robert Juan-Cantavella, puede adquirir la forma de una nariz desmedida, de un muerto que habla, de unos caballos que piensan o de una figura que se desvela en un tapiz y, en el caso del ensayo de Borges, en el de una flor que puede rastrearse en la obra de Coleridge, de Wells y de Henry James.
El narrador de Juan-Cantavella, así, siguiendo la estela de numerosas novelas clásicas del siglo XIX, crea una versión paralela de la historia de la literatura occidental. De todos modos, la reflexión profunda que ofrece la novela y que desliza el protagonista en su delirio, es el reverso del plagio. Es decir, el plagio de la literatura en la vida misma, que consiste en escoger elementos de la ficción para hacer, con ellos, una vida de novela.