Luis García Montero
A puerta cerrada (2011-2017)
Visor, Madrid, 2018
110 páginas, 12.00 €
POR JUAN CARLOS ABRIL

 

A lo largo de casi cuarenta años de andadura poética, Luis García Montero ha demostrado que la poesía puede acceder a un público amplio sin rebajar su intensidad. El debate posmoderno entre alta y baja cultura, en un libro como A puerta cerrada, debe aparcarse para seguir apostando por una fusión entre una gran capacidad comunicativa y una expresividad lírica que conecta con el lector. A puerta cerrada es un enjundioso volumen donde se detectan las constantes más características de la poesía de Luis García Montero, aquella poesía que ensayó con tanto acierto y que ahora acaba formando una trilogía, tras el aclamado Habitaciones separadas (1994), que luego refrendó en Vista cansada (2008). Homenaje a Jean-Paul Sartre y su drama homónimo, toma cuerpo un estilo argumentativo y meditativo que «persigue en la propia intimidad la ilusión desesperada de que el amor y el acuerdo estén también en nosotros», como reza en la solapa. Éste podría ser un resumen del libro, muy en la línea de la reflexión dialéctica entre la felicidad pública y los sueños privados, las negociaciones del yo y el nosotros, los vínculos sociales de nuestra conciencia individual.

Sólo un año después de los poemas en prosa Balada en la muerte de la poesía (2016), se publica un volumen sin partes ni secciones, sesenta y tres poemas dispuestos a través del hilo argumental de la enfermedad como símbolo bisémico. Ésta aparece a través de la figura de lobo, recorriendo anárquicamente las páginas del libro. El lobo nos espolea a pensar en la noción filosófica de conditio humanae, central para comprender desde un punto de vista social que «el hombre es un lobo para el hombre», pero también desde un punto de vista individual, en la soledad de la conciencia, en la podredumbre del individuo. O sea, se trata del lobo como enfermedad colectiva, incapaz de convivir y merecedor «de un amargo suspenso general» («Vigilar un examen», p. 36), aunque de igual modo se trata del lobo como enfermedad particular, «por los suburbios de mí mismo» («Rehabilitación», p. 62). La metáfora de la enfermedad, que aparecerá en varias ocasiones, como en «Marcapasos», «Rehabilitación» o el magistral «El silencio y el ruido», nos da pie a su interpretación simbólica y sirve como conector nodal del poemario. La melancolía, la nostalgia, la tristeza o la corrosión de las palabras (por ejemplo, «Diatriba nocturna») participan, asimismo, del concepto de enfermedad. El autor, en una reciente entrevista, confiesa: «En este poemario en el que yo me encierro con la poesía y conmigo mismo en una situación de crisis, el lobo es de pronto el sentimiento de indignación y de cólera que sale de mí y que se pone a habitar mi casa. Es el lobo que está deseando morder». A puerta cerrada es, por tanto, un diálogo del poeta con su otro yo, el lobo, un ajuste de cuentas consigo mismo y con la vida, en el sentido de poner las cartas boca arriba para hacer balance. Con ese marcado tono ideológico —ya habitual— de la poesía de Luis García Montero, y a partir de una lectura goldmanniana que asume la homología entre la sociedad y el individuo, nuestro autor se reafirma en la interdependencia de ambos. El hombre es un ser social. Todos los males que aquejan a la sociedad en su conjunto, por tanto, aquejan también al individuo.

En ese balance la poesía es un ajuste de cuentas, como se aprecia en «Entretiempo», el primer poema, donde el cuerpo individual o anímico tiene su correlato en el cuerpo social u orgánico, en la madurez de la voz narrativa, su propio otoño o «Entretiempo». No está más enfermo el personaje que la ciudad: «Quiero mi habitación, aunque la casa / sea un árbol enfermo» (p. 19), un cuerpo que asume «el reto de vivir». La dialéctica privado-público se tematiza en la habitación-ciudad. Así, se contraponen en el horizonte de la habitación privada las ilusiones, la memoria, los libros y la ropa en la tercera estrofa, junto con la enfermedad, la ambición, el éxito, la angustia, las lealtades y las traiciones o las conjuraciones de horizonte público de la ciudad en la cuarta estrofa. El balance no es demasiado positivo, «Es un saldo difícil, bien lo sé» (p. 20), afirma el poeta, insistiendo en su propia intimidad que no renuncia al mundo, si bien el desgaste emocional y físico resulta evidente: «Hablo, niego, maldigo, bebo más de la cuenta». El poema acaba con la asunción de la lucha como eje vital: «Se trata de sentirse conmovido, / de vivir fatigado», para minimizar el relativismo y cinismo imperantes, ese «da igual» que aparecerá en otros poemas, y ante el cual el individuo se rebela de manera crítica, luego repetido en «Final de año». El «aullido» gingsberiano en forma de lamento no es sólo refrendar que el tiempo pasa, sino por cómo pasa, por la coyuntura que nos rodea, en la miseria moral que vivimos, en las contradicciones de la vida contemporánea, en la degradación de la ética, arrastrando la pesadumbre de lo que supone escribir poesía después de Auschwitz: «Da igual. / Si vivo en el presente de mis ojos / es porque estoy ayer toda la noche / y me pesa la historia» (p. 31), pues «La historia está al alcance de la mano, / basta con un murmullo» («La llamo por mi nombre», p. 66), versos que recuerdan el «murmullo de la historia» de Walter Benjamin y que son un guiño a Ángel González con su «Ayer fue miércoles toda la mañana. / Por la tarde cambió: / se puso casi lunes», de Sin esperanza, con convencimiento (1961). El aullido constata la iniquidad del hombre-lobo, que viene del dolor y sólo quiere causarlo: «No busca un calendario. / Sólo quiere mi aullido» (p. 66). «Mira en mis ojos, dice, / el rencor de la noche que me robó la vida» («Poética», p. 40), argumentará en otro momento el lobo, quizá para justificar los sentimientos que hacen que nos convirtamos en lobos… En cualquier caso, también hay una esfera para la dialéctica esperanza-convencimiento. Así, en la entrevista ya citada, el autor reconoce: «No podemos identificar el pasado con esa historia de la decepción, porque hay cosas que han salido bien y gente con la que no sólo has vivido buenas cosas, sino que has terminado bien también, y se conserva esa huella. Y hay luchas que han salido bien. Y haríamos mal en negar lo que se ha ido conquistando poco a poco. La memoria, que te da experiencia del mal para ser precavido, te puede dar razones también para la esperanza». Más que una cuestión de esperanza, habría que matizar que en la poesía de Luis García Montero se trata de una cuestión de convencimiento frente a la herida romántica que supone la ruptura del contrato social, el desmoronamiento de los sueños públicos, las promesas de la felicidad ilustrada y la posterior caída hacia el vacío. Además, a través de su lectura posmoderna, y a partir de la premisa de que todavía podemos escribir, pensar, sentir, etcétera, desde ese ataque y lucha se habilita el espacio de diálogo en el que el libro se desarrolla. «En el lobo he intentado encajar esa parte de indignación, de cólera, de venganza, de ganas de romperlo todo, del grito que a veces te asalta. Después, desde la poesía, he buscado una serenidad para dialogar con el lobo en busca, no de la mordedura, sino de un espacio de esperanza», afirma el autor. De ahí surgen los poemas de amor, porque «No me gusta mentir. / Como estoy triste digo que estoy triste. / Y también que deseo, / memoria tras memoria, / sus ojos conmovidos» («Callado y fijo», p. 65). Y podríamos citar «Mónica Virtanen» o la canción «Cuenta atrás», entre otros.

Llegamos al lobo como convencimiento, fe de vida, posibilidad de aceptar nuestros demonios, nuestra proyección en una otredad nada amable, una alteridad que nos desagrada, porque siempre es difícil ponerse en la piel del otro, como en «Oficio»: «Ya no sabes creer. / Ni siquiera la nada existe ya. / Te alejas del gobierno y de los conjurados, / de la ley del más fuerte y de los ojos rotos, / de la obediencia y de la rebeldía. // Yo me convierto en un desconocido / para que puedas confiar en mí» (p. 70). Alejarse de uno mismo para intentar verse. Se trata de un desdoblamiento clásico que se plasma en el yo-tú como juego gramatical en el poema, pero también como esfuerzo cognitivo, pues se pone en el lugar del otro en un movimiento solidario. La poesía es un ejercicio de solidaridad, ya que debe entrar en el otro, desproveerse de su yo y entrar en otro yo. Ese acto, por tanto, es una acción de entrada en la otredad a través de la generosidad y el altruismo. Como en «Faro»: «Junto a los arrecifes / de la noche pasada, / la mesa parpadea. // En el acantilado / de la noche que viene, / las olas dan mi nombre. // ¿Quién se arroja al vacío? / Cae sobre la luna / como un faro sin barcos. // Rumor que habla de mí, / daño que se defiende. / Alguien me sustituye» (p. 29). El otro como un faro que ilumina un camino que nunca recorreremos.

El lobo inicia su periplo explícito a partir de «Aparición del lobo» y continúa en la siguiente serie: «Caminos de ida y vuelta», «Pensamientos del lobo», «Poética», «Una nostalgia», «La vigilancia del lobo», «La cometa», «El lobo melancólico», «El instinto», «Un tiempo», «Las infecciones» y «El otro espejo». Finalmente, «El lobo se despide». Como vemos, estas marcas van pautando un orden de fondo dentro de las sesenta y tres composiciones y, a partir de la presentación que supone «Entretiempo», se abren paso otro tipo de periodos que tienen que ver con las otras voces de Luis García Montero, muy en concreto, sus canciones, ensayadas con tanto éxito en libros como Las flores del frío (1991) o La intimidad de la serpiente (2003), entre otros. Las canciones se interpretan, con su recorte narrativo y su elipsis hermética, como un estado de ánimo, difícil de transmitir en el filo de lo comunicable, o más bien en el filo de lo descriptible… En ambos libros se alternaban sus voces, como en este A puerta cerrada. Pero habíamos dicho que este poemario completaba una suerte de tríptico más experiencial, en la línea de Habitaciones separadas y Vista cansada. En efecto, las canciones otorgan un contrapunto lírico en el marco de la discursividad: canciones y poemas dialogan en el conjunto del poemario. En «Confieso» se nos abre la intimidad de la palabra que luego resuena al encerrase en «Mi habitación». En las canciones suele repetirse un estribillo: «Dependo de un mal paso / y de la flor recién cortada / que vende un sueño triste por la noche. // Dependo del herido, / de las canciones graves / que matan a su dueño con las manos» (p. 21). De este modo, encontramos poemas y canciones que dialogan, estableciendo una conversación inacabada y que sólo se completa desde la lectura: «Despertar» en «Mi habitación» o en un hotel acompañado, «Tú y yo (habitación 311)», o solo con el «Indulto», con el único calor o compañía de la poesía, que nos habita y habilita, que nos salva y sostiene, cuando ya pocas cosas se quedan en pie. Verdad del solitario: «Miro por la ventana este paisaje / de vertederos en la niebla sucia. / Ni siquiera la niebla puede ocultar los plásticos, / las latas, la carroña convertida en silencio. / Sólo un rayo de luz / al desnudarlo todo delante de mis ojos / me concede el indulto. / Es una petición de vida» (p. 101).

Así, podríamos seguir cotejando la estructura, los temas o los poemas y alargar nuestro análisis de este libro deslumbrante y rico en inflexiones, pero quisiéramos dejar un espacio para la lectura y la búsqueda de aquellos espacios donde esta poesía se despliega y nos conmueve, donde en los detalles de la mirada nos alcanza y nos punza. «Dependo de un mal paso / para no faltar hoy, ni mañana, ni nunca, / allí donde discuten las miradas anónimas, / allí donde es urgente la poesía» («Confieso», p. 21). Una mirada poética necesaria y más urgente que nunca para dialogar con el lobo que todos llevamos dentro.

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