Daniel Saldaña París
Los nombres de mi padre
Anagrama
224 páginas
POR MARIO AZNAR

El padre es, acaso, la primera ficción. Nunca comparece en la memoria como figura unívoca, sino como un haz de gestos contradictorios, silencios, frases dispersas, ausencias que cobran cuerpo. No hay un padre, sino varios: superpuestos en capas que se contradicen y se corrigen, nombres que se multiplican en versiones tantas veces incompatibles. Esa intuición recorre el nuevo libro de Daniel Saldaña París, Los nombres de mi padre (Anagrama, 2025), que aborda la genealogía personal como quien excava un terreno minado por recuerdos borrosos, documentos inciertos y fantasmas afectivos. Aquí, un narrador en primera persona llamado Camilo sale en busca de quien tal vez –solo tal vez– fue su padre biológico: Miguel Carnero. Saldaña París mete en la coctelera las resonancias bíblicas del comienzo de Pedro Páramo –«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre»– y la delirante búsqueda de Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes para honrar la estela de esas búsquedas imposibles. Lo que surge de esa exploración no es un retrato estable, sino una polifonía: el padre como mito, como herida, como eco, como relato que no termina nunca de escribirse.

El libro se mueve en un territorio fronterizo entre la memoria y la invención. Evita el memorial íntimo en sentido convencional y, en su lugar, ofrece una pesquisa sobre la imposibilidad –o incluso la futilidad– de fijar un origen. Para el autor, escribir sobre el padre –en este caso, sobre Miguel Carnero: distante y magnético, militante político, peleador, idealista y visionario, secuestrador en potencia–, es enfrentarse a un vacío que reclama formas siempre renovadas, nombres múltiples que sustituyen a la ausencia sin colmarla nunca. En esa tensión se juega la obra: en la imposibilidad de decirlo todo y, al mismo tiempo, en la urgencia de nombrar. «El linaje es una cosa cabrona», dice un personaje central de la novela. «Los humanos no son de nadie. Son de sí mismos», remarca ese mismo personaje.

La tradición literaria latinoamericana ha convertido al padre en una figura problemática. Podría pensarse en Borges, quien redujo la paternidad a un murmullo en la penumbra de sus poemas, o en Sergio Pitol, cuya orfandad temprana se transformó en motor de escritura; pero también en Martín Caparrós, Rodrigo Hasbún, Margo Glantz, Julián Herbert, Patricio Pron o Gabriela Wierner. En la obra de Eduardo Halfon, por ejemplo, la figura paterna también funciona como mediadora de una memoria fracturada y a menudo inasible. En libros como El boxeador polaco o Duelo, el padre comparece menos como autoridad que como depositario de relatos parciales, cargados de silencios y de zonas en sombra. El hijo escritor se ve entonces obligado a fabular con esos fragmentos, a recomponer desde la escritura una genealogía que nunca se ofrece completa. Esa operación —la de reconstruir el linaje desde restos dispersos, desde voces que se interrumpen— aproxima a Halfon y a Saldaña París, aunque cada uno lo haga desde una experiencia distinta: en ambos, la identidad se piensa como un espejo roto cuyas piezas, al reflejarse, nunca terminan de coincidir.

Lo que distingue al libro de Saldaña París es la conciencia de que el padre no es sólo una figura biográfica, sino una construcción textual. No busca tanto reconstruir al hombre real como examinar los modos en que lo hemos nombrado, las ficciones que se superponen para darle un rostro. Su proyecto no consiste en ofrecer certezas, sino en desplegar las distintas máscaras que el padre adopta en el recuerdo, en los documentos, en las narraciones heredadas. En un pasaje de la novela, el personaje de Ángela Carnero, hija de Miguel y posible hermana del protagonista, despliega con precisión esta idea: «Siempre he creído que existen dos padres: el real y el imaginario. Y cada uno se divide a su vez en dos. El real, por ejemplo, se divide en el padre conocido y en el desconocido. El padre imaginario se divide en el temido y el deseado. Y así podría seguir. El temido se divide en el que obstaculiza tu progreso y en el que tú mismo puedes convertirte. El deseado es el que quieres creer que fue y el que quisieras llegar a ser tú».

El peso de la arquitectura y el urbanismo –tan presentes en la biografía imaginada de Miguel Carnero– aporta a la novela un marco material para pensar la identidad como construcción inacabada. El padre se vuelve entonces semejante a ese edificio que aparece en todas las maquetas y en ninguno de los planos definitivos: una estructura proyectada, intuida, pero nunca materializada. Las hipótesis del narrador funcionan como niveles superpuestos de una obra que nunca se completó, mientras la ciudad –sus avenidas truncadas, sus barrios desplazados, sus proyectos abandonados– ofrece la metáfora perfecta de esa filiación suspendida. Lo que se busca no es un cuerpo ni una historia, sino el hueco que dejó una construcción que sólo existe en su promesa.

La escritura misma refleja esa bifurcación abismada. No hay un tono único, sino una sucesión de registros: la confidencia íntima convive con la indagación crítica, la anécdota personal con la reflexión abstracta. Aunque en ocasiones el narrador mete sexta y el texto se acelera en una vorágine de datos concretos que, paradójicamente, ralentiza el tiempo del relato, esa hibridez no es un capricho formal, sino tal vez la única manera de dar cuenta de un objeto que se escapa a cada intento de definición. El padre, parece decirnos Saldaña París, no puede encerrarse en la uniformidad: exige la mezcla y la digresión, el desvío, la oscilación entre lo real y lo imaginario, entre la arqueología y la especulación.

En el corazón del libro late una convicción ética: escribir sobre el padre no es sólo un ejercicio de memoria, sino un modo de enfrentar la otredad. El padre es, por definición, el otro radical: aquel de quien procedemos pero al que nunca alcanzamos a conocer del todo. Nombrarlo implica aceptar esa distancia, reconocer la imposibilidad de apropiarse de su figura. En esta especie de humildad radical resuena la teología negativa que tanto ha inquietado a Giorgio Agamben. No es casual, en este sentido, que el propio título cargue con el eco inevitable de la fórmula litúrgica «En el nombre del Padre», pero lo fracture al plural posesivo: no se trata de un nombre absoluto, sino de los nombres de mi padre, multiplicados y en disputa. Lo que en el rito aparece como unidad indiscutible se convierte aquí en una letanía fragmentada, como un espejo roto en el que cada fragmento refleja una parte irreconciliable del origen.

Por momentos el libro parece detenerse en la relación entre escritura y filiación. La pregunta que emana podría formularse así: ¿qué significa escribir bajo el signo del padre? No sólo en el sentido biográfico, sino también en el plano literario: ¿cómo dialoga un escritor con sus antecesores, con la tradición que lo precede y lo condiciona? Los nombres de mi padre son también, en este nivel, los nombres de la literatura que se hereda, que se asume o se rechaza. Podría pensarse aquí en Harold Bloom y su célebre «ansiedad de las influencias», trasladada al terreno filial: la herencia como peso inevitable y, al mismo tiempo, como fuente de vitalidad creativa.

El libro no se limita a la introspección: hay en él una voluntad de interrogar el contexto social y cultural. La figura del padre, en la cultura mexicana y latinoamericana, ha estado asociada a menudo al autoritarismo, a la ausencia, a la violencia simbólica. Saldaña París recoge esa tradición crítica y la matiza desde su experiencia personal. No se trata ya del padre como un individuo, sino como un síntoma. En ese sentido, esta novela es también un ensayo sobre las transformaciones de la paternidad en el presente, sobre la necesidad de imaginar nuevas formas de filiación y de cuidado.

Uno de los logros más notables del libro es la manera en que conjuga vulnerabilidad y lucidez. La confesión nunca se convierte en sentimentalismo. Hay un cuidado por la forma, un pudor que evita el desborde confesional y lo sustituye por una escritura precisa, contenida. La emoción está ahí, pero filtrada por la inteligencia literaria; también por el autoconcepto irónico del narrador protagonista, quien no termina de confiar del todo en el valor de su propia tarea y se pregunta, azuzado por los otros, si no debería ocupar su tiempo con cosas más urgentes: «el advenimiento del fascismo, la crisis climática, la enfermedad de mi madre». Este equilibrio confiere al texto una densidad particular, pues se lee como un ejercicio de sinceridad que no renuncia a la elaboración estética.

La prosa de Saldaña París se caracteriza aquí por su sobriedad y su elegancia. No hay fuegos de artificio, sino un tono contenido, reflexivo, a veces casi meditativo. La belleza de la escritura reside en su capacidad para iluminar lo común, para volver significativo un detalle aparentemente banal, para dar densidad simbólica a una anécdota mínima. Esa capacidad es la que convierte el libro en una experiencia de lectura que trasciende lo privado. El supuesto –deseado, temido, real o imaginario– padre de Camilo es, en última instancia, el padre de todos, esa figura huidiza que encarna tanto la proximidad como la distancia, tanto la protección como el desamparo.

En la tradición literaria reciente, el libro puede ponerse en diálogo con autores como Alejandro Zambra, que ha hecho de la memoria familiar un territorio de exploración formal, o Guadalupe Nettel, que ha interrogado los vínculos de sangre desde la fragilidad y el conflicto. Pero Los nombres de mi padre se distingue por su insistencia en la pluralidad: no hay un padre, sino múltiples nombres, múltiples versiones. Esa conciencia de la multiplicidad es lo que le confiere su originalidad y su fuerza.

Al final, el padre no es un rostro ni un relato, sino la fractura misma del espejo. Nombrarlo es aceptar que toda identidad se escribe desde esa fisura.