Antonio Muñoz Molina
El verano de Cervantes
Seix Barral
447 páginas
POR CARLOS BARBÁCHANO

En todo gran escritor vive un gran lector y en Muñoz Molina esa doble y complementaria condición se da de manera superlativa. No solo lo demuestra su último ensayo, ese verano cervantino que ahora nos regala, sino su amplia y fructífera trayectoria narrativa y ensayística.

Tras el éxito, merecidísimo, de su última novela, No te veré morir, de la que me ocupé en esta misma revista (CH, 3/24), el autor retoma los apuntes que ha ido registrando a lo largo de diez años en las múltiples lecturas estivales de Don Quijote y decide poner negro sobre blanco sus vivencias sobre un libro fundamental en su vida. Curiosamente el mismo periodo temporal que separa la publicación de la primera y la segunda parte de la novela inmortal de Cervantes. Más aún: las notas de esa década las toma Muñoz Molina los veranos, como se ha señalado, y justo en verano se desarrolla la mayor parte de acción cervantina. El verano es el tiempo del «desocupado lector», la pausa de las obligaciones laborales, de los compromisos adquiridos, de la libertad…

El verano de Cervantes es un mosaico formado por 156 teselas, de temática, colorido y extensión diversa, donde el autor/lector navega libremente por los textos cervantinos, por algunos de los caminos y paisajes que recorrió Don Quijote, por los autores que bebieron en la primera novela moderna y quedaron marcados por ella, por la propia vida de Muñoz Molina y muy especialmente por su infancia rural en una Úbeda cuya vida no distaba apenas del ambiente evocado cuatro siglos atrás por Cervantes. Y digo navega, y no deambula; porque la fluidez de la prosa, precisa y altamente poética, del autor/lector es, una vez más, admirable. Mosaico y tapiz son sustantivos que definen a la perfección este ensayo; de hecho, al menos en un par de ocasiones, se nos define así esta complejísima obra.

Estamos ante un libérrimo texto literario, pero también musical, pictórico e incluso cinematográfico, donde Muñoz Molina nos muestra en su recorrido por el texto cervantino cómo en muchas ocasiones los hallazgos narrativos de la novela preanuncian futuros lenguajes. El autor/lector se impregna de todas las artes para hacernos ver, oír, saborear las excelencias de la escritura cervantina. Hay momentos polifónicos como lo sucedido en la Venta de Juan Palomeque; música de cámara, tal ese sugerente terceto que interpretan Don Diego, su hijo y el propio don Quijote en la residencia del hacendado, remanso de paz, de silencio, verdadero contrapunto del pasaje de la Venta; momentos inacabados, esbozos, notas que se «dejan en el aire», como las últimas sonatas para piano de Beethoven… Las referencias pictóricas, las comparaciones con cuadros de Velázquez, Caravaggio, Bruegel, por citar los pintores más mentados, son frecuentes. Las alusiones al cine abundan, y no solo a películas o cineastas en concreto sino a procedimientos narrativos cinematográficos: la imagen congelada, en el tan celebrado y tantas veces aludido momento en que la narración se detiene en el combate entre don Quijote y el vizcaíno, ambos con las espadas en alto; la indumentaria de Don Diego se nos describe de arriba abajo, panorámicamente, «como una cámara de cine»; la fragmentación, tan propia del lenguaje cinematográfico, pasa a ser elemento estructural del ensayo-mosaico. Fragmentación, por cierto, que, a otro nivel, usa también Cervantes en episodios como el de Cardenio para incentivar el interés del lector, puro suspense, en un alarde más de modernidad narrativa. Ciertos escritores anticipan en sus recursos lo que sería el arte del siglo XX, como bien nos mostró Eisenstein en su lectura de la obra de Dickens. Qué no decir de nuestra propia novela, partiendo de la obra de Cervantes, crisol de la modernidad, que se prolonga en Galdós («el más cervantino de los escritores españoles»), el olvidado Alarcón o Clarín, por no pasar ya al siglo pasado donde cine y literatura van de la mano.

Don Quijote de la Mancha rebosa modernidad: el juego de los diversos narradores, con sus respectivos guiños al lector; la invención del «puntilloso» Cide Hamete Benengeli; del manuscrito escrito en árabe que prosigue las aventuras del vehemente caballero, justo en el punto en que queda interrumpido el duelo entre este y el mentado vizcaíno (manuscrito que exigirá la búsqueda de un traductor al castellano que también tendrá su papel en el libro); el hecho de que personajes de la segunda parte del libro reconozcan a Don Quijote y Sancho porque han leído la primera; que el mismo Sancho se enorgullezca de que las aventuras compartidas con su señor hayan «merecido andar ya en estampa en todas o las más naciones del mundo»… Ante las dudas generadas por la inmersión de Don Quijote en la cueva de Montesinos, donde por primera vez se cuestiona la verosimilitud de lo narrado y también por vez primera es el propio héroe el narrador, Cide Hamete se cura en salud y traslada la respuesta al lector: «Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere».

Muñoz Molina nos señala al final de su ensayo que la novela eterna de Cervantes forma parte ya de su vida: es «un libro en el que llevo viviendo tantos años», donde en «cada nueva lectura está contenida la riqueza armónica de todas las lecturas anteriores». Al igual que Cervantes convierte en ocasiones su novela en un tratado de poética, como sucede en los irónicos prólogos, e incluso de crítica literaria, Muñoz Molina se anima a proponernos una suerte de poética personal, unas reflexiones sobre el arte de novelar, con más de una docena de sustanciosas entradas cuyo análisis sobrepasaría con creces este artículo. Un mero botón de muestra que, a su vez, define muy bien lo que fundamenta este rico mosaico: «Una gran novela es el campo magnético en el que se congregan por sí solos los elementos fundamentales y dispersos de la experiencia de la vida, transformados en ficción por el paso del tiempo y el poder simplificador de la memoria y el olvido» (tesela 14).

Lo que da pie a pasajes autobiográficos memorables del analista, centrados casi todos ellos en esa «patria del hombre» (Rilke dixit) que es la infancia. Vemos al niño acostumbrado a las labores del campo, que no deja de leer en el sobrado de la casona labriega; aunque muchas veces, como le sucede en su primer contacto con El Quijote, no entienda lo que lee; queda la música de la lectura en voz alta, la cadencia de la prosa cervantina. Ya adulto, la novela se convierte en un refugio, en una tabla de salvación ante el mundo actual, incomprensible y desgarrador. La tesela 95, que nos lleva a tantos momentos de Volver a dónde, su emotiva e íntima crónica novelada de la pandemia, es harto significativa al respecto: «Don Quijote es un refugio porque me saca de mí mismo y a la vez me devuelve un tiempo lejano y perdido de mi vida, y retrata un mundo que en muchas cosas me es más familiar que el mundo que encuentro al salir a la calle, leer el periódico, vagabundear por internet».

Refugio también lo fue para Eulalio Ferrer, el joven miliciano que socorre a un viejo y aterido Antonio Machado que cruza la frontera con parte de su familia en el invierno del 39. Poco antes de llegar al campo de refugiados de Argelès, más bien campo de concentración, cambia un paquete de tabaco por un libro que descubre al llegar. Ese libro es un Quijote que le servirá para soportar la dureza de su presidio. En 1940 logra llegar con su familia a México, donde, tras múltiples esfuerzos, rehace con éxito su vida convirtiéndose en uno de los mejores publicistas del país hermano y funda en Guanajuato el Museo Iconográfico del Quijote.

Toda gran novela genera otras novelas. El Quijote es pródigo en ellas y encierra joyas como El curioso impertinente, entre otras muchas que el autor va engarzando sobre todo en su primera entrega para avivar el interés del lector pues duda que los diálogos entre un par de personajes, por curiosos que sean, amarren al lector al libro. El ensayo que ahora nos ocupa es argumentativo al tiempo que confesional y narrativo y en él germinan historias (la de Eulalio Ferrer, por ejemplo) que podrían convertirse en apasionantes novelas.

Thomas Mann lee El Quijote por primera vez completo en su travesía oceánica, huyendo de una Europa invivible para instalarse en lo que a mediados del pasado siglo era la tierra prometida: «Quiero hacerlo a bordo y tratar de apurar este mar narrativo como también apuraremos en diez días el Océano Atlántico». De nuevo el diez. El dolor del exilio lo mitiga en esa inmersión total en la novela cervantina. Muñoz Molina va fragmentado sabiamente el viaje en varias teselas de su mosaico. La noche anterior a arribar a Nueva York, sueña con Don Quijote y, tras haber asumido la muerte del héroe, escribe antes de su desembarco: «Dolor, amor, compasión e infinita devoción me embargan por completo y vibran en mí como un sueño en esta hora de la llegada».

El mosaico de Muñoz Molina está repleto de testimonios de escritores, artistas, científicos cuya lectura del Quijote fundamentó su obra e incluso sus vidas: Stendhal, Freud, Melville, Flaubert, Galdós, Faulkner, entre otros muchos.

Se cierra el ensayo con dos pasajes inolvidables: las visitas a El Toboso y a Puerto Lápice, donde se ubica la cueva de Montesinos. No cabe mayor emoción ni sensibilidad en la plasmación escrita de ambos momentos.

Es desconcertante que Antonio Muñoz Molina no haya recibido ya el Premio Cervantes. Y no solo por este ensayo: su obra entera lo merece.