
Jorge Consiglio
La Circunstancia
Eterna Cadencia
264 páginas
La señora Kendell, narradora y protagonista, acaba de ser detenida; debe decidir si va a «prestar declaración en sede policial o ante el juzgado» (p. 15). Así empieza La Circunstancia, la última novela de Jorge Consiglio. No sabemos aún de qué se acusa a la mujer, aunque el epígrafe –tomado de la segunda página del Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, piedra angular de la literatura argentina, publicado en 1845– nos ofrece una pista: habla de «la indiferencia con que [los argentinos] dan y reciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundas y duraderas». Kendell decide declarar allí mismo, ante los policías. «Se despliegan en mi frente –dice–, como si fuera una pantalla panorámica, los infinitos pormenores de la vida que llevé hasta hoy» (p. 17). El relato de esa vida y sus circunstancias da forma a la novela.
Una novela muy argentina, que se propone una suerte de indagación de lo nacional a través de algunos de sus arquetipos. Uno, la jactancia del origen: «La excelente genética de mis ancestros –dice la narradora–: soy la cuarta generación de argentinos» (p. 15). Dos, el lugar social, la propiedad, la pertenencia a la clase que dirige, que da órdenes: «Soy la que soy porque me dieron buena comida y educación, pero sobre todo por haber tenido siempre a mano, desde que era chica, a alguien a quien mandar» (p. 88). Tres, la vida en el campo: Kendell se cría en La Circunstancia, la finca familiar, ubicada en la pampa bonaerense, a unos 150 km de la capital; como consecuencia, tiene una relación íntima con el entorno rural, la patria profunda, el grado cero de la argentinidad.
Esos elementos le dan a la narradora la legitimidad para afirmar que «el campo es barbarie» (p. 27), haciendo suyo el maniqueísmo de Sarmiento (el título completo de su citado libro es Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Aspecto físico, costumbres y ámbitos de la República Argentina). «En La Circunstancia, el maltrato era el lubricante de las relaciones. La ternura era sospecha, muestra de debilidad o signo de estupidez» (p. 39). La narradora sabe –se lo ha enseñado su madre– que «la crueldad garantiza respeto» (p. 14). «La crueldad era una exigencia del medio. Vivíamos sometidos a una ley natural. El mal era un reflejo, una memoria colectiva» (p. 29). Todas las acepciones de la palabra reflejo caben en esa expresión.
Desde muy joven, Kendell se siente atraída por lo artístico; un día, sin embargo, ya en Buenos Aires, entiende que «el arte, con su aire de superioridad, es un malentendido, una suma de equivocaciones» (p. 136). De modo que se vuelca a ese mundo pero no desde la creación, sino desde lo que de algún modo indicaba el mandato familiar: el negocio. A esas alturas, ya había descubierto que «la ciudad es una expresión del desierto. Con los mismos riesgos, pero con trampas más refinadas» (p. 108). En la tradición argentina, por cierto, el desierto es el campo: así de despobladas han estado desde siempre esas llanuras en el imaginario nacional. Y ella asume, sin dudarlo, los dos linajes de Borges (ningún relato que se proponga indagar la tradición argentina puede, es evidente, escapar al influjo borgeano): a través de la experiencia de montar a caballo y de la lectura del Huckeberry Finn es como ella aprende que «todos los espacios, absolutamente todos, guardan la posibilidad de una aventura» (p. 79).
Sobre esas bases se construye la trama –de estructura tan clásica como sólida– de esta muy buena novela de Jorge Consiglio (Buenos Aires, 1962), la séptima de su trayectoria (que incluye también tres libros de cuentos y cinco de poesía). Las aventuras, los amores y las desilusiones de Kendell se alternan en un relato que hunde el bisturí en la idiosincrasia de un país, su guerra fría entre el campo y la ciudad, sus tensiones de clase, hasta tocar el hueso de los secretos. La señora Kendell pondera «la energía que tienen los secretos. Porque los secretos definen la identidad. Secreto e identidad van de la mano» (p. 131). Pero hacia el final comprende que «los secretos son algo inofensivo en apariencia, pero con enorme poder de daño» (p. 257). El campo, su barbarie, su crueldad, el mal como reflejo, como memoria colectiva: ese es el secreto que acompaña a la señora Kendell en todas sus circunstancias, en todas sus aventuras, incluida la final, la que nos lleva de nuevo al principio, a esa comisaría porteña en que, rodeada de un abogado y unos policías arquetípicos, ella decide contar su historia.