
César Aira
En El Pensamiento
Random House
113 páginas
Uno de los elementos que tienen en común las más de cien obras que, desde 1987, ha publicado César Aira es la intención, muchas veces velada, de trastocar los procedimientos tradicionales de la escritura. No se trata solo de un experimentalismo manifiesto en la forma, sino del uso medido de procesos convencionales, de apariencia realista, en los que el autor argentino suele recurrir a detalles autobiográficos, para propiciar, a través del relato, una reflexión sobre las posibilidades de la ficción y de la escritura. Sus obras trascienden la anécdota, el conflicto o los argumentos fácilmente resumibles, pues estos suelen funcionar como elementos necesarios que le permiten al autor jugar con los sentidos del texto. Teniendo esto en cuenta, llama la atención que En El Pensamiento (2024), una de sus más recientes ficciones, haya sido saludada de manera gozosa por lectores y críticos como una novela nostálgica, ingeniosa y lúdica, sobre la que insisten en destacar el tono melancólico con el que Aira vuelve la mirada hacía su infancia, aunque, en realidad, desde el título, el autor invita a los lectores de manera explícita a ir desde los territorios de la ficción narrativa a otros más imprecisos, que tienen más cercanía con el ensayo o con la filosofía.
La apariencia de relato autobiográfico, que ha logrado convencer a más de un lector, es similar a la forma que posee una amplia lista de obras en las que el autor se ha elegido como sujeto y protagonista de sus ficciones. El niño (innominado) que protagoniza En El Pensamiento es tan real como la niña Aira que a los seis años se muda con sus padres de Coronel Pringles a Rosario, donde que se intoxicará con un helado de frutilla en Como me hice monja (1993); es igual que el César Aira de La vida nueva (2007), autor novel, que a los veinte años es una promesa literaria, pero que nunca llegará a publicar su primera novela y, por tanto, no se convertirá en escritor; coincide con el delirante César Aira que, durante un viaje, compra el mismo libro una y otra vez en Duchamp en México (2001); o, entre muchísimos otros, es quien en Cumpleaños (2001), en su aniversario número cincuenta, se sorprende al descubrir que no es la sombra de la tierra la que produce las fases de la luna. En ese sentido, En El Pensamiento se suma a una extensa colección de autoficciones en las que la deriva fantástica que parece revelarse hacia el final de la obra, en realidad se halla anunciada hábilmente desde las primeras líneas cuando el narrador revela que hace poco empezó a ver en la memoria imágenes nuevas y que estas vienen de El Pensamiento, un lugar que en su biografía precede a Coronel Pringles, ciudad natal del autor, «[…] el teatro de mis descubrimientos e invenciones, tan importante en la creación de lo que fui […] pero antes estuvo El Pensamiento. ¿Cómo pude olvidarlo durante tanto tiempo? Quizá lo dejé en reserva, para cuando lo hubiera contado todo y faltara lo más importante». Es entonces cuando cabe preguntarse si en esta obra el lector se halla frente a lo más importante.
Si bien En El pensamiento puede leerse perfectamente como una novela en cuya trama se entrecruza la vida del niño, de sus padres, de su preceptor y de un conjunto de personajes que ayudan a que la historia progrese, y que permite seguir de manera atenta la búsqueda de un tren misterioso que ha desaparecido, en ella, el autor argentino vuelve a emplear la forma alegórica para hablar de la escritura, de las ideas y del poder de las palabras. La novela se convierte en una pieza de un proyecto mucho más ambicioso que el de ficcionalizar la infancia propia. Se trata de un diseño, meticulosamente ejecutado, que entreteje gran parte de la producción airiana y que tiene su centro de interés en la memoria, la escritura, la técnica, la perspectiva y, de manera especial, en esta novela, en la realidad, en los intereses que se manifiestan cuando el narrador afirma que «experimentaba, como todos los niños, con la negación de la negación: la irrealidad de la irrealidad resultaba en la realidad». Y es justo esa irrealidad la que hace real al ángel que llena tinteros, un ser mágico que le permite seguir escribiendo. Del mismo modo, le otorga verosimilitud a la venganza enloquecida del preceptor, una suerte de versión argentina, algo asilvestrada, de Julien Sorel, que, ante el resentimiento que siente por sus padres al haberlo enviado a trabajar en ese poblado remoto, decide cumplir la promesa de escribirles «contando cada hora, y cada minuto que pasara en El pensamiento, sin omitir nada, ni un bostezo ni un estornudo, cada paso que diera o la flexión de un dedo al rascarse el mentón, o cada gota de lluvia que cayera sobre el techo. Los abrumaría a relato». Sin embargo, el niño no es ingenuo y sabe que esa empresa resultaría imposible, porque consumiría demasiado tiempo, así que interpela a su maestro, quien procede a explicarle que no es necesario escribirlo todo, que se puede emplear la sugerencia, la alusión, y que, además, puestos a aburrir, no se necesitan más que unas pocas palabras desde las que puede irradiar todo.
Decir que En el pensamiento es una de las obras más interesantes de los últimos años no alcanza para valorar y dar cuenta de la belleza poética, de los juegos literarios y creativos que lleva a cabo en ella su autor. Como ha quedado consignado en el fallo emitido por el jurado de la Fundación Finestres, que el pasado mes de marzo galardonó la novela con el Premio de narrativa en castellano 2024, César Aira ha conseguido unir en ella lo divertido con lo atractivamente complejo. Para los lectores más fieles a la narrativa airiana, además, resultará estimulante comprobar que en esta obra se recrean de nuevo escenarios e ideas antes exploradas en novelas como Las ovejas (1984), donde el territorio prehistórico de El Pensamiento recién empezaba a poblarse, o le será sencillo relacionar la desaparición del tren con la aparición mágica que este hace en La invención del tren fantasma (2015), para devolverle la poesía al mundo y, en fin, tendrá motivos para recordar el «tren de las ideas» que discurre por Biografía (2014).
A diferencia de otras obras de Aira, En El Pensamiento es una novela aparentemente sencilla que no lleva al lector a inquietarse por verse obligado a enfrentarse con una sintaxis rebuscada, alusiones eruditas o reflexiones complejas; sin embargo, la densidad, la inocencia y el desconcierto con el que se describen y reconstruyen los recuerdos que, desde de la mirada infantil de su protagonista, propone el autor, llevan la novela al espacio idóneo para demostrar que la narrativa de César Aira puede aparentar sencillez, pero que esta no siempre hace necesario que las ideas expuestas en ella también lo sean. Los recuerdos del niño, las enseñanzas y conversaciones con el preceptor, la poderosa figura paterna, de quien se dice que se mueve en otra dimensión, en la que las estampas de la vida de los demás personajes quedan convertidas en cuentos, porque la realidad parece pertenecerle a él quizá de forma exclusiva, o la dulzura materna que, en oposición al padre, siente pudor ante la manera en la que su esposo se convierte en el propietario de casi todo El Pensamiento, llenan de intimista intensidad lírica un relato técnicamente muy refinado.
La novela se transforma en un artificio que permite recordar que, como el narrador, Aira no «había salido de El Pensamiento, en realidad casi nadie lo hacía», y que el pensamiento muchas veces obtura «los caminos sinuosos de la sinrazón». Algo que acaso también le ocurra al lector. ¿Es necesario elegir? César Aira parece pensar que no siempre es obligatorio: «Comprendí qué maravilla era la perspectiva, qué don divino se le había hecho al hombre al permitirle vivir como entre las líneas que ella nos abriría siempre, fuéramos a donde fuéramos». Alegoría, parodia, pastiche, poética disfrazada de novela o divertimento, el autor argentino sigue escribiendo para ganar tiempo, para prolongar la escritura libre y gratuita, y para garantizar que El Pensamiento siempre le pertenecerá a quien se aventure a creer en las posibilidades de una escritura que se despliega en una dialéctica irreconciliable: la que se desliza hacia la proliferación infinita o la que tiende a desaparecer para quedar condensada en una palabra, una sombra o su ausencia.