El plan crece día a día, desde el cuartel general de Fuentes en Venecia, y el 26 de mayo del 67 el mexicano tienta a Cortázar. Le cuenta exactamente lo mismo que a Mario el 11 de mayo, le habla de los posibles colaboradores, del entusiasmo de la mayoría, y le propone su contribución:

«Y tú: Rosas, Perón, Evita, material platense no falta. Por supuesto, no se trata de escribir ensayo o historia, sino de trasponer cada asunto literariamente, hacer obra de creación: el personaje en cuestión puede, incluso, ser sólo un estímulo, una presencia entre bambalinas, etcétera. Yo creo que la historia sólo se hace verdaderamente histórica cuando es literatura, y este proyecto nos ofrece, imaginativamente, la posibilidad de cancelar, recordándolos, a los monstruos de nuestra teratología hispanoamericana. Y, como dice Mario en su última carta, “este trabajo de equipo sería una bofetada formidable a todos los pequeños maquiavelos sudamericanos que andan empeñados en dividirnos y enemistarnos”. Dame tu opinión cuando puedas. Sobra decir que tu presencia en el proyecto sería capital, desde todos los puntos de vista: el literario, el amistoso, el político. Hay que discutir muchos detalles y poner en pie una operación editorial que le asegure al libro el éxito latinoamericano e internacional que sin duda tendrá. (Hablé con Alfredo Guevara en París de este asunto y se fue de espaldas; Cuba haría una edición particular de gran tiraje)» (Princeton, C0790, box 305, folder 3).

Julio recibe la idea de modo positivo, pero tiene sus reservas en cuanto al procedimiento:

«La idea es excelente –la carta es del 2 de junio–, no tanto porque nos reúna en un volumen, sino por el tema de éste. Precisamente la idea de la reunión en un volumen me entusiasma poco, primero porque soy un solitario como sabes, y segundo porque no hay que desafiar demasiado el destino, y la historia de la literatura muestra que la manera más segura de desunirse consiste en agruparse. Los “maquiavelos sudamericanos” a que alude Mario me importan a mí cuatro carajos; darles la menor beligerancia es hacerles un favor que ni ellos mismos se atreverían a soñar».

Luego Cortázar elogia el tema escogido y admite que le hubiera gustado poder colaborar: «Solamente que… imposible en este momento. Mi work in progress es una especie de pulpo de papel y tinta que extiende tentáculos en todas direcciones mientras yo, perdido en alguna parte, trato de ordenar este triste caos» (Princeton, C0790, box 305, folder 3). Se excusa por su desorden, su falta de capacidad para el trabajo disciplinado y asegura, además, que se encuentra enfermo. Pero le ofrece algo que está en la línea de Los premios, su primera novela, de 1960, y El examen –un texto que permanecerá inédito hasta después de su muerte–, acerca del cadáver de Evita Perón, y que ya tiene escrito. El rastro del argentino se pierde entonces porque la siguiente carta de Carlos Fuentes es de julio, y en ella le habla con entusiasmo de Cien años de soledad, que se acaba de publicar, pero no hay alusiones al libro de los dictadores. En cartas posteriores, Fuentes hará alguna referencia al compromiso de Julio para escribir sobre Evita Perón.

La reacción de García Márquez fue mucho más contundente. Entendió la propuesta mejor que nadie porque en ese momento ya se encontraba comenzando a escribir El otoño del patriarca, y se había interesado desde hacía mucho tiempo por la idea del poder y las vidas de los grandes poderosos. Por ello, la respuesta del 5 de junio parecía menos una opinión positiva recién formulada que una reflexión meditada con profundidad durante mucho tiempo:

«La idea es buena –afirma Gabo– y hay que sacarla adelante. Creo, eso sí, que cada autor debe escribir, sin excepción, sobre un tirano de su propio país. Así se tiene más autoridad, más derecho, y hay menos inconvenientes para llegar hasta donde se debe. Dunque: mi candidato es el general Tomás Cipriano de Mosquera, aristócrata, antiguo oficial de Bolívar, que se tomó cuatro veces la presidencia. Por cierto, tiene mucho de tu Santa Anna. Don Tomás estaba completamente loco, y sin embargo fue un gran hombre: el primer liberal que se interpuso a la fiebre dictatorial de El Libertador y, que como es lógico, terminó a su vez de dictador. Tenía toda la quijada reconstruida en plata, se vestía, en su segundo periodo, como los reyes de Francia, y era cruel, arbitrario, verdaderamente progresista, y muy buen escritor. Expulsó a los jesuitas del país, encabezados por su propio hermano, que era arzobispo primado de Bogotá. Ya en plena decadencia, loco y alcohólico, andaba con su viejo sable persiguiendo a los niños que se burlaban de él en las calles. Se quejó ante el presidente y, como éste no le hizo caso, lo sacó a patadas del Palacio y se proclamó general jefe supremo por tercera vez. En fin, está dentro de la gran línea de los padres de la patria» (Princeton, C0790, box 305, folder 3).

Gabo ha decidido ya su «dictador», al que se ve que admira más que aborrece, como le va a ocurrir con tantos otros poderosos como Torrijos o Fidel Castro, pero ofrece alternativas para su colaboración, como José María Melo o Rojas Pinilla, aunque con éstos se siente menos identificado. Finalmente, concluye:

«El hombre, pues, es don Tomás. El mes entrante, a mi paso por Colombia, conseguiré toda la documentación sobre él, y me la llevo a España, donde escribiré su semblanza en mis ratos libres. ¿Hay mucha prisa? Porque mi problema es que ya, a estas horas, y sin contar el colectivo, tengo cuatro libros por delante. Se me destapó el grifo, máster».

Y comienza, acto seguido, una serie de recomendaciones como experto en materia de poderosos:

«Por supuesto, es imposible que este libro salga sin Juan Vicente Gómez, y sin Trujillo. ¿Quiénes podrían hacerlo? ¿Tal vez Otero Silva en Venezuela y Bosch en Santo Domingo? A Otero lo veré en agosto en Caracas. ¿Quieres que le hable? Por otra parte, creo que Asturias debe escribir sobre Estrada Cabrera. Se necesita, además, que algún escritor salvadoreño reseñe al más curioso de todos: el general Maximiliano Hernández Martínez, teósofo, que inventó un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo tapar con papel rojo el alumbrado público de todo el país, para conjurar la peste. Todo esto: en ¡1944! Se me ocurre, y no estaría mal, que todos nos fuéramos poniendo de acuerdo sobre esto, que el libro hay que escribirlo sin rabia. Un buen ejemplo de estructura, en vista de la brevedad del espacio, son las biografías que publicaba John Dos Passos. Para mí, personalmente, un buen ejemplo del espíritu con que hay que ver a estos hombres es la muerte de don Porfirio Díaz en París, escrita por Martín Luis Guzmán» (Princeton, C0790, box 305, folder 3).

Justo un mes más tarde, el 5 de julio, Fuentes contesta a Gabo desde Venecia con las novedades en cuanto a colaboradores, que han ido enterándose, y dictadores elegidos. Por sus palabras, se nota que ha habido mucho movimiento a ese respecto; entre los viajes y el intercambio epistolar, treinta días han dado para mucho:

«Vi mucho en París a Carpentier, Cortázar y a Miguel Otero vía Neruda. Miguel hará el Gómez. Julio veinte cuartillas alusivas a Eva Perón: un cadáver en la catedral de Buenos Aires que disemina una peste incontrolable. Alejo un Machado con parte final introduciendo al sargento Batista. Alejo es el más entusiasta de nuestro proyecto: me hablaba a diario para comentarlo, ha convencido a Gallimard de publicar el libro, parece niño con juguete nuevo […]. Te consulto los siguientes puntos: a) Juan Goytisolo quiere hacer una especie de pórtico o epílogo de orígenes o destinos: una imagen paralela de El Escorial y el Valle de los Caídos; b) Hay graves ausencias: Estrada Cabrera o Ubico (¿Asturias?), Hernández Martínez (¿Claribel Alegría?), Porfirio Díaz (¿Fernando Benítez?), Rosas (¿Sabato o Martínez Moreno?) y sobre todo trujillo (¿Bosch?), aunque se me ocurre –y lo consulto– que sólo en el caso del Benefactor acudiésemos a un escritor norteamericano: William Styron. Recuerdas lo que dijo br: “Trujillo es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Escribe en cuanto puedas sobre esto…» (Princeton, C0790, box 305, folder 9).

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