Es una carta larguísima en la que Carlos Fuentes, además, hace saber a García Márquez que el día anterior le ha llegado un ejemplar de Cien años de soledad, recién publicada, y que tiene unas ganas enormes de leerla, ya que ha sido testigo de su proceso de escritura y de lo mucho que le ha costado terminarla. Y, ese mismo día, Fuentes escribe también a Mario Vargas Llosa en unos términos muy parecidos, y con una longitud semejante. Son cartas escritas a máquina y no son copias la una de la otra, ni siquiera en alguna de sus partes. Eso quiere decir que el mexicano pasó aquel día (y se supone que muchos más de esos meses) escribiendo a todos los del boom para ir construyendo el importante libro programático. He aquí algunos fragmentos de la carta a Vargas Llosa, en la que el mexicano exagera algunas de las reacciones de los participantes en el libro:
«No quiero que pase un día sin ponerte al tanto de nuestro proyecto. Julio se adhirió con gran entusiasmo: un texto de veinte cuartillas de alusión al cadáver de Eva Perón. Pero el que delira con la idea es Carpentier; escogió a Machado, con una parte final introduciendo en escena al sargento Batista; en Gallimard me dicen que llama todos los días para hablar de la idea e impulsarla allí; y a mí me telefoneaba cada dos o tres días para expresarme de nuevo su embeleso. Nunca lo he visto igual. Cree que será uno de los libros capitales de nuestra literatura, y le concedo razón. Id., Miguel Otero Silva hará un Juan Vicente Gómez (encontré a Miguel en el cuarto de Neruda y me invitó a Caracas; mi aerofobia me impedirá asistir). Id., Roa Bastos se adhirió con su dictador Francia y un entusiasmo similar. De manera que tenemos, prácticamente, el asunto en marcha. (Id., García Márquez con un tirano de Colombia). Julio y Alejo estuvieron de acuerdo en que la edición se hiciera en México: España o Argentina resultan demasiado peligrosas para un libro de esa naturaleza. Te propongo que el editor sea Mortiz, sin duda el más serio y mejor organizado de México. Resumiendo, la lista al momento de escribir sería: Cuba: Carpentier: Machado; México: Fuentes: Santa Anna; Colombia: García Márquez: Tomás Cipriano de Mosquera; Venezuela: Otero Silva: Juan Vicente Gómez; Perú: Vargas Llosa: ¿Prado, Sánchez Cerro?; Chile: Edwards: Balmaceda; Paraguay: Roa Bastos: Francia; Argentina: Cortázar: Eva Perón. Hay huecos sensibles. Estrada Cabrera, Melgarejo, Rosas, Porfirio Díaz, y sobre todo algún dictador contemporáneo y reciente como Trujillo. No quiero extender al infinito el asunto y deseo tu opinión (the baby is ours). Juan Goytisolo me proponía participar con una imagen seminal y fúnebre: una visión paralela de El Escorial y el Valle de los Caídos. Para Estrada Cabrera o Ubico, se podría invitar a Asturias. No conozco a un boliviano capaz de entrarle a Melgarejo. Porfirio Díaz lo podrían hacer Benítez o Pacheco; Rosas, Ernesto Sabato. Faltaría también el teósofo Martínez de El Salvador: ¿Claribel y Bud? (O Rosas, ¿Martínez Moreno? Pero ¡Trujillo! ¿Bosch? Roosevelt dijo una cosa genial sobre el Benefactor: “He’s a son of a bitch, but he’s our son of a bitch”. ¿No sería divertido invitar, en este solo caso, a un novelista norteamericano a tratar el tema? Se me ocurre un candidato ideal: William Styron» (Princeton, C0641, box 9, folder 17).
Finalmente, Fuentes habla de plazos para tener los capítulos redactados (medio año) y concreta las conversaciones con Gallimard, Feltrinelli y su agente estadounidense con vistas a una serie de necesarias traducciones. Una semana más tarde, Gabo responde a Fuentes y realiza una serie de observaciones sobre lo que Carlos le ha contado:
«Mi mes en Bogotá será para acumular datos sobre el Mosquera. Voy hasta Popayán, a ver otra vez la inmensa hacienda rodeada de árboles, donde murió, presumiblemente loco. El índice de temas y autores que me mandas es estupendo. Me parece bien el Estrada Cabrera por Asturias. Lo de Goytisolo me parece, a primera vista, un poco forzado. El problema con Trujillo es grave: Bosch, por ser más expresidente que escritor profesional, no me parece apropiado, y en cambio Styron, a pesar de no formar parte de la familia, podría hacer una cosa estupenda. A mí no me preocupa tanto como a ti la falta de ciertos nombres: si no empleas un criterio drástico, la lista se te vuelve interminable. Sobre todo: que sea un dictador por cada país. En fin, lo importante ahora es que el proyecto va tomando una forma estupenda» (Princeton, C0790, box 305, folder 8).
Los comentarios de todos ellos sobre el libro desaparecen en las cartas posteriores de 1967, ya que ese verano fue muy intenso, con publicaciones de nuevas novelas, premios literarios de hondo calado, discursos innumerables, participación en congresos y actos universitarios, traslados y mudanzas internacionales o continentales. A comienzos de 1968 vuelve Fuentes a retomar la iniciativa, retrasando medio año la entrega de las colaboraciones. El 6 de febrero, desde Londres, escribe a Gabo: «El libro de los dictadores está en marcha. Lo han tomado ya, sin ver, Gallimard, Feltrinelli y Jonatan Cape y en sesión de trabajo con Mario fijamos el 1 de julio como fecha de entrega» (Princeton, C0790, box 305, folder 9). Le pasa una lista de autores y temas, ya definitiva, y le sugiere que con las regalías compren una casa para todos en la costa amalfitana porque si las dividen entre los doce no van a recibir cantidades razonables.
Pero en mayo Edwards muestra su recelo con el encargo recibido, lo que significa que no sólo no había trabajado ese año sobre el autor, sino que el proyecto no acababa de convencerle, a juzgar por su misiva a Mario Vargas Llosa:
«Carlos Fuentes me habló aquí de una carta que me habrías mandado a Chile con respecto al libro de los dictadores. Nunca la recibí. Quizás la encuentre allá a mi regreso. A Fuentes le hice ver que el caso de Balmaceda es bastante diferente del de Melgarejo o Santana. Balmaceda fue el presidente más progresista del siglo xix chileno. Trató de nacionalizar el salitre y los intereses conjugados del capital inglés y la oligarquía chilena se lo impidieron, lo llevaron a la guerra civil, lo obligaron a emplear poderes dictatoriales y lo arrastraron por último al suicido. Ahora he visto unos recortes de prensa que anuncian un libro sobre “dictadores latinoamericanos”. Se habla de capítulos sobre Machado, Somoza, Gómez, etcétera, y junto a esos maleantes, como uno más de ellos, se menciona a Balmaceda. Ya he recibido cartas indignadas de chilenos que han visto esta publicidad. Me imagino que la publicidad del libro seguirá haciéndose en esta forma, ya que en verdad la idea es hacer un conjunto de ensayos sobre los personajes extravagantes y terribles que han sido los dictadores de América Latina. En cuanto a mi posible capítulo sobre Balmaceda, prefiero retirarlo. Balmaceda no calza en el conjunto y yo, en este momento, estoy ocupado de otras cosas y no quiero interrumpir mi trabajo actual. No creo demasiado, además, en los libros de este tipo (aunque puedan tener, momentáneamente, mucho éxito de librería)» (Princeton, C0641, box 8, folder 10).
En cartas posteriores de todos ellos desaparecen las alusiones al libro del boom, desde que Rama preguntara a Mario el 26 de julio del 68 qué pasó con el proyecto de los dictadores americanos.
Si bien es cierto que aquella iniciativa nunca vio la luz, el trabajo esforzado de Fuentes no quedó sin recompensa. Todos ellos se empeñaron, a partir de ahí, con más o menos urgencia y éxito, en la tarea de construir su propia imagen de las dictaduras y los dictadores. En 1969, Vargas Llosa publicó la gran novela de la época, Conversación en La Catedral, que trata con evidente profundidad las consecuencias de la dictadura de Odría, y en 1974, tras un viaje a la República Dominicana, decidió comenzar a recopilar datos, situaciones y entrevistas para escribir un relato centrado en la figura de Trujillo, a quien no terminaron de encontrar un autor solvente los del grupo del «libro del boom». En 1999, Vargas Llosa publicó la última –hasta ahora– de sus grandes y excepcionales novelas, La fiesta del Chivo, resultado de 25 años de trabajo intermitente sobre el dictador más sangriento de todos cuantos se hayan trabajado en las novelas latinoamericanas sobre el tema. Justo cuando Mario decidió ponerse manos a la obra con la figura del caudillo quisqueyano, se produjo la avalancha de novelas de los del boom acerca de los dictadores. Carpentier modeló su dictador cubano en El recurso del método (1974) con retazos de Machado y de Batista, los dos que Fuentes le encargó en 1967, y Augusto Roa Bastos cumplió asimismo con la asignación del doctor Francia en su novela Yo, el Supremo (1974). Al año siguiente, García Márquez publicó El otoño del patriarca, que había comenzado a escribir en los meses de aquellas cartas a Fuentes proponiéndole Mosquera, aunque en este caso hubo muchos más modelos, incluido el español Franco. Gabo estaba tan obsesionado con el tema, que leyó compulsivamente durante casi diez años acerca de todos los dictadores latinoamericanos del siglo xix y del siglo xx, e incluso sobre lejanas figuras históricas como Edipo Rey, Julio César o Moctezuma, y su contribución al tema no terminó en la radiografía del patriarca porque poco después escribió un prólogo comprometido para la edición francesa de la novela Mascaró, de su amigo Haroldo Conti. En ella, el argentino denunciaba en 1975 los abusos del régimen militar impuesto en su país por Videla. Su actitud en contra de la dictadura le hizo ser víctima de ella, pues, como se sabe, en mayo de 1976 fue detenido por una brigada del ejército en la misma puerta de su casa y desapareció para siempre.
¿Y Fuentes? ¿Qué pasó con Santa Anna? Nunca publicó su novela del dictador, a pesar de haber sido el promotor de la idea. En 1975 recorrió un camino paralelo al de sus colegas, llevando a cabo una obra monumental. Pero, a diferencia de ellos, no se centró en la figura de un dictador, sino en toda la tradición hispánica del absolutismo monárquico, describiendo la actividad de Felipe ii y los Austrias bajo una mirada posmoderna en Terra nostra. Digamos que viajó a los orígenes del problema del abuso de autoridad en el mundo hispánico, que a América Latina llegó de la mano del poder colonial. Pero aquella no fue específicamente una «novela de dictador», sino una reflexión más amplia sobre el poder, desde un punto de vista histórico y filosófico. Su contribución al tema fue, quizá, el libreto que escribió para la ópera del cubano José María Vitier, Santa Anna, de 2008, composición estrenada en la Feria de Guadalajara de ese año, en presencia de García Márquez, cómplice de tantas décadas, de tantos proyectos, incluido el de los dictadores.
Universidad de Granada
BIBLIOGRAFÍA
· Donoso, José. Historia personal del boom, Alfaguara, Madrid, 1999.
· Esteban, Ángel y Gallego, Ana. De Gabo a Mario: la estirpe del boom, Espasa-Calpe, Madrid, 2009.
· García Márquez, Gabriel. Notas de prensa (1980-1984), Mondadori, Madrid, 1991.
· Princeton. Rare Books Collection (manuscritos inéditos, catalogados por número de expediente, box y folder).