Alejandro Simón Partal
La planta baja. Diario de rodaje
Plaza & Janés
144 páginas
POR BEN CLARK

El cine no es solo un espectáculo proyectado en la pantalla: también es un territorio donde biografía, duelo y azar se entrelazan. Un rodaje, con su liturgia de esperas y accidentes, puede convertirse en el espejo de un escritor que busca fijar lo efímero. Eso es lo que logra Alejandro Simón Partal en La planta baja, un libro que, bajo la forma del diario, se transforma en exploración personal y retrato generacional.

El origen es la amistad con Jonás Trueba, que en 2021 le propuso acompañar la preparación de una película sobre Los Planetas. Simón Partal aceptó la invitación con entusiasmo, pero pronto el proyecto cambió de rumbo: Trueba renunció tras años de esfuerzos y cedió el testigo a Isaki Lacuesta, quien reescribió el guion y terminó rodando Segundo premio. Ese relevo simboliza el propio libro: hecho de fracturas, abandonos y nuevas oportunidades.

El diario arranca en Ostrava, durante el confinamiento. La ciudad gris y desierta se convierte en metáfora de la ansiedad y de la soledad. El autor escribe sobre la enfermedad de su padre en España, sobre vuelos imposibles y sobre la devastación íntima de la pandemia. Luego el relato se traslada a Nueva York y a Granada, geografías que son también estados de ánimo: la euforia caótica, la nostalgia, la melancolía. El libro es un mapa emocional antes que un itinerario.

El padre fallecido en 2021 es la presencia central. Su recuerdo recorre las páginas como herida y obsesión. La escritura se vuelve diálogo con la ausencia: escenas de rodaje se mezclan con recuerdos de hospitales, conversaciones truncadas y deseos imposibles. «Muchos de los que no tenemos hijos estamos condenados a ser siempre hijos», anota el autor en un vuelo, frase que resume la orfandad desde la que escribe.

La estructura es fragmentaria, como corresponde a un diario. No hay progresión narrativa sino mosaico de entradas: lo banal —un café mal pedido en Manhattan, un perro callejero— convive con la reflexión sobre el duelo o el deseo. Esa mezcla es la que da autenticidad: la vida, como el cine, no se organiza en capítulos cerrados, sino en fragmentos que solo después encuentran sentido.

Uno de los rasgos más arriesgados del libro es su crudeza. Lacuesta pidió a Simón Partal que escribiera «sin piedad», y el autor le tomó la palabra: pasajes de sinceridad sexual explícita, excesos nocturnos, confesiones vulnerables. El lector puede sentirse incómodo, pero esa incomodidad es parte del pacto. No se trata de una crónica amable, sino de una escritura radical, consciente de que solo desde la exposición total se puede alcanzar cierta verdad.

La amistad y la comunidad ocupan un lugar central. El narrador se detiene en conversaciones con músicos, productores y amigos; retrata a quienes sostienen el proyecto con entusiasmo, incluso cuando este parece a punto de naufragar. También aparece el deseo de pertenencia y la precariedad de la vida cultural: la película avanza entre entusiasmos y caídas, y el diario recoge esa tensión sin adornos.

Hay ecos de Lemebel, Ribeyro o Costafreda en la capacidad de transformar lo cotidiano en revelación y de entrelazar memoria personal con pulsos colectivos. El diario no solo registra un rodaje: capta el aire de una época marcada por la pandemia, la incertidumbre y la necesidad de afectos.

La planta baja es, además, un libro sobre la escritura. Desde la cita inicial de Gombrowicz —«me puse a escribir este diario para emitir señales de vida»— se afirma que todo diario es un gesto contra la desaparición. El rodaje es excusa y marco; lo esencial es el intento de fijar lo que de otro modo se perdería: un instante de amistad, una noche de rodaje, una conversación fugaz. Cine y literatura comparten esa urgencia de salvar del olvido lo que se desvanece.

El final del libro no resuelve ni clausura: reconoce la insuficiencia de lo narrado y asume la condición fragmentaria. Pero en esa insuficiencia está su verdad. La planta baja no pretende ser la crónica total de una película ni la autobiografía completa de su autor: es un cuaderno de apuntes, sincero y honesto, que sabe mostrar heridas, límites y también la inesperada belleza que surge de aceptar lo inacabado, lo roto, lo que permanece abierto como posibilidad.

En sus páginas late la convicción de que escribir es resistir al tiempo y a la pérdida. Y también la certeza de que, como recordaba Ribeyro, «todo diario íntimo nace de un profundo sentimiento de soledad». Esa soledad, convertida aquí en escritura, es a la vez herida y salvación.